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Foto: Killa Pardi

Ruth Cabeza es una española que llegó a Venezuela para dejarse sorprender y quedó prendada por este país, el cual se ha convertido en un segundo hogar. Después de cuatro años, ahora la conocen como La Carañola, la misma que prepara tortas con mango, coco y guayaba. Porque el caribe y sus sabores la conquistaron. En Historias que laten damos la bienvenida al nuevo año con este relato que inspira a degustar y endulzar la vida

Ruth está sentada junto a la ventana y los destellos dorados de la luz de la tarde caen sobre su rostro. Sobre la mesa reposan un café grande y una caja marrón con las galletas que ella misma horneó. El logo de la etiqueta azul turquesa destaca su marca: La Carañola.

Chocoñola | Foto: Ruth Cabeza

—En España me gustaba el café, pero cuando llegué a Venezuela fue la desatación — ríe a carcajadas mientras remueve el azúcar del café—bueno, si es que puedo inventar esa palabra. Pero si te digo la verdad, con mis galletas es aún mejor.

Ruth Cabeza llegó a Venezuela en 2016, el mismo año en el que más de cuatro mil venezolanos migraron hacia España.

Vino a aventurarse y dejarse sorprender. Conocía de españoles a los que les iba muy bien aquí, entonces se dijo “por qué no, si yo manejo el idioma”. Así inició su vida en Caracas. Ella sabía que muchas cosas en el país no estaban bien, y siguen sin estarlo, pero apenas llegó se enamoró de Venezuela.

La actriz de 35 años vino al país con la idea de trabajar en su profesión. Su primer empleo fue interpretando un papel en una obra de teatro. Luego audicionó para comerciales y enseguida las llamadas comenzaron a llegar. “¡Uh, qué guay, cosas así no pasaban en España!”, pensó.

Los ensayos de la obra eran en Bellas Artes, en el centro de la ciudad, y terminaban de noche. Entonces Ruth agarraba el Metro para regresar a casa. La gente le decía que era peligroso, pero no iba a vivir con miedo. Por eso siempre tomaba sus precauciones a la hora de ir a ensayar, pasear o ir a Quinta Crespo a comprar frutas y vegetales. Así empezó a explorar la ciudad y las cosas nuevas que podía hacer viviendo en ella.

Luego sus planes de actuar fueron mutando. Se reinventó y puso en pausa las tarimas y la interpretación de personajes para utilizar su batidora, el horno y los ingredientes de la cocina de su mamá y su abuela mezclados con los que encontraba en los mercados caraqueños.

Foto: Killa Pardi

Mientras rememora esas primeras andanzas en Caracas, se lleva la taza a la boca y la espuma deja un pequeño bigote sobre su labial claro. Enseguida se limpia y sigue hablando con las eses convertidas en zetas.

—Jael, la primera amiga caribeña que hice y quien baila salsa como yo desearía hacerlo, me dijo: “Tú no eres española nada, tú en todo caso serás carañola”, al escuchar sobre mis aventuras en el Metro y caminatas por el centro.

Recuerda cómo la miraba la gente al enterarse de que no trabajaba en la embajada de España, sino que era una actriz en la capital de un país donde ya no se graban novelas y en el que se ha disminuido la cantidad de obras de teatro, y que estaba aquí solo porque la había conquistado el cariño de su gente.

—Creo que pensarían que estoy un poco cucú, porque me vine y me enamoré del país de donde ellos se van.

Su vista del Ávila | Foto: Ruth Cabeza

Ya para mediados de 2017 Ruth se volvía más carañola. Sin embargo, sus amigos españoles le preguntaban qué hacía aquí, cuando veían en los noticieros ibéricos los avances de las protestas en contra del gobierno de Nicolás Maduro.

Ese año fue difícil para ella. Se quedó sin trabajo, ya que casi no había audiciones para publicidad ni se estaban produciendo obras de teatro como en las que le gusta actuar. Pero Ruth nunca había estado sin trabajar y no iba a ser esta la primera vez. Así que pronto comenzó a buscar qué hacer, porque no quería gastar sus ahorros.

Su nueva familia venezolana sabían que ella tenía la solución en sus manos, literalmente. Ellos que siempre la visitaban para comer, veían que en su amor por la cocina y su delirio por las galletas, bizcochos y brownies había un emprendimiento con mucho potencial.

Su torta navideña con galletas María y crema de turrón español | Foto: Ruth Cabeza

—Entonces un día Jael me pidió una torta de zanahoria para un evento y así arrancó mi emprendimiento. Al día siguiente me comenzaron a llamar para encargarme una igual y preguntarme si no tenía un catálogo. ¿Catálogo? Venga, que no tenía ni nombre y mucho menos sabía cómo iba a cobrar.

