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El pensamiento libertario que conquistó la independencia de Argentina se inició en la librería más antigua de ese país, en la ciudad de Buenos Aires. Iban a demoler el lugar en los años 90, pero Miguel Ávila, un apasionado por los libros desde los 11 años, la rescató de convertirse en un local de venta de hamburguesas y la transformó en el emblema que es hoy

—El libro, a mí, me salvó la vida. No es un lugar común. Realmente me salvó la vida.

Miguel Ávila, rodeado de reliquias literarias, recita de memoria el inicio de su libro de cabecera. Repite este ritual desde un escritorio de la librería más antigua de Argentina en la ciudad de Buenos Aires, la misma que lleva su apellido: Librería de Ávila. Tose, aclara la garganta para entonar su voz de narrador y empieza:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

De vez en cuando abre Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez, en cualquier página y lee un poco porque dice que eso le hace bien. Se emociona, se endereza en la silla detrás de su escritorio de madera, y sonríe para contar que un día Matilde Sánchez, la directora de la revista Ñ —publicación cultural del diario argentino Clarín— le confesó que su profesión se la debía a él.

—Un día yo estaba en otra de mis librerías. Era de noche, estaba parado en la entrada viendo pasar la gente, y de pronto pasa Matilde con dos chiquitos. Se para ahí frente a mí, y les dice a los chicos “¿ven a ese señor que está parado ahí? Por culpa de él yo tengo la profesión que tengo”. Le pregunté “¿por qué les decís eso?”. Entonces ella me contó algo que yo no recordaba. Un día ella tenía 13 o 14 años, y la veo llorando a mares afuera de una de las librerías que tuve, miraba la vidriera como que estaba mirando libros, y lloraba y lloraba. Salgo a la puerta y le digo, eso me cuenta ella, “no hay nadie, absolutamente nadie en el mundo que merezca las lágrimas que estás derramando. Vení”. Entró a la librería y le pregunté “¿sos lectora?”, ella contestó que no. “Bueno, yo te voy a dar un libro para que leas. Este es un regalo mío, esto no tenés que pagarlo. Si te gusta, la autora tiene otra serie de libros más, esos sí los vas a comprar vos”. Y le encantó el libro, era uno que estaba de moda en esa época, de una autora Montgomery, que escribía sobre adolescentes, estamos hablando como pudiera haber sido Mujercitas. Empezó a leer, a leer, a leer, a leer, se convirtió en una gran lectora y se recibió de la carrera de letras. Esa es la función de un librero. Eso es lo que a mí me gusta.

***

Sobre un mueble de madera, junto a otros libros de portadas unicolores con títulos impresos en el lomo con letras mayúsculas, una anciana se detiene en uno particular: Antología de prosistas españoles, de Ramón Menéndez Pidal, cuya octava edición es de 1964.

—¡Este libro lo tengo yo en mi casa! —señala ella, bajita, con suéter tejido de color verde manzana—. La última vez que vine todavía había bar, era hermoso, te podías quedar a charlar un rato. ¡Un día me voy a venir a pasar todo el día aquí!

Es un sábado de junio y la anciana se encuentra en la Librería de Ávila. En un rato llegará otra mujer ajetreada a buscar una de las ediciones de la revista argentina Sur. Sobre el estante de madera se pueden encontrar publicaciones de la revista desde 1952 hasta 1982.

Ambas mujeres se entretienen en el subsuelo de la librería, donde hay cientos de libros, desde aquellos escritos a máquina de escribir, sin interlineado, sobre hojas amarillentas, hasta otros con papel más brillante e imágenes a todo color; desde la colección completa de la revista Así fue la Segunda Guerra Mundial, hasta la saga de Harry Potter; desde libros de historia de España, Inglaterra y Francia, hasta los de la historia de los barrios de Buenos Aires; desde aquel que habla de 15 ciudades de China, hasta El Principito, el que se llevan todos, siempre.

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Ahora es jueves 4 de julio. Todos usan suéter dentro de la librería porque Argentina está en pleno invierno, pero la calefacción está dañada.

—Lucas, traeme ese libro antiguo, el chiquito, por favor —le dice Miguel a uno de los empleados de la librería.

Lucas regresa con un libro muy pequeño —cabe en la palma de la mano— sobre lenguaje y tiene fecha de edición de 1630.

