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A Pedro Rivero Oliva en el desierto de Atacama de Chile lo llaman «Topo Loco». Es fácil imaginar por qué, al verlo cubierto de lodo, con su casco de minero, y al escucharlo describir con los ojos cerrados la chimenea por la que acababa de descender y que conduce hasta la profundidad de la mina San José, el refugio a seiscientos ochenta y ocho  metros abajo.

─Izquierda, chimenea tapada─sentenció el cinco de agosto horas después de un gran derrumbe.

Pedro Rivero Oliva es voluntario del Cuerpo de Bomberos de Chañaral y uno de los pocos que entró a la trampa que dejó a treinta y tres mineros sepultados bajo un mar de piedras cuando todavía se podía acceder al interior de la mina.  Pedro Rivero Oliva, el «Topo Loco», fue también el último rescatista que bajó por la cápsula Fénix para sacarlos a la superficie. Sucedió en setenta días.

La linterna sobre el casco de Rivero parece que pesa más de la cuenta: se lo empuja al borde de la nariz. Le tapa así los ojos rasgados, la piel seca que recuerda la geografía del desierto, y apenas deja descubierta la boca por la que cuenta la odisea que vivió en el norte de Chile.

El jueves cinco de agosto, a las siete y treinta y cinco de la noche, Pedro Rivero Oliva, casado, dos hijos y más de doce años buscando vida donde se cree muerte, recibió un llamado como jefe del grupo de rescatistas profesionales en emergencias de interiores de minas de la Compañía Minera Carola. Un accidente grave había sucedido en una mina de la zona. En una mina de más de cien años que llevaba el nombre de San José.

A Rivero y su equipo, el camino hasta llegar al paraje de cuatro hectáreas sobre un cerro marrón entre dunas gigantes les tomó dos horas. A las nueve y media llegaron al acceso del pique de la mina y decidieron entrar para evaluar la situación. Eran, en total, veinticinco hombres.

La rampa de acceso era un camino amplio abierto en la roca dura de la que se extrae cobre y oro. Por ahí, hasta la una y media de la tarde del cinco de agosto pasaban camiones, tractores, camionetas y más de trescientos trabajadores que a diario extraían las rocas del interior de la tierra. Pero el flujo se detuvo a esa hora, la del derrumbe más famoso de la contemporaneidad.

En las primeras cuarenta y ocho horas, Rivero y su equipo también pudieron entrar por ella. Llegaron hasta los trescientos cincuenta metros de profundidad mientras los treinta y tres mineros atrapados también intentaban subir como podían hasta la superficie. Hubo tres que treparon por las chimeneas de respiración que debían ser también vías de escapes. Lo hicieron hasta un poco más de los trescientos treinta metros, pero no pudieron seguir haciéndolo porque faltaban las escaleras obligatorias para la evacuación en caso de emergencia.

El grupo de Rivero y los mineros estuvieron separados por veinte metros de distancia. Fue el sábado siete de agosto, dos días después del accidente. El mismo día que «Topo Loco» y su gente estuvieron a punto de morir aplastados por un segundo derrumbe.

***

Habían pasado dos minutos de las nueve de la mañana de ese sábado siete de agosto cuando Rivero, cuatro rescatistas y Pablo Ramírez, un minero compañero de «Los 33», entraron a la mina. Ramírez era el capataz de la mina y por una cuestión de turnos no estuvo a la hora del derrumbe en su interior. Querían bajar por una chimenea angosta que conducía al refugio a seiscientos ochenta y ocho metros de profundidad. Iban por buen rumbo.

Los cinco hombres estaban unidos con cuerdas entre ellos. Pablo Ramírez, que conocía las rocas como pocos, comenzó a bajar por el conducto. Su arnés estaba unido al resto del equipo y también a una polea que lo debía «izar» en caso de emergencia.

Ramírez comenzó a descender por la chimenea. Pero una grieta que comenzó a abrirse en una de las paredes lo alertó del peligro. Un nuevo derrumbe estaba a punto de suceder. Esta vez sería un bloque de setecientas mil toneladas de piedra. Ni Rivero ni Ramírez pudieron decir después cuánto duró la próxima escena que vivieron. «Tres segundos, tres minutos, diez….» intentó determinar «Topo Loco». La mole de piedra al caer creó un vacío en su superficie, la ley de gravedad pareció hacerse más intensa y comenzó a atraer a Ramírez, que seguía en la chimenea. Arriba, en el borde, estaban Rivero y los otros cuatro rescatistas. Todos unidos por las sogas que empezaron a atraerlos hacia el interior de la chimenea. Hacia la profundidad de la mina. Para salvar a Ramírez -y salvarse-había que «izarlo» por  treinta y cinco metros.

