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Un pescador es un hombre de mapas. Su epidermis retrata los pasos del sol, el viento, arena y mar. Los cien metros de altura de Choroní son suficientes para divisar el inmenso azul de Eleazar Nuitter. De “El chino” Nuitter. Hace días se nos fue. Pero aquí, en este pueblo de la costa venezolana, permanece imborrable su huella en los muchos Nuitter que ahora son su memoria. Una crónica de nuestra serie Rostros de Choroní, en la contamos las historias de 16 personajes en la revista Marcapasos, en un libro y en una exposición muy cerca del malecón.

Foto Marianella Perrone @odontofoto

“Era marino, pero también viajero,

mientras la mayoría de los marinos

 llevan, por decirlo así, una vida

sedentaria, su espíritu es el de los

hombres amantes de su hogar, su casa;

el barco va siempre con ellos, como su

patria, que es el mar. Todos los barcos se

parecen y el mar es siempre el mismo”.

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas.

Buscar a  un pescador. Nelson Salazar,  “El catire” Salazar, fue compañero de pesca de EleazarNuitter. Compartieron el vientre azul por muchos años. “El catire” asegura que debe andar por el malecón. Pregunta en la dulcería, donde también venden lotería; luego en la pescadería que da cara al mar y finalmente en “El reposo del pescador”, venta de lubricantes y accesorios. Todos dicen haberlo visto pasar hace un rato. 

Habla Enrique Félix, dueño desde 1982, de la lunchería Clarines: “Toda la vida lo conocí como pescador y manejando su lancha llevando viajes de grava marina, sacando piedra de Chuao y Cepe para acá. Trabajando la pesca con la cosecha de jurel. Él se levanta temprano y viene al malecón todos los días. Regularmente pasa por aquí a tomarse un café, en la mañana. Vive su vida tranquilo, así de su casa al malecón y del malecón a su casa.  Él debe estar en el malecón, mire ahí lo va a buscar su hija: Nereida Cobos. Puede ser que lo consiga, si no es que se ha recogido porque ya está amenazando la lluvia”.

Con su bandeja perfumada de fragantes tibiezas de coco, vendiendo dulces, está  Carmen Cobos, quien hace mucho tiempo compartió con “El chino” una etapa de su vida y la paternidad de cinco hijos: “Él y yo siempre hablamos aquí de la época cuando él era pescador. Yo le digo, cónchale “Chino”, cuando tú pescabas y cogías esos plantes de pescao, todo el mundo comía aquí jurel o lo que pescara: macabí. Y hoy en día no; yo veo que ni a ti te dan uno. Él dice -Yo no pido, yo compro”.

Subiendo tres cuadras desde Puerto Colombia, el corazón comercial del pueblo, está la casa de Miguel Nuitter.  De 69 años y hermano de “El chino”, asegura que debe andar por el malecón, conoce su rutina diaria perfectamente.

En la calle Trino Rangel, justo en la curva, vive Eleazar Nuitter. En la esquina opuesta, Brillí González atiende bajo un toldo plástico un centro ambulante de llamadas,  también vende cigarrillos y chucherías.  “Conozco al Chino desde hace tres años y piquito. Yo guardo los corotos en su casa, y en veces lo veo por El malecón. Él habla de lo que pescaba, cuando había botes de madera. Pero nada, cuando salieron los de fibra, los arrumaron pa´un lao. Es verdad, después que sacaron las lanchas de fibra, a las de madera las botaron. Y él dejó de pescar”.

Almar. Hay un pacto entre el hombre de mar y el azul, visible en la juntura de sus labios  y el entrecejo calmos; con el del firmamento que invade las pupilas de celeste, azul noche, acaso ¿negriazul?  Y con el líquido; verdiazul, azul agua, azul playa, azul profundo. Allí, en la línea donde el horizonte besa y se separan los reinos de aves y peces, se instaló Eleazar Nuitter. Feliz y solitariamente enr-red-ado. Como los peces que atrapó en su atarraya, como la luna y las estrellas que narcisas se contemplaban en la oscuridad de sus vigilias, a la espera de un parto de crustáceos, peces y moluscos. En el vaivén suave de algas, aguardando el amanecer; el momento de amarrar la red y decretar el destino de sus temblorosos prisioneros, fríos, aleteantes y hambreados de huída.

En el cuerpo y en la lengua de “El Chino” Nuitter navega hoy una pausa marina, una larga siesta de palabras. Un eco del silencio de los pescadores, intentando escuchar el clack de las nasas. Un ritmo de olas de bajamar, pero aún fuerte, firme. Un mar que olvidó las tormentas. Aquel cuerpo de arena tostada, oscura, arena de playa mojada, pintada de crepúsculo, busca en su hamaca de nuevo al mar. Un mecer de olas acariciando su cayuco, Gloria del mar,  cuatro décadas susurrándole sueños con peces, hembras, niños, hermanos, amigos. El reposo de quien no cabalgó corceles cebados con diesel; más bien tejió macramé con las olas, a punta de remos.

“El Chino” tiene porte de barracuda, claro que ésta tendría que ser larga, más de ciento ochenta centímetros para acercársele en tamaño. En la dentadura, ganaría la barracuda, pero sólo por el filo; los dientes del pescador parecen estar completos, con la evidencia de 83 años de uso, pero maravillosamente compactos y sanos. Como la barracuda, tal vez nunca se ha recostado en el sillón de un dentista.

Sobre su corazón palpita “Venezuela, conocerla es tu destino”, impreso en una franela jubilosamente blanca, a juego con un bermudas de tela y color kaki. Con la mano izquierda se ajusta la gorrita negra que grita “Pescadería Choroní”; su índice descamado de uña debe haber perdido una o dos falanges ¿venganza de un pez, un anzuelo enganchado, la maraña de las redes al tenderlas? Señas que dejan el mar y la pesca. Recuesta la silla plástica sobre la cerca de su vecino, la tercia con su cuerpo hasta dejarle en alto las patas delanteras; como seguramente hacía en su infancia y juventud con viejas sillas de madera, mientras soltaba la “cochina” o trancaba un partido de dominó.

Desde allí divisa la curva de su casa esquinera, su casa de dos caras azules: una azul oscuro, con aire de depósito, de faena. La otra primorosa y celeste, floreada e iluminada con lunas eléctricas atrapadas en faroles; en el porche bailan cerámicas coloridas y fracturadas irregularmente, que adornan al piso y los largos y sinuosos bancos de mampostería. Un cardumen de libélulas trémulas rasga la mañana, mientras los repiques de campanas llaman a misa de diez. La mirada de Nuitter busca el malecón, sus guiones asiáticos, se estiran y adelgazan con la sonrisa; las pupilas se ocultan entre sus párpados apretados, y un par de escotillas bifocales enmarcadas en carey plástico lo auxilian.

Gruesas son las hebras de atarraya, color espuma, que resbalan ondulantes desde su cabeza hasta la barba,  trepando sus labios nocturnos, para pintarle gaviotas y pelícanos que no chillan, que están saciados. Mientras su lengua recita con prontitud los nombres de veintiún hijos.

  • Thamara Jiménez. Se describe como un animal letrófago. Persigue, atrapa y se alimenta de letras. Son tan apetecibles las que encuentra ordenadas en palabras, ya listas para su lectura. Como aquellas con las que modela y construye mundos, suyos y ajenos. Tanteando al fantástico milagro de la literatura

*Esta historia es parte de la serie Rostros de Choroní y fue publicada en el libro Historias que laten en Choroní, 16 personajes, 16 historias que ganó la Mención Concurso de Memoria Colectiva de la Bienal Ramón Palomares del año 2011.

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