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La casa de Karina Quintana sirve como refugio y comedor de 70 niños que de lunes a viernes encuentran un plato de comida y solidaridad en una mesa compartida

Las madres del comedor Mi refugio comienzan a servir la pasta con salsa de pollo desmechado y queso. Es hora del almuerzo y en la casa de Karina las tapas de las ollas se convierten en bandejas para llevar los platos a las mesas.

Los niños corren y se sientan hombro a hombro. Las cuatro mujeres, como bailarinas con pasos ágiles, giran, van y vienen con la comida por los pasillos estrechos entre las mesas, para no pisar a nadie.

 

El comedor de Karina queda al comienzo de unas escaleras de Turumo, en la Parroquia Caucagüita del Municipio Sucre. La casa es de bloque y cemento, y para llegar hay que subir por una carretera con otras viviendas a medio terminar de un lado y el barranco del otro, en donde niños juegan pelotica de goma.

Este es uno de los casi 100 comedores a nivel nacional que funciona dentro de la red del programa Alimenta la Solidaridad, que atiende alrededor de ocho mil niños diariamente en distintas comunidades de Caracas, Miranda, Aragua, Anzoátegui, Carabobo, Lara, Portuguesa y Táchira.

Karina Quintana, la joven petareña de piel morena y cabello planchado cuenta -con brillo en sus ojos- que allí vive con su familia. Pero en 2017, cuando Carlos Ocariz perdió la alcaldía de Sucre, tuvieron que cerrar el centro comunitario Nuevo Turumo donde almorzaban 30 niños de lunes a viernes. Entonces ella ofreció su casa para no dejar de atenderlos.

Ahora son alrededor de 70 niños los que van a comer y cada vez hay más en la lista de espera, pero ya atienden a su capacidad máxima para poder brindarles una comida con los carbohidratos, proteínas y vegetales necesarios para su nutrición.

Iniciativas como la de Karina hay más, donde mujeres de sectores populares han abierto sus cocinas para alimentar a niños en riesgo de desnutrición infantil y este programa, creado en 2016, las ha apoyado para sigan funcionando.

En el comedor de paredes de cemento sin frisar, rezan y comen rápido para picar la torta de los 32 años que está cumpliendo Karina. Los platos quedan limpios, los chamos toman agua y llevan todo a la cocina, reorganizan las mesas entre risas y tropiezos y comienzan a cantar a ritmo de vallenato «que Dios te regale vida».

Este trabajo fue producto de la primera cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de octubre a diciembre de 2018.

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