Lo que sucedió después, dijo «Topo Loco», duró un segundo. Eso sí lo recuerda. Pablo Ramírez logró hacer pie. “Lo agarramos del arnés y le cortamos las cuerdas de abajo». La atracción hacia el vacío se detuvo.

***

Laurence Golborne, el ministro de Minería, a esa altura ya tenía la manga izquierda de su campera roja gubernamental gastada de tantos saludos que recibía de los familiares de los treinta y tres mineros. Desde hacía cuarenta y ocho horas estaba inmerso en un curso acelerado de política. El empresario era el miembro menos conocido del gabinete de Sebastián Piñera, el presidente recién estrenado, pero el accidente de los mineros lo obligaba a enfrentar a las cámaras y a los familiares cada hora.

«Las esperanzas tienen que ser realistas. Las probabilidades son más escasas que las de hoy a la mañana», fueron las palabras que usó cuando los debió enfrentar ese sábado siete de agosto.

«Fue duro porque era como que estaba dictando una sentencia de muerte a treinta y tres familias. Porque el megabloque impedía seguir con la búsqueda. Por ese lugar se había acabado. Quizás nadie se imagine lo que significa decir eso», recordó después Rivero cuando «Los 33» ya estaban a salvo y tuvo tiempo para contar la odisea.

Pero aquella tarde del siete de agosto, Rivera y su equipo salieron de la mina con llanto en los ojos. Golborne se había quebrado hasta las lágrimas al decir que quedaban pocas esperanzas. Los familiares de los mineros intentaron llegar a la entrada del socavón, querían sacar las piedras con las manos. Los carabineros les cerraron el paso. Los rescatistas tampoco querían rendirse. Discutieron con el gobierno nacional para seguir trabajando en el salvataje. Pero sabían que ya no se podía entrar a la mina. El derrumbe selló toda posibilidad de acceso. Los mineros -en el caso de que estuvieran con vida, en ese momento los rumores decían que estaban muertos- habían quedado confinados a partir de los seiscientos veinte metros de profundidad.

«Había que buscar por otro lado. La búsqueda era por la vía del sondaje, un método basado en hacer agujeros de pocos centímetros de diámetros en el cerro para intentar llegar al refugio donde debían estar los mineros. Pero eso significaba meses. Y conociendo los antecedentes de esta mina, sabíamos que no existían los planos del interior que permitieran ubicar un punto para la referencia del sondaje. O sea la tarea era encontrar una aguja en un pajar», recuerda Rivero.

El ocho de agosto las sondas comenzaron a perforar el cerro a ciegas. Sus zumbidos durante el día y la noche era la música de fondo que sostenía la esperanza de los casi trescientos familiares que se instalaron en un campamento en la base del cerro que tenía sepultado a «Los 33».

El domingo veintidós de agosto, cuando eran las seis de la mañana, los que estaban despiertos en el frío amanecer del desierto se dieron cuenta de que algo sucedía: había silencio. Las perforadoras se habían detenido. Uno de los trabajadores de la mina dijo frente a un fogón:

─Los encontraron.

En los rescates se apagan las máquinas cuando una sonda llega a una galería o a un refugio. Entonces, los oídos se pegan al martillo que rompió la montaña. Esperan una señal. Ese día la hubo. Se oyeron golpes y respuestas a esos golpes con más golpes. El tubo amarillo comenzó a subir. Cuando lo sacaron por completo encontraron una marca con pintura roja y una bolsa con algo adentro. Estaba empapada por el agua que se filtraba en la roca. Adentro tenía una carta de amor y un mensaje. Uno escrito también en rojo que decía: «Estamos bien en el refugio los 33».

«Encontramos la aguja en el pajar», pensó «Topo Loco» al ver el papel.  El rescate se inició cincuenta y tres días después de ese hallazgo. Cuando una de las perforadoras de las tres que trabajan sin descanso sobre el cerro logró abrir un túnel para sacar del interior de la tierra a los treinta y tres mineros.

El miércoles trece de octubre, el día del desenlace, «Topo Loco» volvió a meterse en la mina. Bajó seiscientos veintidós metros por la cápsula Fénix II. «Fue como ir en un ascensor de un edificio de trescientos pisos», bromeó cuando el rescate había terminado y él y su equipo habían, una vez más, encontrado vida en los sótanos de la tierra .

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