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Foto William Urdaneta

Lo intentaron todo para salvarlo. Su madre, las voluntarias de la fundación, las enfermeras, los médicos. En los seis meses que pasó internado en el hospital de Guaiparo, en Ciudad Guayana, alcanzó a bailar, reir y suplicar para que no lo inyectaran más. Hasta que un día, a su cuerpo de apenas dos años se le agotó la paciencia esperando por los medicamentos y el tratamiento adecuado. Antes de irse, Delis, su madre, cuenta que le pidió la bendición.

Una crónica de Laura Clisánchez producto de nuestro #DiplomadoHQL

 

—¡Gracias por el carrito! Me estoy portando bien.

Esa fue la última frase que Hanselys Hernández, la directora de la Fundación Vida y Corazón, le escuchó decir al pequeño Elio a través de una nota de voz que Delis, su madre, le envió desde su celular, como acostumbraba hacer casi a diario.

—Nunca un niño me había hecho llorar tanto de tristeza y de alegría como Elio —dice Hanselys.

En el hospital Dr. Raúl Leoni de Guaiparo, uno de los dos hospitales en Ciudad Guayana, estado Bolívar, no hay insumos. Todos lo saben. La familia de Elio lo sabe. La misma Delis se enfureció en más de una ocasión en la farmacia del hospital, y peleó con la directora del recinto para que le dieran las medicinas que Elio necesitaba.

—El seguro nunca le dio nada, porque nunca hay nada, pero por lo menos lo atendían con cariño, ¿me entiendes? —comenta la madre de Elio mientras aprieta con sus manos un perrito de peluche azul con blanco y la sábana celeste de su hijo.

Hanselys solía orar todas las noches para que le llegara el tratamiento que necesitaba el niño para recuperarse. Y como ella, los voluntarios de las más de seis fundaciones que también transitan por los pasillos de pediatría de los hospitales públicos de Ciudad Guayana, y que conocieron a Elio.

Recuerda que el niño de apenas dos años siempre les gritaba “¡váyanse de aquí, ustedes me puyan mucho!”, mientras apuntaba con su pistola imaginaria a las enfermeras que lo atendían a diario en Guaiparo, y a las que, con el tiempo, hizo sus amigas.

Los días en los que Elio podía caminar, estaba atento a escuchar los pasos de las enfermeras en el pasillo, calculaba el tiempo lo suficiente como para bajarse de la cama y empujar la puerta de la habitación en el momento preciso para evitar que los de batas blancas fueran a inyectarlo.

Tanto a su madre Delis, como a su abuela Lely, no les quedaba de otra que reírse.

Durante todo el tiempo que Elio estuvo en el hospital, soportó tanto dolor por los tratamientos que lo bautizaron como “el guerrero”.

—Ya era parte de la familia del hospital, y el primero que se vestía para asistir a los agasajos de cumpleaños de médicos y enfermeras.

Carolina González, una de las enfermeras favoritas de Elio y con quien entabló un vínculo especial, lo sacó a bailar en más de una ocasión. Casi siempre sucedía en aquellas tardes en las que no se escuchaba ni un alma por los pasillos.

Entonces el personal de salud escuchaba el sonido débil de un puño tocando la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos o de la sala de descanso: era Elio, buscando música y compañía.

Aprendió a hacer las paces con aquellos seres místicos e impolutos que salían a inyectarlo cada vez que podían.

—Ya sabíamos que era él, yo lo sacaba a bailar para que se le olvidara el dolor, ¿sabes? Si algo aprendí de él es a sonreír a pesar del dolor —dice la enfermera Carolina.

Una tarde, Carolina tomó las manos de Elio y juntos comenzaron a bailar al son de un merengue que se reproducía en un pequeño radio mientras su mamá, grababa el espectáculo.

El niño movía los pies de un lado a otro como si estuviera puliendo con sus medias azules el suelo de pediatría, el video impactó tanto que rodó por las redes sociales.

Elio se concentró tanto en la música, y bailaba de tal manera que por un momento parecía que la herida en su abdomen que nunca llegó a cicatrizar ya no dolía, hubiese desaparecido y que la vía que tenía agarrada en el brazo no le estorbara.

Es ese carisma y personalidad del pequeño niño lo que cautivó a los activistas de las fundaciones que lo ayudaron y a todos en el hospital: siempre mantenía una sonrisa en medio del padecimiento.

La escena conquistó el corazón de Hanselys desde el primer momento en que vio el video de Elio bailando. Desde que hace más de tres años cerró el único hospital pediátrico de Ciudad Guayana, el Doña Menca de Leoni, bajo una promesa de remodelación que nunca se hizo realidad. Los niños enfermos fueron reubicados en un ala en construcción de medicina interna en el tercer piso del hospital Dr. Raúl Leoni de Guaiparo, con una capacidad de 20 camas.

