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Los puertos son los espacios de los invisibles de Venezuela. En Puerto Páez (Apure) existe una gabarra que, desde hace años, traslada personas y mercancía hasta Bolívar, para que sigan su recorrido hasta Amazonas. La mayoría de las veces el trayecto se convierte en una maldición, en otro desafío a la cotidianidad

Acaba de caer la noche en Puerto Páez, Apure, en ese punto donde se cruza el río Orinoco para llegar hasta Amazonas. Estacionados en una larga fila, los camiones esperan turno para entrar a la gabarra. Transportan bloques y en uno se observa el rótulo con el nombre de una empresa militar. En el puerto hay varios tarantines de venta de empanadas y algunas bodegas.

Es noviembre de 2018 y apenas han pasado varias semanas de las inundaciones que sepultaron bajo agua a esta población del municipio Pedro Camejo. Un lugar ubicado en plena línea fronteriza con Colombia, rodeado de varios ríos (Cinaruco, Orinoco, Meta),  donde viven cerca de cinco mil habitantes, donde hace mucho tiempo había producción de ganado. Ahora los pobladores de Puerto Páez viven del paso de la gabarra, y de la compra y venta de alimentos y productos.

La gabarra o chalana, esa embarcación que navega a remolque por el impulso de otro bote, permanece en esta noche sumergida, inamovible, en las aguas violentas del Orinoco. Sobre la plataforma de hierro oxidada permanecen detenidos cinco autobuses con pasajeros, la mayoría ancianos y mujeres con niños. Fuera de la gabarra, choferes, ayudantes de choferes, y los encargados de la embarcación intentan aplanar el terreno que tiene un gran desnivel. Los huecos y las montañas de tierra hacen que el desembarque sea todo un desafío.

Un hombre con una pala levanta la tierra que es muy fina, casi arena. Con cada movimiento queda flotando un polvillo que hace toser a los que observan la faena nocturna. El cielo se rasga amenazante, pero no llueve, los corrientazos solo iluminan las ondulaciones frenéticas del río. Si Venezuela fuera un rompecabezas, Amazonas sería la pieza que no termina de encajar, la pieza suelta donde hay que sortear un río hasta el estado Bolívar, para acceder a un extremo de su territorio, que irónicamente es el segundo más extenso del país.

Otro hombre trae un taco rectangular de madera y lo coloca en el borde derecho de la gabarra. Su idea es nivelar un poco el terreno y que los cauchos del autobús, al menos los de ese lado, puedan deslizarse por esa superficie. Un joven de guantes anaranjados, que parece el encargado de la embarcación, observa todo desde la plataforma.

—¡Dale, dale!— grita uno de los ayudantes de chófer.

Un movimiento lento, torpe y fuerte conduce el descenso de los autobuses.

—Hacia adelante, cuádrate, retrocede, avanza.

Y lo más importante: calcular que el caucho pase por el trozo de madera, sino la parte posterior del autobús pegará contra la plataforma, una posibilidad milimétrica, pero posibilidad.  El primer autobús lo logra. Viene el siguiente, el mismo procedimiento. La escena se ha convertido en una caravana de elefantes blancos que hacen equilibrio en medio de la oscuridad. Cuando el autobús pisa tierra se tambalea toda la carrocería. Unos segundos de silencio. ¡Chas! No rozó. Y así el tercero, el cuarto autobús…

***

Puerto Páez es uno de los pasos fluviales más importantes sobre el río Orinoco, y la vía de comunicación más directa para los habitantes de Amazonas que quieren viajar al centro del país. Con la chalana las personas atraviesan del pueblo El Burro (Bolívar) a Puerto Páez (Apure), y viceversa. Este canal permite abastecer de alimentos y combustibles a la región amazonense.

A escasos minutos de navegación también se puede entrar a Puerto Carreño, en el departamento colombiano de Vichada, donde se cruzan los ríos Orinoco y Meta. Por lo que este rincón de la geografía también se ha convertido en el lugar donde operan mafias y contrabandistas entre ambos países. Además, se encuentra próximo a Parguaza (Bolívar), donde se encuentra el área 1 de la Zona de Desarrollo Estratégico Nacional Arco Minero del Orinoco, destinada a la explotación de coltán.

Una parte del cielo se ha despejado y cubierto de estrellas. Pero nadie se da cuenta. Sobre la gabarra siguen los relámpagos y todos los ojos se posan en el caucho, en el terreno, en resolver. El venezolano siempre está resolviendo. En el puerto esperan el resto de los pasajeros con las maletas, los sacos blancos de polipropileno llenos de alimentos, y las almohadas abrazadas. Sus caras largas llevan el cansancio de la espera y la piel tostada el sudor del día.  Algunos niños se aferran a las piernas de los adultos. Todos esperan y llevan la cruz por dentro. Los invisibles de Venezuela.

Llega el turno del quinto autobús. Un hombre ancho y vestido con camisa manga larga, pantalón de gabardina y zapatos negros, guía al chófer. Grita, hace señas con la mano, mira el suelo, calcula. Es el ayudante y tiene que resolver. Adentro del autobús algunas ancianas.

El hombre empieza a contar:

—¡Uno!

—¡Dos!

—¡Tres!

¡Traccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccc!

Un crujido doloroso, con olor a madera y metal, se apodera de la noche. 

—¡Maldita sea! ¡Yo sabía que esta mierda iba a pegar! ¡Maldita sea!— grita el hombre ancho y se va visiblemente molesto, batuqueando los brazos, pisando más firme la tierra, y en aquel grito que se tragan las olas del Orinoco todos nos liberamos.

“¡Maldita sea!”. Porque esto no es normal, porque hace unos meses la gente se quedó aislada por la crecida del río Orinoco y la chalana dejó de funcionar, porque miles de personas quedaron damnificadas, porque cada invierno es lo mismo.

Porque Puerto Páez es triste, porque el pedazo de carretera de tierra es intransitable, porque se le malogró el autobús al pobre hombre, porque la otra vía de acceso a Amazonas (por el estado Bolívar) es puro fango. “¡Maldita sea!”. Porque luego que salga de este puerto, la gente se adentrará en otra carretera llena de piedras rojas, oscura, innombrable; sin saber a qué hora llegarán a su destino.  

Benditos sean, porque aun sabiendo y viviendo todo esto, mañana se levantarán y volverán a luchar.

***

Los puertos que están en los ríos son uno de los paisajes más tristes y agrios que he visto. No hay identidad, solo la que los describe. Híbridos de la nada. Precisamente en Puerto Páez termina la Ruta de Gallegos, un trayecto de los Llanos venezolanos que recorre los lugares por los que Rómulo Gallegos transitó para escribir Doña Bárbara. ¿Habrá sido diferente en aquel tiempo?

Este espacio de la geografía venezolana, a 220 kilómetros de San Fernando de Apure y 628 de Caracas, es la repetición trágica de todos los puertos: de Puerto Volcán (Delta Amacuro), donde están los indígenas del pueblo warao en campamentos improvisados sin poder volver a sus caños; del Puerto de Samariapo (Amazonas), donde una mujer negocia con el militar para que la deje montar su mercancía: “Esta factura está mal hecha”, la matraquea él; de Puerto Páez…

Puerto es la tierra de los invisibles. Es la pala levantando la tierra que el resto nos tragamos. Es la mafia atravesando las mercancías (humanas y materiales). Es la gente tratando de trabajar.

Puerto es la maldición de un hombre lanzada al aire.

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