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Once y treinta y siete del jueves 14 de marzo. En esta última noche del velorio de Hugo Chávez en capilla ardiente, la cola rebasa los monolitos y besa las aceras del Paseo Los Próceres. Justo ahí me uno yo.
No hace calor ni frío en esta noche tensa. Es la última oportunidad que queda para despedirse del líder que comandó la revolución bolivariana en este lugar, del hombre que en catorce años cambió la orientación del caballo en el escudo, que agregó una estrella al tricolor y treinta minutos al huso horario.
Cuatro efectivos de la Guardia Nacional se detienen detrás de mí para cerrar la fila. “Hasta aquí. Ya no entra nadie”. Aún así se le permite el paso a los que se van sumando. Veinte más, cuarenta más, sesenta más.
Delante la cola es larga, pero no tanto. O no tanto como antes. En algún momento la fila tocó las puertas de la Universidad Central de Venezuela y la de la Farmacia Universidad, varias cuadras atrás.
El aparente sosiego de hoy da la sensación de que estos diez días de duelo fueron suficientes para llorar al comandante supremo y drenar emociones: ya en las calles de Caracas sus dolientes buscaron a otros dolientes para consolar un sufrimiento colectivo. Ya entonaron el “Gloria al Bravo Pueblo” de rodillas frente al Palacio de Miraflores. Ya hicieron las compras nerviosas. Ya corearon a Alí Primera en la Plaza Bolívar.
Alguien lanza “Chávez vive, la lucha sigue”. Y la réplica dura poco. O nada. Aquí, en esta última noche de cola, alguien “Capriles fascista, de noche transformista”. Pero la presencia de tres de ese gremio en la fila apaga el eco.
El desorden, la denuncia al coleado y los sollozos quedan como un recuerdo de los primeros días, como la información destacada de las primeras planas de los periódicos de hace una semana.
Hoy todo es distinto. Hoy nada perturba el ánimo tranquilo de los que se encaminan hacia el Salón de Honor de la Academia Militar. O casi nada. En medio de la caminata, los efectivos de la Guardia Nacional avisan que hay que apurar el paso: “Los que puedan trotar, troten”. Y trotamos. Y paramos.
Cerca de la hora fijada para cerrar la capilla ardiente se asoma a la cola el teniente Juan Escalona, el ayudante de Chávez que le cantó el Alma Bolivariana en el Salón de Honor.
– ¿Sí lo veremos?- pregunté.
– Sí. Esto avanza.

****

Dos de la madrugada del viernes 15 de marzo. Dentro del patio de la Academia Militar se avanza hacia dos finales: el cierre de las visitas del pueblo a la capilla ardiente y el desmontaje de un escenario, que se creó en tiempo récord, para darle espacio al duelo.
La fila no es una línea recta, sino un zigzag debajo de las carpas azules que conducen al Salón de Honor. El último de la cola se reedita cada vez que se permite el paso un rezagado de último minuto.
Las barandas metálicas se desdibujan a medida que los milicianos, que ahora cierran la cola, adelantan camino. Los espacios que antes estaban repletos de gente dejan ver en el suelo envases de agua llenos de líquidos amarillentos, restos de papeles, algún panfleto.
En un abrir y cerrar de ojos desaparecen las gigantografías de Chávez sonriente con el puño alzado y los avisos en rojo de “Hasta la victoria siempre”. Un joven camina de un lado a otro con un una tela amarilla, azul y roja apretujada entre los manos y hombres montados en escaleras deshacen el toldo central. “Ese va a ganar plata”, dice alguien. Hay camiones de carga, carros, gente de logística.

***

Dos y veinte de la madrugada del viernes 15 de marzo. La fila se rompe en dos. Llego al punto en que debo cruzarme la cartera hacia la izquierda. De ese lado voy a ver a Chávez. Varios me escrutan de arriba abajo: mirada a los ojos, brazos, piernas y van al detrás. Y le ven ojos, brazos, piernas y van al de atrás.
Escaleras arriba. Un mural imponente de hombres a caballos en batalla en la parte alta del Salón de Honor. Más seguridad a los costados para chequear a los visitantes.
Seis custodios para el féretro. Dos cadetes de rojo inmóviles a los pies. Dos civiles de traje y corbata negros a la cabeza. Detrás ellos están los cuadros de Simón Bolívar al lado de Hugo Chávez. Dos soldados a cada lado.
– “Brevemente, pase”, dice uno soldado.
A las 2:25 de la madrugada paso a ver a Chávez. Esta es mi segunda vez. La primera: el 15 de enero de 2010, en un mensaje ante la Asamblea Nacional, el presidente recorrió los jardines del Palacio Legislativo. Una multitud roja me empujó lo más cerca de él que se pudo. Una energía me aceleró el corazón.
Aquí la energía es un silencio roto por murmullos de los ocupan algunas sillas; en la primera hilera Cilia Flores, con cola de caballo y ojos rojizos consuela a Nicolás Maduro, detrás Tareck El Aissami.
Las piernas me tiemblan. Las manos me sudan.
Féretro. Madera. Vidrio.
El rostro dormido. La papada hinchada. Las cejas peinadas, cercanos al vidrio. La raya de los ojos cerrados, la boina roja de lado izquierdo, el vidrio. El pecho verde oliva, las placas doradas en el pecho verde oliva, el vidrio.
“Siga”.

***

El pasillo interno después del Salón de Honor es un túnel oscuro.
Ahí está el paredón de los recuerdos, que también avanza hacia su final. La pancarta pegada a la pared con la sonrisa de Chávez ya no soporta su propio peso, tiene las esquinas dobladas y su parte central está casi en el piso.
En el piso quedaron restos de papeles, tinta, deseos, bendiciones.
Nadie habla. Nadie comenta. Todos buscan la salida.
En la salida están los árboles, la calle, las jardineras que son la cama de muchos.
A las afueras del patio de la Academia Militar no queda nada más que la luz encendida de la Capilla Ardiente.
Más tarde las miradas estarán puestas ahí sólo un rato. Más tarde el centro estará en el Cuartel de la Montaña y en un mausoleo hecho en tres días.

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