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La metrópoli española, la capital, el epicentro cultural y turístico, que a diario palpita y suena en las calles, hoy se vive detrás de las ventanas, con las santamarías abajo y refugiada en el Decreto de Alarma luego de la declaración de la Organización Mundial de la Salud de pandemia frente al avance sin piedad del Coronavirus. Con este relato, Leoncio Barrios nos narra el encierro madrileño desde el día cero

El sábado 14 de marzo fue muy largo en España. La comparecencia del Jefe de gobierno ante los medios y la opinión pública para anunciar, en concreto, qué significaba la puesta en marcha del Decreto de Alarma nacional por la crisis del Coronavirus estaba prevista para la primera hora de la tarde.  Llegó la noche y el hombre no aparecía.

La espera de la presencia del vocero del gobierno en las pantallas fue tan larga como la que los venezolanos estamos acostumbrados a vivir con los boletines electorales después de cada elección efectuada en el país en los últimos veinte años. Mucha tensión.

Ya en las redes sociales se había filtrado información sobre tensiones en la reunión del gabinete o Consejo de gobierno. Lógico, ese gobierno es producto de una coalición difícil, donde hay miembros con posiciones conceptuales, ideológicas, distintas, hasta contrarias. En Venezuela diríamos que es una coalición pegada con saliva de loro.  

En el entretanto, los cintillos informativos a pie de la pantallas habían dejado saber que los casos de infecciones por Coronavirus siguen incrementándose en toda España, como en casi todo el mundo. Así las muertes por esta causa y los dados de alta, aunque también aumentan, no son proporcionales como para pensar que la epidemia se está controlando.  Para colmo, empiezan a aparecer casos de reinfección o recaídas. 

Asimismo, la solicitud o hashtag, de #QuédateEnCasa había tenido eco en parte de la población de Madrid. Las calles comenzaron a vaciarse, cada vez más locales comerciales cerrados.  Esto, a pesar de que tentada por el clima y un sol primaveral, alguna gente dejó las calles y se fue a los parques. Ante la imprudencia, al atardecer, el gobierno de la ciudad cerró estos lugares de esparcimiento. La ciudad se achicó y más gente para su casa.

En diez autobuses que pasaron por una de las arterias principales de Madrid, la calle de Alcalá, en una hora pico, como es gran parte del día y la noche en esta ciudad, solo uno llevaba un pasajero. Los demás, solo con el conductor. La ciudad se hacía fantasmal.

Poca gente en las aceras.  Casi toda con bolsas de supermercados, otra paseando niños o mascotas.  Quien te ve venir, baja la vista como tratando de evitarte, de desaparecerte. Si le es posible, cruza la calle.  El otro es tu amenaza, no por violencia, como ocurre en Caracas, sino por cargar el Coronavirus, aunque no lo cargues.  El miedo. La prudencia o la irracionalidad, como se quiera ver.

Fue en la noche cuando apareció en pantalla el Presidente del Consejo de gobierno.  Tenso pero en aparente calma, dando la impresión de tener el timón en sus manos. Sin dramatismo,  sin afán de show, sin mascarilla, ni gorra deportiva, ni ninguna parafernalia mediática, explicó a la nación de qué iba el Decreto de Alarma.    

El Presidente se centró en la emergencia sanitaria y en los argumentos de los especialistas en salud pública para fundamentar las razones del decreto.  Las medidas económicas e inclusive, las políticas, amenazas tan fuertes para España como el coronavirus, quedaron para otro momento. 

La gente paralizada, en sus casas oyendo las medidas.  Quizás, la que más impactó fue la del confinamiento, no solo en casa, sino la reducción del libre tránsito por la ciudad y el país.  Solo puedes salir por razones muy precisas, imperiosas. Nada de paseos, nada de vida social más allá que con quien vives, nada de juerga afuera. Como un Reality Show. Así, hasta nueva orden. 

Incertidumbre. Aumenta el miedo.  

