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La crisis en el acceso de los servicios básico en Venezuela mostró su estado de gravedad en un apagón que afectó a gran parte del territorio nacional por más de 72 horas. A Caracas le tocó vivir bajo la oscuridad que acompaña, desde el año pasado, a diferentes poblaciones del país. Hubo reclamos, sí. Pero por encima de la desconexión y la incertidumbre, se erigió esa fortaleza inusual en la que se apalanca el venezolano ante situaciones adversas, esa que lo mantiene de pie 

Fotos Carlos Bello

El tren avanzaba en el túnel hacia la estación del metro de Chacaíto cuando, de pronto, las luces blancas de vagón se apagaron parcialmente. Solo percibí una oscuridad que me desconcertó y, al mismo tiempo, me alivió. Al menos la luz no se apagó cuando el tren penetró el túnel. 
El operador indicó entonces a los usuarios que una falla de Corpoelec comprometió el servicio y pidió a las personas abandonar el andén.

¡Maduroooo!— gritó un hombre mientras subía por la escalera a la mezzanina de la estación.

Algunos le respondieron con la consigna de moda.

—Repítelo— pidió otra señora.
—¡Maduroooooo!
De nuevo la misma respuesta al unísono.
Después de salir de la estación me tocó caminar, más de tres kilómetros, hasta mi casa, en El Cementerio, al sur de Caracas. No iba solo. Me acompañaban un batallón de ciudadanos que caminaban por el bulevar de Sabana Grande.
Si el Metro se apaga, Caracas se vuelve menos sedentaria porque no hay suficientes unidades de transporte público. Las caras de la gente mientras caminaban eran largas, de cansancio y fastidio. Cada quien seguía su ruta, con mucha premura, porque el cielo le abría paso a la noche. 
Frente a mis ojos, afectados por una miopía aún no diagnosticada, la ciudad era un lienzo pintado de azul intenso y sombras negras, donde se percibían puntos amarillos incandescentes. La poca luz provenía de los autos. Para estar bajo un manto de tinieblas, la noche llegaba en medio de la algarabía de las personas que no dejaban de mentarle la madre a Nicolás Maduro, el presidente cuestionado, ni de preguntarse cuándo se restablecería el servicio eléctrico. 
—Hoy nos iremos a dormir temprano— dijo una vendedora informal. 
Había pasado una hora desde que la luz se esfumó.
Cuando entré a mi casa, sentí que estaba en una cueva. Luego mi mamá consiguió, en una cesta donde solemos guardar objetos viejos, un pedazo de vela que ya usamos en varias oportunidades. Era la única que teníamos y nos iluminó por unas tres horas. Mamá preparaba café en la cocina y la llama azul que ondeaba en la hornilla nos daba un poco más luz. Las cacerolas comenzaron a sonar con fuerza. Nos llegó el olor a humo porque algunos vecinos hicieron fogatas improvisadas con madera y desperdicios. Otros encendían fuegos pirotécnicos. La noche prometía ser larga e intensa y aún no sabíamos por qué a la ciudad le habían robado su encanto. Lo que intuía era que la versión oficial diría que era un sabotaje. 
—Dicen que una mentira dicha mil veces se convierte en verdad— chistó mi hermana. 
El discurso del Gobierno, cuando hay un apagón, es predecible. No tengo en mi cabeza el número exacto de cuántos ya han ocurrido en Venezuela, por lo menos desde que Hugo Chávez decretó una emergencia eléctrica en 2010. Sé que todos se atribuyen a las mismas causas: «sabotajes» que son orquestados por la «derecha», como denomina el chavismo a la oposición, o incluso al «imperio estadounidense», haciendo referencia a la injerencia de Estados Unidos. Los trabajadores de Corpoelec luego confirmarían que el corte de electricidad se produjo por un incendio de vegetación que afectó las líneas transmisión en Guri, estado Bolívar, mientras que el Ejecutivo decía que hubo un ataque hecho desde el exterior al sistema Scada que regula y controla la red de transmisión. 
