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“Ilustre vecino, ilustre vecina del Arroyo: la dirección de atención al ciudadano de la Alcaldía del Hatillo te invita a una importante reunión mañana lunes a las seis de la tarde, aquí en el bulevar El Arroyo.
Asistiránnn los funcionarios de la alcaldía encargados de atender la recolección de basuraaa.
Vecina, vecino del Arroyo, ¡tu presencia es importanteee, tu participación esss valiosa. Puntual asistencia. ¡Nooo faltesss!”

El pregonero recorre a pie el estrecho bulevar El Arroyo, ubicado al norte del casco histórico de El Hatillo. Viste un pantalón negro y una camisa manga larga blanca de rayas azules y negras, todo perfectamente planchado y limpio. Usa un par de lustrosos zapatos negros y una gorra del mismo color. Su rostro es afable.
Lo acompaña una adolescente muy delgada de unos catorce años, que camina medio paso delante de él. A medida que el hombre avanza por el callejón, tomado del codo de la jovencita y comunicando de viva voz la invitación a los vecinos, pasa una doña, un señor con un niño de la mano, un par de jóvenes en moto, una familia en un carro. Todos lo saludan con gran cordialidad:

—¡Epa, José Luis! ¿Cómo estás?

—¡Entre fuerte y dulce, ilustre! Un balance — responde el hombre con un gesto de la mano y una sonrisa amplia.

Lleva puestos unos anteojos de cristal polarizado. Sobre el hombro derecho se cruza la correa que sostiene un megáfono blanco y rojo. Con la mano derecha agarra el micrófono y con la izquierda dirige el altavoz hacia las casitas multicolores del bulevar.
Son las dos y media de la tarde del domingo. José Luis sabe que el momento idóneo para el pregón –o como él prefiere llamar a esta tarea, “hacer perifoneo”– es justo un día antes del evento.

—A esta hora es bueno porque la gente está descansando y escucha la invitación. El volanteo fue ayer, hoy el perifoneo. Así el mensaje le llega a más personas.

Sandra Hernández es la niña que lo acompaña. Es delgadita, usa lentes y lleva el cabello recogido en un moño. Ella forma parte del grupo de veinte niñas de El Calvario que la Escuela de Danza Ímpetus becó, gracias a un convenio logrado por José Luis a través de la Fundación Ayúdame a Crecer, que dirige hace varios años. Ya van por la mitad del bulevar.

—Él es una persona muy agradable, quiere ayudar mucho a la gente, es muy sociable y es muy cariñoso— comenta la jovencita.

A José Luis no le cabe la sonrisa en el rostro. Se sonroja. Detrás de los lentes polarizados, pareciera que los ojos le brillan.

El origen
José Luis Muñoz Castañeda, así se presenta él, mientras extiende la mano derecha a la altura del plexo solar a la espera del contacto del interlocutor, para enseguida dar un gentil apretón. Decir todos los nombres y apellidos es su manera de hacerle tributo a su padre, que murió cuando él era apenas un niño y que ayudó a construir la primera carretera de El Hatillo, y a su madre:

—Una gran mujer, valiosa, de la cual me siento muy orgulloso a sus 84 años.

Forma parte del equipo de la dirección de Atención al Ciudadano de la Alcaldía de El Hatillo y su trabajo consiste en divulgar de viva voz las actividades que involucran a la comunidad con sus autoridades.
Ni en el trabajo comunitario –que incluye haber integrado la Junta Parroquial de El Hatillo por cinco años– ni en el de comunicador, es un debutante. Cuando apenas tenía veinte años se convirtió en el primer promotor del grupo teatral Organización 23 de Marzo.
Cuenta que para 1978, cuando se formó el grupo, se ofreció a buscarles los contactos para promover el montaje de la Crucifixión. Y lo consiguió en Radio Aeropuerto y Radiodifusora Venezuela, donde grandes maestros del periodismo radial y la locución como Antonio Reyes Andrades, Leopoldo Manzano, Alfredo Bolívar, Porfirio Torres, le abrieron la puerta para las primeras entrevistas.

—En 1979 me dije: ‘Chico, no puedes seguir haciendo las cosas de manera empírica, tienes que prepararte, estudiar’. Y fue así que terminé estudiando locución y periodismo, aunque no me llegué a graduar de periodista, pero estudié tres años la carrera en la Universidad de Carabobo.

La escuela
Recapitulemos: a sus cincuenta y cinco años, además de ex miembro de una junta parroquial, integrante del equipo de Atención al Ciudadano, y director de una fundación que apoya a los niños en su desarrollo, José Luis Muñoz es locutor y reportero radial. Estas dos últimas facetas se le revelaron cuando era apenas un pequeñín.

—A mí siempre me gustó ser el presentador de la asamblea escolar. Cuando me pedían que recitara yo prefería presentar los conjuntos, leer el programa, animar.

Esa escuela a la que asistió y que él describe como “el sitio que le cambió la vida” era la Escuela de Ciegos ubicada en Las Acacias, a donde llegó en el año 1966, cuando contaba con ocho años de edad. No fue antes, porque José Luis nació sin ningún problema de visión, sin embargo, a los cinco años padeció un glaucoma fulminante que lo dejó ciego.

—Antes de entrar a la Escuela de Ciegos yo estaba muy aferrado a mi mamá, me daba miedo todo. Pero a partir del 7 de enero de 1966, cuando asistí por primera vez, me di cuenta de que había un mundo diferente por completo: ahí uno aprende a jugar, tiene parque, piscina, aprende a leer y a escribir, y comenzó el proceso educativo como de cualquier muchacho normal que inicia su educación primaria.