Lo de repostera lo heredó de su mamá, de cuando se paraba en un taburete a su lado para ayudarla a hacer los bizcochos de limón, usando como único medidor un pote de yogurt. Y luego en ese mismo taburete se sentaba frente al horno por veinte o treinta minutos para vigilar que la torta creciera y dorara.

Bizcocho de limón de su mamá | Foto: Ruth Cabeza

Esa fue su escuela, allí se enamoró del calor de la cocina y adquirió el gusto por mezclar sabores y descubrir texturas.

Con La Carañola ha hecho lo mismo, disfruta cada momento. Sentarse a revisar recetas por internet, pensar cómo puede hacerlas dándole su toque personal y luego salir por los ingredientes, sobre todo ir a los mercados a comprar frutas es un momento de amor.

—Enloquezco por el mango y la guayaba, la parchita es mi delirio y el níspero es tan particular y sabroso, y desde que hice unos talleres de dulces criollos con Cumbe Tours soy amante del coco.

Su Instagram, hecho catálogo y narrador de historias, se llenó de recetas híbridas,de relatos sobre cómo se había inspirado para unir esos sabores y a qué persona le recordaban sus preparaciones.

Se convirtió en una artista con la crema de mantequilla, empezó a pintar las tortas que aprendió de su mamá y su abuela. Cuidó cada detalle para perfeccionar los dulces que ofrecía. Como una niña en la cocina, probó y mezcló los ingredientes de este país caribeño con los de su casa, incluso buscando productos que escaseaban y que son indispensables para la repostería, como la leche y el azúcar.

Torta Alhambra del Caribe, un tributo a sus dos hogares con el chocolate venezolano y la naranja española | Foto: Ruth Cabeza

Sin embargo el ritmo acelerado de la inflación en el precio de los materiales no permitía que la española planificara, comprara o pudiera cobrar lo justo para hacer sostenible su negocio.

Ruth, con cuaderno en mano, sufría sacando cuentas, pensando en números y tratando de poner los precios de sus galletas y tortas.

Entonces llegó un momento realmente preocupante. Venezuela se quedó sin electricidad en marzo de 2019, en total oscuridad durante el apagón nacional, y ella se vio sola, en una ciudad lejos de su familia.

Ese fue el único momento en el que se preguntó para qué estaba aquí, en un país en donde se violan derechos humanos tan básicos como tener agua y luz. Pensó en irse a España otra vez, regresar a su primer hogar. Pero en ese momento no podía hacer nada y necesitaba resolver, no podía quedarse asustada. Se lanzó a la calle a comprar comida y se encontró con un país dolarizado.

Cuando la electricidad volvió, fue más fácil para ella poner sus precios y entender la dinámica económica en la que está sumergida Venezuela. La Carañola vio luz y siguió batiendo mezclas y juntando sabores.

—Entonces otra vez me dejé llevar por el caribe, la amabilidad y cariño de su gente, capaz de recibir a un turista que llega a su posada en el páramo merideño a media noche, con una arepa andina recién hecha para calentarse después de tantas horas rodando entre la neblina.

Ruth cuenta que vivir en Venezuela comenzó como una aventura, pero esta es la etapa de su vida en la que más ha crecido y se ha vuelto autosuficiente, en la que se ha hecho más mujer.

Extraña a su familia y a los amigos que dejó en España. Pero ciertamente Venezuela la ha sorprendido y piensa que “cómo no enamorarse de un país con gente que te trata con tanta amabilidad y amor”, de sus cachapas con pernil, sus empanadas y hallacas con torta negra, y “su Ávila que para mí es un paraíso como Jurasic Park y cada vez que escucho una guacamaya corro a la ventana y digo ‘ajá, ahora sí apareció el pterodáctilo’”.

Por un momento hace una pausa, mira hacia la ventana y vuelve a sonreír con picardía.

—Cuando llegué me extrañaba que todo el mundo me decía “mi amor”, “mi vida”. Yo lo que pensaba era que no era ni la vida, ni el amor de ellos, pero después de casi cinco años entendí. Lo hacen porque en verdad ese cariño les nace y son chéveres, que es la misma alegría natural que los hace bailar con tanto sabor una salsa vieja y un tambor, y hay que nacer aquí para tenerla. Entonces, ¿cómo no te vas a enganchar de eso? ¿Cómo no te vas a enamorar de quien da amor?

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