Los teléfonos en mi casa se quedaron sin pilas y sin señal.
Eran las 9 de la noche cuando mi celular agonizaba. Intenté seguir el curso de las agujas del reloj en mi mente para no perder noción del tiempo. Mi mamá, mis hermanos y mis sobrinos, de cinco y dos años, se habían ido a dormir. Yo seguía despierto, incrédulo por el paisaje. La noche del mega apagón era fría. Con la soledad y el poco ruido que se percibía, recordé que una vez soñé que me asomaba al balcón de mi casa y veía una ciudad ennegrecida. Sé que este panorama lo viven diariamente algunos en el interior del país, pero, en esta oportunidad, Caracas era como un campo donde hay mucho monte y mucha culebra. Pero con un cielo estrellado, lleno de constelaciones, que parecía haber sido opacado por esa luz artificial que reclamábamos tener de vuelta. Las horas cursaban mientras la ciudad que no duerme nunca le tocó descansar por un largo rato. 
*
Me levanté a las seis de la mañana del día viernes con cansancio.
El cielo estaba nublado, pero sabía que no iba a llover. El Cementerio -no es una metáfora, así se llama la urbanización donde vivo- estaba en silencio y en el aire el olor de la vegetación era penetrante. Aún la ciudad no despertaba, ni tenía ánimos de hacerlo. Seguíamos sin luz, pero debía salir a trabajar. 
Tomé dos camionetas de transporte público para llegar a la oficina. Gracias a la ayuda de mi mamá, pude completar el precio del pasaje porque no tenía bolívares en efectivo. El ambiente estaba relajado, pero minado de rumores e incertidumbre. Llegué a la redacción y solo estaban una compañera y mis jefas. Al igual que a mí, la desinformación no las dejó dormir. Hasta las once de la mañana no sabíamos nada, solo la versión oficial del sabotaje eléctrico. Mientras esperábamos alguna señal de lo ocurrido, en las calles se formaban largas colas en los supermercados y en las bombas de gasolinas. Era el presagio de una pesadilla que parecía no tener final.
Mi jefa me asignó la tarea de recorrer los hospitales para saber cómo enfrentaron el bajón de luz que ya tenía más de diez horas. Fui primero al Hospital Universitario de Caracas y allí uno de los familiares de los pacientes me increpó porque no tenía información sobre las causas de apagón. Me insistía en que debía estar más enterado que otros por ser periodista. 
—Hemos estado todos incomunicados— le respondo. 
—Usted me disculpa, pero usted debe saber más que nosotros que estamos aquí.
Sin teléfono, salí a reportear. Solo tenía una libreta y un bolígrafo que se quedaba sin tinta. En oportunidades, no tuve otra alternativa que confiar en mi mala memoria, no llevaba grabador y en mi cerebro escuchaba la voz de Gabriel García Márquez diciéndome que el grabador no edita, pero sí la memoria. Montado en una motocicleta, percibía a una ciudad floja y sin malicia. Su música no era tan estridente como lo es cotidianamente y, en cambio, la tranquilidad ganaba espacio en cada kilómetro de vía. Luego, sorpresivamente, los semáforos se prendieron. 
—Llegó la luz— me gritó el motorizado. 
—Vamos a echar gasolina, chamín, vamos a aprovechar— insistió.
—Guaidó le salió una morisqueta— dijo el trabajador de la gasolinera. —Él cree que se la comió jodiendo al pueblo, no entiendo por qué, si igual Maduro está en Miraflores con planta eléctrica.  
—La gente es muy ignorante— me dice el motorizado. —Si más bien Maduro es culpable de este apagón ¿Estaba en contra de Guaidó o de Maduro?— me preguntó. 
—No le presté atención— le respondí.  
Seguimos el camino hacia la autopista, pasamos un túnel que no tenía luz. 
—Se fue la luz otra vez— dijo el motorizado.
—Creo que sí— le respondí.
Richard, conduciendo la moto, se acercó a una calle. Vi un bombillo encendido. «Aún hay luz». Llegamos a una avenida Bolívar que lucía despejada. Los semáforos se apagaron otra vez. 