La radio
La pasión de José Luis por la radio también le surgió desde muy pequeño.

—Mi mamá se preocupaba porque decía que yo hablaba hasta solo. ¡Y no me podían regalar un radiecito porque lo desarmaba! Es que yo quería ver cómo era que la gente hablaba ahí adentro. Y mi mamá decía: ‘Caramba, ¿será otro problema adicional al de la ceguera?’. Pero al final resultó que no, sino que esto era lo mío.

Su currículo radial comenzó a escribirse en 1983, cuando motivos económicos le obligaron a dejar Valencia, la Universidad de Carabobo y los estudios de periodismo, y volver a El Hatillo. Era momento de aminorar gastos a su madre, que además de él debía mantener a otros cinco hermanos.

—Comencé a ir al programa de radio “Baruta Municipio Autónomo”, conducido por el cronista de Baruta, Miguel Ángel González Castro. Yo era el corresponsal de ese programa en El Hatillo.

De ahí en adelante vinieron Radio Libertador 880, Radio Rumbos, Radio Tiempo, Radiolandia, Sonera 1450, Radio Fe y Alegría, Radio Sensación y en 2004 de regreso a Radio Rumbos.

—Al volver me dijeron: ‘Mira, el chance que hay es de reportero’ y acepté. Mi fuente era comunidad y el reto era trasladarme en la ciudad: me lo propuse y lo logré.

Entre 2007 y julio de 2009 produjo y condujo “Alma y Canto de esta Tierra” en El Hatillo 96.9 FM, una de las 33 estaciones a las que Conatel no renovó la concesión. Su siguiente parada fue en Radio Continente con un micro sobre salud que se convirtió en un programa semanal:

—Se llamaba “Centro Médico Docente La Trinidad con la Comunidad”, y duró desde julio de 2009 hasta enero de 2012, cuando me enfermé. Hacíamos entrevistas sobre temas médicos, promovíamos jornadas de salud en zonas populares.

—Una de sus virtudes es que tiene una memoria impresionante para nombres, eventos, fechas, datos históricos. Es muy disciplinado, responsable y constante. No necesita tener el título para llamarse periodista— comenta Yosmara García, quien fue una de sus productoras en Radio Continente.

—Yo lo admiro mucho porque ha logrado llegar lejos en su profesión. Escribe sus guiones con el Método Braille; graba sus entrevistas para el programa; envía mensajes de texto en el celular, lee sus correos. Hace todo— agrega su otra asistente en aquella experiencia, Keilyn Itriago.

La antena
La casa de José Luis Muñoz está empezando la subida de El Calvario y se distingue de las demás porque está recién pintada y tiene una antena altísima, de radioaficionado. Desde los años ochenta se inició en ese mundo, estudió y obtuvo su permiso oficial del Estado. Cuando hace antena se identifica como “José Luis YV5KLP”.
Es también coordinador de medios del Radio Club Venezuela.

—Se calcula que somos 40 mil radioaficionados en el país; en cada estado hay una sede. Uno de los fundadores fue Francisco Fossa Andersen, el primer locutor que narró noticias en Venezuela en la Broadcasting Caracas. El radioaficionado se enlaza por hobby, pero también para servir, como ocurrió en 1985, cuando la tragedia del volcán de Armero en Colombia. Los radioaficionados fuimos un puente de comunicación fundamental entre los sobrevivientes y sus parientes en Venezuela.

La fuerza
En el banquito en la plaza Bolívar de El Hatillo, recuerda sin amargura ese reciente episodio del cáncer de garganta que le fue diagnosticado en 2012 y que lo alejó de la radio y del trabajo comunitario por un par de años.

—Cuando me diagnosticaron, no niego que se me doblaron las rodillas y me dije: ‘Dios mío, como que hasta aquí llegué’. Pero yo enfermándome y me nació mi nieto Santiago. Mi nieto, el apoyo de mi familia, la solidaridad de mis vecinos, del Centro Docente La Trinidad, todo eso fue una inyección de fuerza. Dos años después me siento lleno de vida y dispuesto a llegar hasta donde Dios me lo permita nuevamente.

De hecho tiene dos proyectos ya listos esperando aprobación que incluyen sus grandes pasiones: la radio, la locución, la música, la salud, los niños y el servicio.

Vivir para servir
Aunque no pueda leer libros de la manera tradicional, le encanta la literatura, sobre todo las biografías de grandes personajes, que escucha a través de audiolibros. Frida Kahlo, George Patton, Andrés Eloy Blanco, Simón Bolívar y Francisco de Miranda están entre sus favoritos. Pero la lista la encabeza la madre Teresa de Calcuta.

—Me impactó mucho cómo esa mujer quería servir y cuánto le costó que le dieran el permiso para hacerlo sin perder su condición de monja.

En el bulevar El Arroyo con su megáfono; sentado en la plaza Bolívar; conversando en El Calvario sobre la fundación de El Hatillo; frente a su equipo de radiotransmisión; en una cabina de radio; dirigiendo la fundación Ayúdame a Crecer; en una reunión con la dirección de Atención al Ciudadano; jugando con su nieto Santiago; o junto a la iglesia tomándose una chicha, José Luis Muñoz Castañeda siempre es el mismo: ese dedicado a vivir para servir.

—Los problemas no pueden ser más grandes que uno. Uno siempre tiene que ser más grande que el problema. Al ser más grande que el problema, viene la solución.

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