El Menca de Leoni tenía 150 camas, y servicios de unidades de rayos X, consultas de nutrición, de cardiología, odontología, quirófano pediátrico y un área de rehidratación que hoy permanecen en el recuerdo de quienes ahí trabajaron.

Ese personal ahora debe apañárselas para tratar de salvar la vida de la mayor cantidad de niños posible en un espacio reducido, con apoyo de la sociedad civil y sin cuidados intensivos pediátricos.

—Uno se queda viendo cómo el paciente está muriéndose. El familiar está afuera confiando en que nosotros como personal capacitado estamos haciendo todo lo posible, pero, ¿qué vamos a hacer? —dice Andrea Zambrano, enfermera pediátrica desde hace al menos ocho años, quien laboró en el Menca de Leoni, y es testigo de la orfandad a la que los niños de Ciudad Guayana fueron sometidos tras su cierre.

Es una de las que, en más de una ocasión, vio a Elio en la misma habitación.

***

Por más de seis meses, la habitación 5 del departamento de pediatría del hospital de Guaiparo fue el hogar de Elio y su madre.

El niño estuvo hospitalizado en tres ocasiones y fue sometido a tres cirugías. Aunque sus enfermedades base eran un edema hemorrágico agudo de la infancia, y endocarditis (una afección del corazón), una obstrucción intestinal perforó su intestino delgado, y luego adquirió una infección dentro del hospital. Esto, más la escasez de antibióticos, albúmina e inmunoglobulina humana, lo sentenciaron.

Cada vez que requería una operación, Delis se arrodillaba en las puertas del quirófano, y como si tuviese agarrado al mismísimo Dios por las vestiduras, le rogaba que no se llevara a su hijo.

En noviembre de 2019, la primera vez que Elio entró al quirófano y uno de los momentos más críticos, Delis tuvo que vender cuanto electrodoméstico tenía en su casa para poder costear los tratamientos que el niño necesitaba, porque en el hospital no había ni solución fisiológica. Elio requería más de seis medicamentos, en su mayoría antibióticos y lo que nunca pudieron costear ni conseguir lo necesario en Bolívar: albúmina e inmunoglobulina humana.

De los seis frascos que el niño necesitaba para iniciar el tratamiento, solo le pudieron poner una ampolla de albúmina. La Fundación Vida y Corazón (Fundavico, una ONG con sede en Ciudad Guayana) alcanzó a reunir apenas 50 dólares de los 500 dólares que cuesta cada ampolla.

A veces, Elio pasaba una semana sin tratamiento, por falta de recursos.

—Pero se hizo todo lo posible —repite su madre.

En el piso 3 del hospital de Guaiparo imperó el luto ese lunes 4 de mayo de 2020: la muerte de Elio marcaba el final del esfuerzo de las fundaciones que lo ayudaron, personal médico, amigos, conocidos y desconocidos unidos por la misma causa: que, en medio de la crisis hospitalaria, Elio tuviese la oportunidad de sobrevivir.

Delis acudió a todas las fundaciones e instancias que pudo. Incluso se sintió tentada en más de una ocasión a montarse en los autobuses de transporte público a pedir dinero para costear un tratamiento que en su momento llegó a implicar un gasto de 100 dólares diarios.

—Ay, Hanselys. Mi hijo se me está muriendo —le dijo Delis a la directora de la Fundación Vida y Corazón (Fundavico) en una de las últimas llamadas telefónicas que sostuvieron, pues acostumbraban hablar casi a diario del progreso de Elio.

Cuando Hanselys escuchó esas palabras se le estremeció el corazón y el nudo que sintió en su garganta casi no la dejó hablar.

—No digas eso, mana. Tu hijo va a salir de eso. No te desanimes, sigue luchando —alcanzó a decirle con un hilo de voz, porque las palabras de Delis le habían atravesado el corazón.

***

Los voluntarios de las fundaciones que recorren los únicos dos hospitales en Ciudad Guayana aprendieron a tejer redes de colaboración, a cazar donativos: en Bolívar son las madrinas y padrinos de la salud.

En los últimos años, el acceso al hospital de Guaiparo es limitado para quienes no sean pacientes ni personal sanitario, pues está custodiado por milicianos que tienen la orden de no permitir que se filtre cualquier información que evidencie la escasez de insumos, falta de saneamiento y escasez de personal capacitado en el recinto.

El control es tal que desde enero del año pasado, hubo un momento en el que ni siquiera los activistas de las fundaciones podían entrar, por lo que tenían que armar una alianza con las enfermeras para poder ayudar a los niños hospitalizados que requerían ayuda.

Fue así como Hanselys, a través de su labor en Fundavico, conoció el caso de Elio y lo acompañó hasta el final, y como, después de entablar amistad con Delis, la madre de Elio fue el canal de ayuda para otros niños hospitalizados en el área de pediatría de Guaiparo.

