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Al sur de Venezuela, tierra de tepuyes y minas de oro, es común transar la gasolina en dólares en los lugares más insospechados. Es tan común para turistas y locales que ya no se negocia en voz baja. Otra microcrónica de nuestra serie #EstoEsCotidiano

La caravana de carros se frena. Faltan todavía algunos metros para llegar a la estación de gasolina pero nos detenemos. Una a una, las cuatro camionetas se estacionan de forma ordenada frente a un restaurante a orillas de la Troncal 10, una carretera a las afueras de Tumeremo, un pueblo minero al sur de Venezuela, en el estado Bolívar. Estamos en la ruta hacia La Gran Sabana, la tierra idílica de tepuyes y cascadas. 

Por el polvo se nota que desde hace tiempo aquí no se sirve comida, y las sillas de madera que están patas arriba sobre las mesas no se bajan para comensales. Sin embargo, una mesa está armada y en ella hay dos hombres conversando. 

Uno de ellos se levanta y saluda al líder de la caravana. Intercambian un par de palabras, señalan los vehículos y el hombre vuelve al restaurante.

—Me dijo que no surten la estación desde hace una semana —comenta el conductor—, pero ya vamos a resolver.

Foto Anaís Marichal

En ese momento, el encargado del restaurante aparece sosteniendo con una mano un envase de agua de cinco litros repleto de gasolina, y con la otra aprieta algo que parece un trapo y un cono improvisado de una botella de refresco. Ese es ahora el plato principal que figura en el menú de este local.

Abre el tanque de la gasolina para colocar el embudo artesanal y dentro del plástico coloca el filtro, una manga con las que se cuela café. 

—Es para que no pase el sucio —comenta el encargado. 

Luego recoge el envase de cinco litros que había dejado en el suelo unos minutos antes y vacía el líquido color caramelo sobre el filtro. Termina y le entrega el envase a un joven que está detrás de él. 

Foto Anaís Marichal

—Llénalo y busca otro pote con este. Y si no hay te traes el grande de una vez.

—¿Pero tienes suficiente? —pregunta uno de los clientes, desde su vehículo.

—Sí, sí tengo —responde rápido pero con tranquilidad—, lo que pasa es que esta semana no surtieron y no quiero hacer mucha bulla.

El joven regresa. Esta vez trae dos envases de cinco litros llenos de gasolina anaranjada y turbia. Se los entrega al mismo hombre que le vació el primer envase y este los echa rápidamente a través de la manga de café y el embudo.

—Mejor tráeme de una vez las dos grandes, pero caleta.

Foto Anaís Marichal

Aún faltan tres carros y él necesita terminar rápido para no llamar la atención. Todos por la zona saben que los dueños de este restaurante se rebuscan revendiendo gasolina. Pero no quieren que algún militar los matraquee.

Esta vez el joven trae un bidón en cada mano, los acerca al encargado y comienzan el proceso de llenado. Poco a poco completa los 20 litros de gasolina para cada carro.

 —¿Cuánto te debo? —pregunta el cliente que ha estado negociando.

—Son 10 dólares cada 20 litros —calcula rápidamente—. Si fueron 80 litros de gasolina, entonces son 40 dólares. 

Fotos Anaís Marichal

La mano del cliente entra vacía al bolsillo trasero de su pantalón y vuelve a salir en fracción de segundo, pero esta vez con un fajo de billetes donde hay mezclados bolívares, dólares y reales brasileños como barajitas coleccionables. 

 Separa dos billetes de 20 dólares y se los entrega al bombero de garrafas, quien aún sostiene sus herramientas en la mano izquierda. Este recibe el efectivo con su diestra y se lo embolsilla con calma.

Un apretón de manos y el trato está cerrado. Dos vuelven al restaurante y uno se sube a su carro. Cuatro camionetas arrancan.

Foto Anaís Marichal

Posdata: En Venezuela la gasolina es subsidiada por el Estado. El precio oficial del combustible es de 0,92 bolívares por litro. Para 80 litros serían 73,6 bolívares o 0,0036 dólares. Sin embargo, esta regla se rompe a orillas de la carretera, ciudades del interior del país y comunidades rurales, donde el precio lo pone el que la revende.

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