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En un recorrido de cuatro kilómetros, con velas y camisa blanca, Nomelis recordó aquel seis de diciembre cuando dejó de escuchar la voz de su querida hija, quien zarpó hacia Trinidad y Tobago en el peñero Mi recuerdo y falleció en el mar. Esta madre güireña cuenta cómo ha sobrellevado los días desde aquella tragedia

Texto Yohennys Briceño Rodríguez

Fotos cortesía Audiovisuales Niko

Los pasos eran cortos, lentos, desvaídos. Pocos hablaban. El Padre Juan Calzadilla, párroco de la Iglesia Inmaculada Concepción en Güiria, inició poco después de las seis de la tarde la misa y caminata que recorrería unos cuatro kilómetros desde la costa de La Salina, al este del pueblo, hasta la iglesia. Nomelis Fermín caminó siempre despacio, o eso dijo. Entre las 41 víctimas del naufragio del peñero Mi recuerdo, que zarpó el seis de diciembre del año pasado hacia Trinidad, estaba su hija mayor: Fiannelys Moreno.

Los caminantes llevaban velas. Los miembros del coro de la iglesia cantaban. Hicieron tres pausas para mencionar los nombres de quienes perdieron la vida. Todos vieron cómo caía la noche.

—Esas velas son como una luz, para ella y para todos. Para los que se fueron. Una luz y una esperanza para nosotros que nos quedamos aquí, de que ellos están bien en el paraíso. Sobre todo mi hija está en el paraíso, donde ella merece estar, porque se ganó ese lugar al lado de Dios, y Dios me la tiene ahí a su ladito, cuidándonos y protegiéndonos a todos —dijo Nomelis antes de que su voz se quebrara y el llanto la obligara a hacer una pausa.

Esta madre güireña de 58 años pasó los 365 días desde que Fiannelys zarpó andando por inercia, apoyada en sus otros hijos, sus nietos y su familia. Durante la caminata que organizó Cáritas Carúpano y los miembros de la iglesia de Güiria, sintió el calor de un pueblo que aún lloraba a quienes fueron encontrados sin vida y a los que siguen desaparecidos en el mar del Golfo de Paria, al noreste de Venezuela.

—Fue reconfortante. Claro, hubo momentos en que venía la película, cuando se detuvo frente al mar, allí en el espacio después del cementerio de La Salina que hay un vacío, un claro donde ves el mar hasta allá, lo lejos, que ahí se detuvo la caminata. Fue un pedacito como de una película. Regresar el tiempo –suspiró y siguió–, imaginar y pensar cosas… Fue un poquito doloroso. Pero también fue bastante reconfortante.

Tras la tragedia Nomelis salió de Güiria. Temía dejar solo el lecho de su querida Fian, como le decían los miembros de su familia, pero sabía que ahí no podría recuperarse. Salió en una mudanza improvisada hasta Maturín, en el oriental estado Monagas, donde vivía su hija menor y una de sus hermanas.

—No podía desmayar por mi hija, por mis nietos. Eso era lo que siempre me había mantenido en pie, seguir luchando y construyendo algo para ellos. Tal vez si yo me hubiese quedado aquí en Güiria –dijo antes de una pausa larga– a lo mejor ya más nada me hubiese importado. No sé si hubiese podido seguir adelante. Sin mi familia me hubiese sentido sin rumbo. Cierro los ojos y me hundo en el dolor. Pero no. No podía hacer eso en tierra ajena. Tenía que seguir adelante, echar para adelante y botar el resto. Y aquí estoy, una cosa detrás de otra. La he tomado así.

A veces trataba de pensar que su hija estaba de viaje y reprimía sus emociones. Agradecía el cúmulo de acontecimientos que se dieron dentro de su familia en los últimos meses, porque le ayudaron a pensar menos. Nomelis sentía que el tiempo no había pasado. Y cuando los recuerdos la invadían, sus pensamientos se iban a ese diciembre en que su hija dejó de estar a su lado.

Con el paso de los días, ella mantenía su sonrisa característica ligeramente disimulada. Trabajaba arduamente en su nuevo negocio en Maturín, donde ofrecía piñatas, arreglos de globos y flores, tortas y dulces para fiestas. Su hija y su hermana le ayudaban. Mantenía ese ímpetu que la caracterizaba. Pero del tema hablaba poco. Dentro de su familia intentaban no mencionar esa historia.

—A veces me echo a llorar y siento que no puedo transmitirle mis sentimientos a otras personas. Me seco mis lágrimas y continúo. Hay momentos en que me traicionan los sentimientos y recuerdos y caigo en cuenta de que todo está igual, que el tiempo no ha mejorado nada.

Viajó desde Maturín hasta Güiria para acompañar la caminata en homenaje a su hija y a los otros cuarenta que naufragaron. Al terminar el recorrido, se quedó en la plaza desde donde podía ver el video que fue proyectado en la fachada de la iglesia que mostraba las fotos de quienes habían perdido la vida en aquel viaje.

En la entrada de la parroquia, los caminantes dejaban las velas encendidas que durante la travesía les quemaban las manos. Otros secaban sus lágrimas.

Nomelis observaba desde lejos, aún llorando, y recordaba que el tiempo que pasó en realidad no ha calmado su dolor ni ha cambiado las cosas. Pensó en que hace un año, el 14 de diciembre de 2020, se realizó una vigilia que tuvo el mismo matiz y el mismo efecto en ella.

A un año de la tragedia de los naufragios de diciembre de 2020, recordamos esta cobertura especial #GüiriaDuele que realizamos en alianza entre Historias que laten, Efecto Cocuyo, Crónica.Uno y Fe y Alegría.

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