Entre ambas forjaron una alianza y fueron recolectando y construyendo una red de ayuda tal que, en casi todas las redes sociales de activistas sociales y fundaciones de Ciudad Guayana, había una foto de Elio.

***

Para Lely, la abuela de Elio, el niño tenía una enfermedad que parecía un demonio hambriento.

—Yo quise darle comida, pero se le salía todo —cuenta Lely, mientras se toca el estómago y rompe a llorar sentada en el patio de su casa, con la mirada perdida y los ojos gastados.

—Yo creo que mi niño se estaba perforando todo por dentro, él me decía, ‘mami, puya, puya’, que algo lo puyaba por dentro —sigue diciendo mientras no deja de tocarse el estómago.

Es la misma mujer que meses atrás cocinaba como sea, incluso a leña porque en la ruta II de Vista al Sol, donde vive, casi nunca llega el gas, solo para llevarle comida a Delis y a Elio. Pedía efectivo prestado, y a veces caminaba para ir a visitar a su nieto, incluso llegó a pedir comida para tener qué prepararles.

El niño pedía comida, lloraba por hambre, pero la perforación en su intestino delgado no permitía que asimilara los alimentos. Su abuela se desesperaba al escuchar el clamor del niño, y a veces, le daba un caramelo para que olvidara momentáneamente la comida.

—Dame un poquitito de leche, aunque sea —repetía Lely las palabras de Elio, simulando una pizca con su mano.

Algo se quebró dentro de ella, cuando escuchaba sufrir al niño que vio nacer y sostuvo entre sus brazos, a quien desde el primer momento en que lo contempló, un 5 de julio de 2017, le había augurado un buen futuro.

Foto William Urdaneta

Para calmar su hambre, a veces le daba 5 centímetros cúbicos de leche o crema de auyama, al tiempo que veía como el alimento se le escapaba de los intestinos, a través de la herida abierta. Hasta hoy, Lely no puede sacarse de la cabeza el llanto del niño.

Recordar los momentos de risa y baile de Elio es lo que la hace recuperar la compostura. En realidad, ella no es su abuela de sangre, pero así lo percibió siempre.

—Ese es mi nieto, yo lo enseñé a hablar, le daba su tetero. Nieto es el que tú tienes, el que tú cuidas, igual que un hijo.

Elio tenía unos zapatos que alumbraban y eran los que anhelaba ponerse para salir corriendo con su abuela fuera de esa habitación, lejos de las personas que venían a inyectarlo.

—Quiero salir para la calle contigo mami, llévame, llévame —Lely tenía que volver a su casa escondida, solo para no escuchar la petición de su nieto, que le rompía el corazón.

Ahora repite entre lágrimas que hubiese preferido que Elio estuviese en esa habitación de hospital, así ella tuviese que pedir prestado para el pasaje, o seguir caminando para ir a visitarlo, a tener que verlo aquella mañana por última vez metido en la urna blanca ataviada con flores moradas, anaranjadas y blancas.

***

Delis recuerda el último diálogo que tuvo con su hijo:

—Mamá, bendición —saludó Elio a su madre esa mañana, con la pronunciación malograda de un niño de dos años. Seguía acostado en la cama del hospital.

—Dios te bendiga

—Mamá, te quiero mucho

—Yo también te quiero mucho, ¡mucho!

—Mamá, cárgame.

Su madre sonrió y extendió sus manos para alzarlo. Fue entonces cuando sintió la cama mojada. Al principio pensó que el niño había vomitado, hasta que se dio cuenta de que no era vómito, era sangre. El líquido rojo que brotaba de la herida abierta del abdomen de Elio comenzó a correr sin control por las sábanas. Intentó poner a su hijo de lado, y empezó a pegar gritos de auxilio.

No hubo médico o enfermera de guardia que no se haya metido en la habitación de Elio para intentar salvarle la vida. Pero no se pudo. Ese 4 de mayo de 2020, a las nueve de la mañana, murió. Después de preparado el cuerpo, nadie tuvo la fuerza de quitárselo a Delis de los brazos sino hasta las dos de la tarde.

Durante ese tiempo, ella seguía limpiándolo, peinándolo, acunándolo.

La sentencia estaba escrita en el acta de defunción: shock hipovolémico, endocarditis, evisceración abdominal y tuberculosis gastrointestinal.

Después de la muerte de Elio, Delis prometió que iría al hospital a ayudar a otras mamás que, como ella, buscan la forma de salvar la vida de sus hijos. Es por eso que, antes de que la cuarentena para prevenir contagios de COVID-19 se hiciese más estricta en el hospital, se la podía ver recorriendo el pasillo de pediatría dispuesta a hacer el puente entre las madres y las fundaciones.

—A mi hijo nunca se le borró su sonrisa. Yo le prometí que iba a ayudar a otros niños.

Este trabajo fue producto del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en su edición en línea realizada en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, de octubre de 2020 a febrero de 2021.
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