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Sandra Lafuente, cronista y cofundadora de nuestra revista madre, Marcapasos, comparte sus pensamientos a partir de la transformación del árbol que observa a diario desde su confinamiento en Barcelona, España. Una metáfora de los ciclos del tiempo y de la incertidumbre del nosotros. Una página muy sentida y especial para nuestro #DiarioHQL sobre estos días de pandemia

Hay una acacia delante de mi balcón. Cada año miro a través suyo los ciclos de la vida en la puntualidad de las estaciones. Su deshacerse de las hojas, la desnudez completa, los brotes en las ramas. La canopia, a la altura de mi tercer piso, ya alcanzó la frondosidad que en el verano dará algo de sombra.

Durante el aislamiento me fijo más en el árbol. El follaje deslumbra con el sol del mediodía; la lluvia lo oscurece y lo abrillanta.

Ese cigarrón y ese abejorro liban los dos de las flores de acacia blanca (y zumban hacia las cayenas tras mis rejas).

Los pájaros: me dejo escuchar otra música en ellos. Cuando está a punto de posarse, la tórtola saca un chillido de soprano. Tres cotorras argentinas, especie desterrada del sur, se desgañitan como si fueran veinte. La paloma común canta en sordina la danza del cortejo. El gorrión, de tan pequeño, se pierde en el árbol, pero su trino sostenido lo trasciende.

La acacia que veo desde mi balcón es la naturaleza misma, implacable en sus leyes: vida, destrucción, disipación –muerte–, vida otra vez, en continuas espirales. La permanencia de la savia y el tronco sosteniendo el movimiento de lo breve. 

Lo que perece regresa siempre en formas nuevas.

De marzo a mayo nos han pasado las estaciones todas. En nada más que semanas.

Por fin salí, después de 24 días confinada. Es jueves 16 de abril,  a la hora de más actividad de la mañana. En la avenida principal, los autobuses van semivacíos, las motos gruñen como antes, pero se impone el silencio de la cotidianidad perdida.

Entro en una fila muda, con distancia de seguridad, delante de la mampara en la farmacia –hay lista de espera para el gel desinfectante; las mascarillas son esquivas–. Nos evitamos y aun nos reconocemos. Sabemos decir con los ojos.

Diez días más tarde vuelvo a la calle, a la frutería, a otra fila de seguridad. Mientras espero, miro. La bebé, no más de un año, agita su falda sobre el pañal queriéndose zafar de la mano del padre en el paso de cebra. Otro niño corre sobre la acera –ese ejercicio infantil de la emancipación– con una mascarilla que le baja del mentón. Es 26 de abril. A partir de hoy los menores de 14 años pueden estar afuera con sus cuidadores; el sol les regala 18 grados de potencia.

Llega el día, 2 de mayo, en el que puedo salir yo. El gobierno lo permite, por franja horaria, grupos de edad y ganas de correr o caminar. No quiero, sin embargo. La libertad es, acaso, rendirse a las ondulaciones propias.

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Lo que perece regresa siempre en formas nuevas. 

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Me quedo, en cambio, en el balcón, mirando el árbol. Adivinando historias en las voces que pasan por mi calle.

El domingo otro ánimo me empuja al paseo. Son las ocho, nuestra franja horaria recién abierta. Aceleramos la marcha como hormigas que abandonan un hormiguero yerto, mientras los músculos reaprenden el acto de caminar distancias largas.

Luego un jueves más, la noche en el Passeig de Maragall; los cuerpos se adaptan. Solo una ventanilla abierta en la farmacia, ¡hay mascarillas! Las venden también en la tienda de productos italianos, con la burrata y los ñoquis.

Una rara ligereza tutela los códigos nuevos, mutables, quebradizos. Afuera la vida se reabre pausada con ellos. Mayo termina. Estoy otra vez adentro, intentando atenderlos.

Inviernos atroces, sequía, manantiales, mareas con sus lunas, anhelo de sakura, flores hechas frutos. El grito de las cotorras. Percibo las estaciones todas en el silencio de las filas, los niños, los sapiens adultos corredores, caminantes, ermitaños –nosotros– en búsqueda de un rumbo.

El barro de nuestra biología se entrelaza en sus partículas al ecosistema mayor que nos detuvo.

Vienen los meses, el calor, el tiempo, y no sabemos.

En la perplejidad de nuestra pequeñez frente al futuro, escucho el pulso de la acacia.

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