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Mucho ha cambiado en estos tres meses de pandemia en Venezuela. Tantas cosas. Entre ellas, una rutina que, al menos para los que viven en Caracas, pasaba inadvertida: abastecerse de gasolina. Desde que se decretó el aumento del combustible y reactivaron los surtidores hace unos días, las filas de carros comenzaron a competir en kilometraje. En esta crónica contamos cómo en medio de una escena caótica aparecen destellos que nos permiten descubrir la gracia de la simpleza

El sol toca la puerta desde el este del valle caraqueño. En medio de lo difícil que es madrugar por gasolina, el silencio de los presentes evidencia el momento y los colores que van dando forma a la montaña. La intensidad de los morados y los azules pareciera despertar a las guacamayas, loros y otras aves que hacen vida en la ciudad. Lo denigrante pelea con lo sublime. Quizás eso también se pueda incluir en el medidor de venezolanidad. Se sufre pero se goza, escuché alguna vez. Lo primero opaca a lo segundo desde hace rato.

Pero este relato entre gasolina y guacamayas en realidad empezó la noche anterior.

Si me despierto a las tres de la mañana, pensé, quizás es muy temprano o muy tarde. No lo sé. El tiempo es relativo pero en Venezuela algunas leyes universales prefieren no seguir los principios al pie de la letra. Ya las traumáticas colas en Caracas para conseguir gasolina, durante los primeros meses de cuarentena, parecen lejanas. El deterioro de la industria petrolera y el colapso de las refinerías del país, produjeron la escasez de gasolina que hoy vive el país. Un periódico de ayer que nadie más procura ya leer, diría la canción. 

Son casi las doce de la noche y la idea de dormir en el carro queda descartada. Ajustar la alarma del despertador para las tres de la mañana al menos da tiempo para un café antes de salir. La idea de posponerlo al menos diez o veinte minutos más no creo haga mucha diferencia. Eso espero. Es sábado y un rato más de sueño se agradece.

La incertidumbre y el desconocimiento de lo que antes era normal: ir a la estación, echar gasolina sin problema y pagar una pequeña fracción del precio internacional por llenar el tanque, lleva a decidir caminos distintos para un mismo fin: “Dieciséis horas”; “Diez horas”; “Ocho horas; “Hora y media si vas después de mediodía”; “Lleva comida para que desayunes allá”; “Puedes pagar con punto de venta”; “La bomba de ella es subsidiada”; “Mi papá pasó la noche en la cola”; “No dejes que se te coleen”. Amigos, familiares, todos tienen alguna recomendación y comentario para este nuevo episodio de la historia contemporánea. Desde que comenzó de nuevo el proceso de surtir gasolina el 1 de junio, los primeros días han sido complicados, tanto en Caracas como en el resto del país. Toca dormir arropado con las referencias de otros.

Madrugar es un verbo muy venezolano. Pareciera que la fórmula para solucionar lo impredecible incluye la variable de salir temprano a la calle, y mientras más temprano, mejor. Sin embargo planificar lo incierto también tiene sus lugares comunes.

Agua, fruta, galletas y un libro para aguantar las próximas horas parece cumplir la condición. La madrugada es muy negra y el café también.

La última estación de gasolina que visité fue hace tres meses antes de que el mundo entrara en cuarentena. El medio tanque sobreviviente no conoce la gasolina iraní, enviada para solucionar el desabastecimiento, y tampoco sabe de subsidios ni divisas. Todo luce lejano. El fantasma de las protestas y disturbios por las medidas económicas de 1989, conocidas como El Caracazo, que incluían el aumento del precio de la gasolina, parecen un espanto que decidió dejar de perseguir y asustar. Ya no se habla de él por lo que salir de noche manifiesta otros miedos como el que la gasolina se acabe y no llegues a tiempo.

Todavía no hay pista de la fila de carros. Alrededor de un kilómetro me separa de la estación de servicio que, desde la distancia y ayudada por el alumbrado municipal, permite verse cerrada. Busco a los que decidieron enfrentarse a los imprevistos más temprano que yo. Si hubiese un medidor de venezolanidad, probablemente ellos tendrían la ventaja. El semáforo de la calle Santa Ana de El Cafetal asoma a los primeros y la curva de la subida, cubre a los segundos, terceros y cuartos.

No hay quinto malo y soy el último. Pienso en el refrán cuando toca estacionar frente al mirador que comunica con una de la entradas a Macaracuay. Las herramientas de la sabiduría popular deberían sumar puntos por si hay alguna clasificación al final de la experiencia. Más adelante, cuando salga el sol, sabré agradecer la sombra que me regaló uno de los árboles. 

