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Creado por Cáritas Güiria con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones, los güireños cuentan con un espacio para que los migrantes tengan un respiro en su camino y las familias víctimas de naufragios reciban atención psicológica para sobrellevar el duelo y perdonar. Aunque no promueven la migración, brindan orientación legal a quienes deciden dejar el país
Esta cobertura especial #GüiriaDuele es la quinta entrega de una alianza de periodismo colaborativo entre Efecto Cocuyo, Historias que laten, Crónica.Uno y Radio Fe y Alegría Noticias.
Tras años de ver cómo naufragaban en altamar las vidas y sueños de venezolanos, nació la idea de construir una casa de paso que ofreciera refugio —y también misericordia—, a los ciudadanos que abandonan el país por las costas de Güiria, para lograr una vida digna.
Después de varias conversaciones y de tocar puertas aquí y allá, la Organización Internacional para las Migraciones de Naciones Unidas decidió financiar un proyecto para que la diócesis de Carúpano, a través de Cáritas Güiria, habilitara una residencia para atender a quienes salen y llegan por esta frontera silenciosa.
El primero de octubre de 2020 abrió sus puertas la casa de paso “San Antonio”, con capacidad para 20 personas. Está ubicada en el sector Punta de Paria, en Güiria, municipio Valdez. Desde entonces, reciben un promedio de 12 a 15 personas todas las semanas. La residencia tiene como norma albergar —por no más de 48 horas— a los migrantes que están por salir del país y a los que regresan deportados. 
Durante su estadía se les ofrece desayuno, almuerzo, cena, y también una cama y artículos de aseo. “Es una casa para la caridad”, aseguró el padre Jesús Villarroel, director de Cáritas Carúpano en entrevista a Radio Fe y Alegría Noticias el día de su inauguración.

Un salvavidas para el desesperado

Antes de habilitar esta casa, los migrantes tocaban las puertas de la parroquia Inmaculada Concepción de Güiria, y quien los recibía en la entrada era el padre Juan Calzadilla. “La gente venía a pedir comida, escapando de la lluvia y a buscar un refugio para pasar la noche. En su mayoría son profesionales que están desesperados porque el dinero no les alcanza para mantener a sus familias”, cuenta el párroco.
El cura no deja de sorprenderse de las historias que se cruzan en la casa de paso San Antonio. “El otro día llegó un hombre con libros y revistas, con recortes de periódicos. Era un escritor, llegó para irse a Trinidad porque con lo que gana no le da ni para comer. Aquel migrante quiso entregar pruebas de que era un profesional, una buena persona que realmente necesitaba ayuda”. 
Todos los días, desde las ocho y hasta las doce del mediodía, un médico atiende a los migrantes de la casa de paso y a los vecinos de la comunidad. “Con el apoyo de Cáritas entregan medicamentos para la hipertensión, vitaminas y suplementos nutricionales”. 
El doctor, junto a una enfermera, pasa consulta gratuitamente. Priorizan su atención en niños y adultos mayores afectados por la mala alimentación que hace estragos en su salud. 
En la San Antonio también ofrecen charlas sobre procesos migratorios seguros y trata de personas. Brindan orientación jurídica para afrontar los procesos legales a los que se pueden exponer los ciudadanos cuando llegan a Trinidad y Tobago.
En los últimos meses se sumó la atención psicoemocional para los migrantes que han dejado a sus familias, y para los residentes que han perdido a sus seres queridos en el mar. Este servicio lo hacen psicólogos voluntarios que se trasladan desde Carúpano periódicamente. 
Los especialistas indagan en las historias personales y aplican terapias para trabajar el dolor, el perdón, las pérdidas y las ausencias que deja la migración forzada en el núcleo de las familias. “Trabajan con los niños que se han quedado al cuidado de abuelas u otros familiares, que son los más vulnerables”, dice el padre Juan.
El sacerdote Calzadilla acompaña las actividades de la casa y sirve como guía espiritual de las familias que han perdido a sus seres queridos en las costas del Golfo de Paria. 
También, a través de Cáritas, implementa el programa Samán dirigido a las niñas y niños afectados por la desnutrición, y gestiona con la Diócesis de Carúpano otras ayudas para la población. 
En la casa San Antonio todos son voluntarios. Actualmente trabajan 14 personas todos los días. Allí hay especialistas que se dedican a los servicios médicos y legales, así como personal que prepara los alimentos y garantiza la limpieza de las instalaciones.
“Nos robaron todo y ahora no le tenemos miedo ni al mar”
Juan y Jesús son apenas las cabezas de un movimiento de sacerdotes y laicos empeñados en servir a las comunidades de la Península de Paria. Desde hace más de un año iniciaron una cruzada de asistencia social, junto con organizaciones como Cáritas y Fe y Alegría para procurar mejores condiciones de vida para la población. 
“Nosotros no promovemos la migración”, enfatiza el padre Jesús, “por eso damos charlas y alertamos sobre los riesgos de las mafias que trafican con personas”. 
Un contingente de personas viaja todas las semanas de Carúpano a Güiria para ofrecer atención médica especializada en la casa de paso. 
Psicólogos, trabajadores sociales y hasta el único neurólogo de la zona se montan en una camioneta tipo Van que utiliza gasoil —y así esquivan la escasez de gasolina—, para recorrer la carretera dos horas y media hasta la casa de paso que, por ahora, es la única de la costa oriental del país. 
En las manifestaciones de diciembre resaltó una pancarta que decía “nos robaron todo y ahora no le tenemos miedo ni al mar”. 
El padre Juan cree que mientras las condiciones de vida de los habitantes de la zona sean tan precarias y el dinero no alcance, la migración no va a parar. Asegura que la gente se va porque no aguanta la situación. 
Una señora en la casa de paso le dijo: “Padre, yo por mis hijos hago lo que sea”. Y en la evidencia es así, aunque eso implique lanzarse al mar sin salvavidas, de noche, sin la certeza de sobrevivir. Es todo o nada. 

