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La parada obligada de todo visitante de El Hatillo está ubicada en la esquina de la calle Escalona, justo al lado de la iglesia de Santa Rosalía de Palermo. Ese es el sitio en donde por más de dieciocho años se ha colocado una carreta de madera bien cuidada, con sus dos grandes ruedas y su toldo playero verde. En su interior resguarda un compartimiento con dos recipientes de plástico rojo que contienen la espesa y sabrosa chicha, siempre bien fría, nacida con receta propia de las manos de Jorge González Salazar.
¿Dónde más podía estar la carreta del sabor? Es un sitio especial, como también es especial la relación que tiene el pueblo de El Hatillo con su carreta de chicha, tanto que aparece como parte del patrimonio viviente en las páginas del libro editado por Funda Patrimonio hace diez años.
Gloria Díaz de González es el motor que impulsa esa carreta para preservar su legado desde el año 2009, cuando falleciera su esposo Jorge González, el chichero original, como consecuencia de haber sido atropellado.
Para atender su negocio, Gloria sale de su casa desde la mañana y no regresa sino después del mediodía. En su viaje hacia el casco central de El Hatillo desde El Calvario, donde vive, saluda aquí y allá. Todos la conocen y ella los conoce a todos. Son treinta y seis años conviviendo allí, y en los últimos catorce ha habitado en la casa situada justo frente a la primera que ocupó junto a su esposo y tres hijas.

—Este pueblo es una maravilla. Lo habita gente buena, solidaria y muy humana. Se ayudan, dan donaciones. No lo cambiaría por nada.

Ver a Gloria desde muy temprano, bien arreglada, es lo común. No olvida todos los detalles coquetos, como sus zarcillos combinados con el collar, pulseras a la moda, incluso una con los colores de la bandera venezolana. Tal detalle refleja que Gloria desde hace ya muchos años conversa, siente y sufre como una auténtica venezolana: el acento de su Chile natal se perdió o se fue quedando en cada uno de los cuarenta y ocho escalones que ella baja y sube cada día, desde su casa, al camino que la lleva a la plaza para manejar el que ahora es su negocio, la carreta de la famosa chicha.
Llegó a Venezuela desde Santiago de Chile con su hija mayor en 1976, después del golpe de Estado que derrocó al gobierno de Salvador Allende. Un año después se les unió su esposo. No fue fácil dejar el país, los recuerdos y las raíces, pero contaban con la familia. Padres y hermanos de Gloria también fueron llegando, de manera que se daban apoyo unos a otros. Fueron múltiples y diversas las labores de la emigrada pareja para mantener a la familia, que de paso se aumentó, hasta completar el trío de niñas.
¡Y la carreta de chicha aún no estaba en los planes del matrimonio!
La venta de comida, empanadas, tortas, es un trabajo que Gloria conoce muy bien. Esa fue una fuente de ingresos fijos hasta que Jorge, a instancias del hermano de Gloria, tuviera la idea de hacer la chicha criolla. En Chile solo se conoce esta bebida hecha de vino fermentado. Entonces tuvo que aprender a preparar el nuevo sabor criollo de la bebida, elaborada a base de arroz cocido, batida junto con la leche en polvo y suficiente hielo, aderezada con leche condensada y servida bien fría. El método de ensayo-error dio al fin con las cantidades y proporciones correctas, las cuales permanecen celosamente guardadas en los apuntes que dejó Jorge González, receta preparada fielmente ahora por los tres ayudantes Elvis, Rogelio y Wilfredo.
Esta receta disfrutada y aprobada a diario por visitantes y locales nada tiene que ver con la receta original preparada por nuestros aborígenes, quienes hacían la bebida a base de maíz fermentado. Pero los tiempos son otros; ahora a la chicha no solo se le agrega la leche condensada, sino que dependiendo del gusto y la región se le pone ajonjolí, o se le espolvorea canela o chocolate al servirla. Y como dice Gloria, también se le pone mucho amor.
Si alguna vidente le hubiera dicho a Gloria que años después de llegar a Venezuela ella se convertiría en la Chichera de El Hatillo, hubiera pensado que era una broma, pues no tenía ni idea de que existiera un gusto similar. Ahora no solo conoce su sabor, sino que dirige con buen tino su comercialización. Dentro de esa mujer de estatura más bien baja, sonrisa y ojos grandes habita una gran fuerza, pues a raíz de la muerte de su esposo ha trabajado muy duro. Su ahínco proviene –explica– de la necesidad de salir adelante para su familia y del deseo de corresponder a este país y a este pueblo que le abrió los brazos y la enamoró lo suficiente como para querer quedarse hasta siempre, tal como lo hizo su esposo.
Ahora Gloria tiene un local propio en El Hatillo, ubicado en la calle Miranda. Allí es donde se preparan los tanques o latas con la bebida para llevarlos hasta el sitio de venta. Con la fachada pintada de azul y sus dos ventanas de madera, luce en grandes letras el nombre de Jorge González. Eso no es solamente un homenaje que le hace a Gloria: es el testimonio de que la chicha de El Hatillo siempre estará ligada a ese nombre.
Desde que la alcaldesa Flora Aranguren le diera el primer permiso en 1996 para vender solo en los eventos, y más tarde únicamente sábados y domingos, han pasado más de dieciocho años. Después fue el alcalde Alfredo Catalá quien le extendió el permiso a toda la semana y le dio el certificado de patrimonio. Hoy, el legado permanece intacto bajo el toldo verde de la carreta, custodiada por los tres fieles ayudantes de Gloria. Elvis, el más antiguo, Rogelio y Wilfredo permanecen corteses y amables ataviados con sus gorras blancas y camisas bordadas con el logo “La chicha de El Hatillo”, con la carreta como símbolo. Siempre dispuestos a saciar el antojo de los visitantes y de los clientes fijos.
Gloria hace todo. Administra, compra las provisiones, ruega a los amigos para que le consigan lo que le falta, les promete hacerles un monumento si le llegan los kilos de leche que escasean. Su filosofía, la cual pone en práctica a cada momento, es que para mantener el negocio hay que tener amigos que hasta “le prestan” en un momento leche o azúcar. Cuenta además con sus tres hijas Marión, Mariela y Kathiuska, la menor, quienes junto con Gloria mantienen un centro de copiado y servicio de envíos de fax. Pero la chicha sigue siendo su bastión principal.
Con su sonrisa contagiosa y acento criollísimo, con su coraje para luchar, permanece atada a El Hatillo. Aún no se ha sentido motivada a regresar a Chile, ni siquiera de visita turística. Su lugar está en el lado este de la plaza Bolívar, en la carreta donde se vende la chicha con la receta bien guardada de su esposo.

—La chicha me lo ha dado todo —dice con firmeza.

Tal sentencia garantiza que habrá chicha para rato, con la bendición que desde arriba le dará Jorge González, para mantener a la carreta de madera como un emblema de El Hatillo. Entonces Gloria recita la frase que siempre pronunciaba su esposo:

—Si quien va a El Hatillo no prueba la chicha, entonces no fue a El Hatillo.

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