En el caso de pandemias como la del Coronavirus, no hay certezas.  Ni en España, ni en ningún lado. Apenas proyecciones que pueden alterarse, para mejor o peor, según la dinámica de algo tan mínimo e imprevisible como un virus.   

Cerca de 31.000 bares, restaurantes o lugares de ocio que hay en Madrid están cerrados desde este sábado y hasta no se sabe cuándo. También cerrados los museos, teatros, salas de concierto cualquier sitio de nutrición física o intelectual.  Esos cierres son imperiosos pero son la negación de esta ciudad. No se concibe a Madrid sin tertulias en cafés, sin restaurantes llenos, sin tascas sirviendo cañas o vermouth de sifón, sin colas frente a los museos.   

En Madrid celebrar la vida es una tradición que forma parte de su idiosincrasia citadina.  Por eso los habitantes de otras regiones de España critican (o envidian) a los madrileños. Por eso, quienes pasamos por ella como turistas añoramos esa dinámica. Vamos a ver los cambios sociales que se produzcan por las inéditas medidas de estos días con sus noches. El encierro para los madrileños es un gran reto.

Sin embargo, este primer día de encierro madrileño cerró con un aplauso colectivo desde los balcones y ventanas de cualquier parte de la ciudad. Era para el personal de salud por su abnegada labor. La sensación fue muy distinta a la de los cacerolazos en los balcones de Latinoamérica: esta vez escuché esos aplausos, los vi y lloré.

Día cero

Las alarmas están prendidas no por el riesgo de un ataque terrorista y mucho menos por un bombardeo aéreo por estar en guerra.  Es por la posibilidad de contagio de un virus -el SARS-CoV2, popularizado como coronavirus o COVID-19, el nombre del síndrome que produce- que llegado de China, expandido por gran parte de Europa, ha hecho de Madrid, su ciudad huésped por excelencia de España. La que presenta más casos y muertes por esa causa.

El gobierno español, aún aprendiendo a andar debido a su reciente integración y puesta en marcha, se ha tenido que parar con pie de plomo y declarar el Estado de Alarma en todas la nación. Algo así como lo que en Latinoamérica llamamos suspensión de  garantías o toque de queda.  

En España, como en otros países de Europa, los decretos de estados de alarma, aunque son constitucionales, dan a los gobiernos poderes especiales y esos poderes los pueden acercar al autoritarismo, como en cualquier otra parte del mundo. De allí el peligro político de estos decretos pero también de su necesidad.  Se requiere de una autoridad única, casi inflexible.

Porque la epidemia del coronavirus, concentrada en China y algunos países de Europa hasta hace pocas semanas, se convirtió en pandemia. Quiere decir que el virus se expandió por tantas regiones como el infinito.  Se le fue de las manos a las autoridades sanitarias. 

La movilidad humana que produce el rápido tráfico aéreo en todo el mundo (con excepción de Venezuela y otros países en serias crisis política y económica) hizo que el virus viajara en los pulmones de sus portadores  y empezara a llegar a cualquier parte. Madrid, una ciudad donde miles turistas llegan a diario, se hizo bandeja de plata para el coronavirus. 

Y el Coronavirus viaja por los aires cuando un portador lo expulsa tosiendo o estornudando, pero también se queda impregnado, por horas,  en las superficies que esa persona ha tocado y cuando otra pone su mano allí, sin saberlo, lo atrapa, se lo lleva a su casa o a donde vaya y así sigue la transmisión.

Como el virus no se ve y se queda calladito durante días, la transmisión se multiplica. Eso pasó en China, en Italia, está pasando en Madrid, en Caracas, en Nueva York. En más de medio mundo.

Como la transmisión del virus se da por contacto entre la gente, el reducir esa  posibilidad es fundamental para parar la epidemia. De allí el #QuédateEnCasa. Si no salimos a la calle, si reducimos el contacto con la gente, si tocamos menos superficies que pudieran tener el virus, menos los riesgos de infección.

A guardarse, pues. Y desde el día cero, Madrid comenzó a guardarse, a ser otra ciudad.  Desconocida para ella misma. 

 

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