Una tragedia tras otra

De acuerdo con testimonios de familiares, el pasado 6 diciembre zarparon dos embarcaciones que naufragaron en las costas de Güiria. Aunque no se sabe con exactitud el día de la tragedia, las familias de los fallecidos sostienen que 41 personas salieron en las embarcaciones.
Hasta este domingo 3 de enero, fueron rescatados del mar. Los familiares dicen que son 34 y que hay 7 desaparecidos. Los nombres “Mi recuerdo” y “Mi refugio” pasaron a engrosar la lista de las tragedias en altamar. “Y en estos días han seguido saliendo peñeros”, relató el señor Camilo Carreño, un habitante de la zona. “Ni porque hay desaparecidos dejan de salir, todavía siguen saliendo”, insiste.
Este hombre también denuncia la escasa vigilancia del Estado sobre la Península de Paria. En Güiria hay un puesto de la Guardia Costera perteneciente a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, pero “hay poco patrullaje, a veces es por gasolina, otras veces es porque no tienen lanchas”.
Los días siguientes al naufragio, Güiria fue un hervidero. Todas las cámaras apuntaron hacia allá, militares iban y venían, la ciudadanía protestó exigiendo que la búsqueda de los desaparecidos continuara. En las manifestaciones también hubo reclamos por gasolina, agua, gas, alimentos, transporte, electricidad y comida.
Las protestas cesaron, aunque la comunidad, junto a su párroco, realizan misas para encomendar el alma de los fallecidos. “También hacen procesiones hasta el puerto para recordar a los que están perdidos en el mar”, cuenta el padre Villarroel.
Sobre los últimos naufragios, relata el padre Juan Calzadilla que la comunidad cuestiona la versión oficial. Los resultados de la investigación del gobierno de Nicolás Maduro apuntan hacia la trata de personas y al sobrepeso. Puede ser que llevara sobrepeso, pero no que se tratara de tráfico de personas.
“Es raro porque en un peñero iban ocho o nueve miembros de una misma familia. La familia Martínez se iba a reencontrar en Trinidad, por eso había nueras, nietos, madres. Es raro, porque el testimonio de los familiares no concuerda con lo que dijeron en televisión”, dijo el sacerdote.
Desde el análisis del prelado, los naufragios del año pasado sí parecían estar más vinculados a la trata de personas, porque quienes migraban eran jóvenes de diferentes regiones del país con promesas increíbles de trabajo, que casi nunca eran como las pintaban. Pero, esta vez, era pura gente de Güiria.

En medio de las tragedias migratorias de esta frontera poco visibilizada hay gente al servicio de los marginados. Son cientos de personas que, en silencio, calman la sed y el hambre del desesperado, que abren las puertas y ejercitan la hospitalidad en la cotidianidad. En la casa de paso San Antonio están algunos, otros realizan travesías como voluntarios con tal de sumar al mismo fin: amar y servir al más necesitado, por sobre todas las cosas.

Esta cobertura especial #GüiriaDuele es producto de una alianza de periodismo colaborativo entre Efecto Cocuyo, Historias que laten, Crónica.Uno y Radio Fe y Alegría Noticias.

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