En segundos son más carros los que se suman. Escucho a mis vecinos de la cola decir que estos puestos no son malos.

No tienen por qué mentir, así que solo toca esperar. 

Agua, frutas, galletas y un libro. Son las siete de la mañana y las aves no dejan de visitar los árboles. Su canto, cada vez más intenso, distraen mi intención de continuar la lectura sobre el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, militar e integrante de la Junta Militar de Gobierno de Venezuela en 1950.

La gente en sus carros comienza a tener más movimiento e impaciencia.

 Disculpe, ¿Sabe si abrieron la bomba? pregunta la señora que está detrás de mí a un señor que camina desde esa dirección. 

No, señora. Parece que abre a las 8:30.

Agradezco la sombra del árbol y, como si el señor hubiese dado la orden, la cola comienza a moverse. “Parece que a buen ritmo”, se escucha en algún lugar de la calle.

Un carro pasa con la propuesta de arepas

y café a 2 dólares.

Los emprendimientos en las crisis también deberían entrar en alguna categoría de nuestro medidor de idiosincrasia.

La oferta se pierde en la cola que desciende por la calle y continúo mi lucha entre leer la Caracas que estaba a punto de entrar en la dictadura perezjimenista y los pájaros que se disputan el espacio entre las ramas. Lo sublime se mezcla con el caos. Capaz no saben vivir el uno sin el otro.

De impredecibles y lugares comunes se sabe el que vive en este país. Las colas son un buen sitio para ello. Desde la del banco y el: “tiene un bolígrafo que me preste”, hasta la del supermercado: “Voy y vengo, por favor me cuida el puesto”; la de la gasolina debía tener una propia.

 Hola, buen día. Disculpa, tengo que ir al baño. ¿Te importaría mover mi carro mientras voy a casa de un amigo aquí cerca y vuelvo? Es urgente dice la mujer que está en el carro que está adelante.

Acepto y me preparo para coordinar mover los dos carros. Ojalá la casa no sea muy lejos. 

Continúa el avance y me toca mover el favor, volver al mío y hacer lo mismo, no sin antes, explicar con señas a la señora que viene después de mí, la nueva y momentánea dinámica. Hacerlo unas tres veces aumenta la impaciencia de algún usuario que piensa que la corneta acelera el ritmo de una fila de carros que aún se pierde en la curva. Quizás eso le sume puntos a su clasificación.

Minutos que se vuelven horas y el reloj marca las nueve y veinticuatro. Ya la persona que me pidió el favor, regresó hace rato a su carro. La impaciencia se despierta con el calor del día. Algunos se aventuran a bajar caminando y contar a cuántos carros están de llegar a la meta. Una pareja sube y dice lo suficientemente alto que faltan “como ciento y pico”. La imprecisión a veces ayuda. Ya la curva se convirtió en la última recta que llega a la estación de servicio.

—Creo que voy a bajar y pagar de una vez. Están entregando papelitos. Aceptan punto de venta y divisas—le dice un señor a quien parece su pareja.

Esa iniciativa les servirá en unos minutos para colearse unos pocos carros que iban delante de ellos. 

Una moto de la Guardia Nacional hace un recorrido para preguntar quiénes no han pagado.

¿Chamo, tú pagaste?

Respondo con los buenos días aunque aún no sé cuándo se paga porque no conozco el procedimiento.

Bueno, baja pues y pagas.

Ya quedan seis carros por delante. Llega el turno de bajar caminando hasta la estación y hacer una nueva cola para pagar. 

Llevo mi cuenta pensada y decidida desde la noche anterior.

Solo necesito diez litros para completar ese medio tanque que se mezclará con el octanaje iraní

Las preguntas con afirmación son las que se repiten en la cola.

Sí sirve el punto, ¿verdad? 

Veinte litros se leen en el recibo. Ahora debo caminar de nuevo al carro y bajar para finalizar el proceso. Son las diez y veintisiete de la mañana. Hay cuatro islas vacías y los trabajadores de la estación de servicio me hacen seña para que apure el paso, como si unos minutos menos, de las seis horas de experiencia, ayuden en algo. El surtidor se detiene cuando alcanza los veinte litros comprados. Por primera vez siento la necesidad de verificar. Es una sensación rara la de contar el gasto en kilómetros. 

Ya andar con tapaboca no es la única preocupación.

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