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Elvis Silva

Seguir el ejemplo

Tiene mirada de niño, pero sus hombros son anchos y gruesos. Sus brazos son largos, por lo que levantar, amarrar y cortar hojas de palma, para armar el techo de una churuata, pareciera un juego para Elvis. Su familia tiene un negocio en la playa, de vez en cuando primos y tíos ayudan, aunque trabajar en la bahía de Cata no sea con lo que sueñan.

En este pueblo de la costa aragüeña hay casi 40 jóvenes y Elvis Rafael Silva Croquer, que está en quinto año, es de los pocos que sueñan con ir a la universidad y regresar con todos los conocimientos para trabajar en Cata.

—Yo quiero salir y estudiar —cuenta Elvis cuando cualquiera le pregunta—. Mi sueño es ser ingeniero agrónomo y por eso quiero ir a Maracay. Yo sé que ahí dan esa carrera.

El día brilla y se reflejan los azules del mar. Desde temprano, los peñeros llegan al puerto a descargar pescado. El aire está impregnado de salitre y gasolina. Una lancha llega a la orilla. Elvis y su tío se acercan para recibir los guacales rebosantes de ojos y pieles plateadas que se resbalan. Sueltan la carga y el muchacho se vuelve a sentar. La brisa cálida le seca el sudor del cuerpo y el agua salada.

Con 17 años, siembra y cosecha en la parte de atrás de su casa. Su mamá, Elvia, dice que él es quien se encarga ahora del conuco.

—Yo creo que estudiando puedo ayudar a las mujeres de la Hacienda para que cuiden mejor los cultivos de cacao y enseñar a la gente del pueblo a entender lo importante que es ser agricultor y que, así, se involucren.

Con los ojos entrecerrados por el sol y las pestañas que se le enredan, ve cómo su hermano Deivis y “Tostado”, su primo, saltan al cristal turquesa desde una tabla de windsurf vieja. Salpican agua, se ríen, nadan, juegan con dos pescados que les regalaron, pescan sardinas con las manos y discuten sobre de quién es el turno de montarse y sobre a quién le toca halar.

Elvis desea trabajar la tierra para generar materias primas que, dentro de la misma comunidad, desarrollen otros rubros. Con Juan de Dios, el asesor de La Hacienda Campesina Cata, entendió que la postcosecha es importante para mantener la buena calidad del producto. Desde que era niño veía a su mamá hacer panelas, ponche y pudín. En 2019 conoció a un chocolatero y viajó a Caracas con él para aprender a convertir el cacao en tabletas y bombones. Ahora conoce los procesos, sabe utilizar las máquinas, templar el chocolate y juega a combinar sabores.

—¡También seré chocolatero! —dice con una sonrisa que ilumina su rostro—. Yo creo que va de la mano con trabajar la tierra. Voy a montar una chocolatería aquí en Cata, y viajaré abriendo tiendas por el mundo. En ellas venderemos bombones con el cacao del pueblo y los rellenaremos con los sabores que se dan aquí, como el de topán y el de tamarindo chino.

El muchacho de hombros anchos se lanza dentro de la corriente cristalina. Da brazadas largas hasta llegar al lugar donde juegan Deivis y “Tostado”. La transparencia se ha hecho más densa y la arena del fondo ya no se ve. En su lugar, diferentes tonos de azules se mezclan. Elvis se encarama en la tabla y, haciendo equilibrio, se pone de pie. Su rostro se ilumina y no por el resplandor del sol.

—¡Allá, miren pa’ allá! —grita mientras señala.

Bajo el agua se mueve un cardumen de peces. Se acuesta en la tabla y entre los tres bracean. Nuevamente se levanta y grita: “El que agarre un pescado gana”, y en un clavado el agua se lo traga.

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