—Hay gente que anda diciendo que esto es por 48 horas más— señala Richard. —Sígamos, que Dios sabrá cuándo volverá.  
*
Había pasado la madrugada del sábado con luz. El servicio llegó de manera intermitente. Pero durante la noche, en medio de la oscuridad que regresó, el panorama comenzó a tornarse álgido y confuso. En la avenida principal de El Cementerio, algunos vecinos comenzaron a encender basura y gritar consignas y elevar reclamos.  
Un hombre golpeaba un poste de una lámpara del bulevar César Rengifo, mientras unas sirenas, a lo lejos, se escuchaban. “Ya viene la Guardia”, dijo una señora. Los ánimos comenzaban a caldearse cuando, inesperadamente, regresó la luz. Todo se calmó. 
Hubo otro bajón de energía eléctrica a las once de la mañana del sábado y leía en mis mensajes de WhatsApp, que iban llegando al recuperar la conexión, de que el sistema había recibido un segundo ataque cibernético. De esa hora y hasta el domingo en la noche estuvimos sin luz. En casa ya me sentía preso. No me daban ganas ni de leer, la incertidumbre me hizo evocar la imagen de la pantalla dividida del televisor el 11 de abril de 2002. Siendo adolescente, me angustiaba el no saber que ocurría. Decidí salir a las cinco de la tarde, creo que esa hora, mi celular estaba descargado. 
Caminé el bulevar de El Cementerio y escuché a los buhoneros que ofertaban sus productos y decían que tenían puntos de venta habilitados. No reparé en saber qué estaba vendiendo. Seguí mi paso hacia la avenida Victoria, donde el presidente encargado, Juan Guaidó, encabezó un acto de masa. La calle no estaba agitada, la gente charlaba en las entradas de los edificios, jugaba cartas, reían. Era el ambiente ajustado a un domingo. 
La tarde terminaba de irse cuando estaba en el Paseo Los Ilustres. Una brisa cacheteó en mi rostro cuando escuché a un grupo de cinco jóvenes corriendo. Uno de ellos iba detrás de una muchacha que vestía de atuendos negros y tenía pintada la espalda, parte de la cara y el cabello; quién la perseguía tenía en sus manos un envase lleno de pintura. “Esta es la octavita del carnaval”. 
Crucé la calle para apartarme de los muchachos y, cuando llegué a la altura de la Universidad Central de Venezuela pensé que, mientas la oscuridad permanecía latente entre la luz del día, la ciudad me mostraba otra faceta: unos niños volando papagayo dentro de la universidad; un hombre sentado en una banca con las piernas cruzadas que respiraba lentamente, como transportándose hacia otro espacio; una mujer que manejaba bicicleta y un adulto mayor que trotaba. Los caraqueños saben de fortaleza. 
De regreso, mi paisaje volvía a pintarse de azul y negro. El camino a casa transcurrió entre risas y voces de los residentes de Las Acacias que esperaban la noche en medio de conversas. Una luna sonriente nos acompañaría el domingo. Los reclamos que días atrás parecieron perder eco. Unos hombres que viven cerca de mi casa sacaron una guitarra y cantaron a toda voz, no pareció importarles si se les olvidaba la letra del tema o si desafinaban en alguna estrofa. Cantaban emocionados mientras otros jóvenes se acercaban para corear las canciones e iluminar con sus celulares el lugar. Otros colocaron música en sus carros hasta que la batería se gastó. Caracas es una ciudad pacífica. 
Hace días, antes de que la oscuridad nos visitara, un amigo periodista que llegó de Eslovenia, interesado en conocer la situación de Venezuela luego de que Guaidó asumiera las competencias del Ejecutivo, me manifestó que, en medio de una crisis económica y sociopolítica compleja, la ciudad no estaba decaída. 
—¿Qué los hace a ustedes tan fuerte? Hay demasiada fortaleza.
—Sí, una fortaleza, para muchos, extraña e inusual. El venezolano puede que hoy pase las de Caín; pero jamás se verá derrotado.  
Y en la oscuridad, caerse no es una opción.
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