Miguel tiene voz gruesa propia de un narrador de historias, de locutor. Además de ser librero, también se ha dedicado al teatro. Con ese tono cuenta que la llegada de los primeros textos a la librería se remonta a 1785 —cuando Buenos Aires no era “Buenos Aires”, sino la “Gran Aldea”— y se cree que eran religiosos porque justo al frente estaba (y todavía está) la iglesia San Ignacio, la primera de la ciudad. Antes de esa fecha, ni siquiera se vendían libros, sino hierbas medicinales y objetos para el gauchaje (relacionados con jinetes y vacunos). Se conocía como la Librería del Colegio porque quedaba (y todavía queda) al frente del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuyos antecedentes se remontan a los años 1660.

La importancia de la librería, explica Miguel, está en la germinación del pensamiento libertario de Argentina: Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Juan José Castelli, líderes de la Revolución de Mayo que conquistó la independencia de Argentina en 1810, armaban polémicas y debates en ese lugar con los textos políticos que comenzaban a llegar de Europa, algunos clandestinos. Luego, expresidentes reconocidos del país como Domingo Faustino Sarmiento, Carlos Pellegrini, Agustín Pedro Justo, entre otros, también pasaron por allí. Este espacio ha sido testigo de más de 200 años de la historia de Argentina.

La librería permaneció cerrada unos siete años en los 80. Iban a demolerla. Iban a construir un local de venta de hamburguesas de una empresa estadounidense. Pero a principios de los años 90, Miguel la rescató y la reinauguró con el nombre de Librería de Ávila: no le mantuvo el nombre de “Librería del Colegio” porque eso significaba adquirir también las deudas que sus antiguos dueños habían dejado. Sin embargo, cuando Miguel habla de ella siempre agrega “en el querido y recordado local de la antigua Librería del Colegio” para que no se pierda el nombre. La librería está declarada sitio de interés cultural —se especializa en ediciones de colección y rarezas históricas— y figura como una de las nueve librerías más emblemáticas del mundo. 

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Miguel es de la localidad Adelia María en la provincia de Córdoba, región central de Argentina, de donde también es su hermana, una gringa preciosa, describe. Ella, cuando tenía como 15 años, trabajaba de mucama en Buenos Aires, en un caserón enorme, de dos plantas, desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Cuando pudo mandó a buscar a su hermano, que para ese momento tenía nueve años. 

—El impacto fue muy grande porque de estar en un pueblito diminuto, diminuto. Un pueblito de campaña muy chiquito, entrar amaneciendo, despertarme y ver esta ciudad… lo más alto que yo había visto era la torre de la iglesia que era como una casa de dos pisos. El asfalto, los autos, la gente, la cantidad de gente, era… —abre la boca como si estuviera llegando de nuevo a la “ciudad de la furia” aquel 15 de octubre de 1955. 

Este librero ahora tiene 74 años, pero en su cabellera no se asoman canas porque, dice, desciende de la tribu de los indios ranqueles: longevos, no se les caía el pelo, encanecían muy poco. 

De pronto recuerda tomar una pastilla que debía tomar hace una hora. Recibe uno de los periódicos que el señor del kiosco de la esquina le lleva a su escritorio y comenta que debe acomodar la calefacción de la librería. Miguel, con su voz de narrador, dice que en la vida de un hombre, siempre, en algún momento, se va a cruzar una mujer, no importa en qué rol, que marca el destino de ese hombre. Él está seguro de que esa mujer se le cruzó a los 11 años: se llamaba Marcela. 

Miguel Ávila tuvo su primera librería a los 23 años, pero desde los 13 trabaja en estos espacios que resguardan lo más preciado para él: libros. Ser librero no es una labor que heredó de su familia. No vivió con su madre, y a su padre lo conoció después de sus 45 años. Su pasión por la literatura, en cambio, se la debe a Marcela, una de las mujeres más bellas que conoció, dice Miguel. 

Marcela —hermosísima, cara lisa, piernas espectaculares, como si no envejeciera nunca, muy inteligente, describe Miguel— no era su pareja, sino una mujer que cuidó de él desde que tenía 11 años. Creció en un reformatorio, lo expulsaban de los colegios, participaba en peleas callejeras que organizaban chicos más grandes a cambio de algunas monedas. De una de esas riñas aún se le nota la huella de una torcedura en la nariz. 

La hermana mayor de Miguel, Elsa Ávila de Cruz, hizo un trato en esos tiempos con Marcela: ella necesitaba que alguien cuidara a su mamá mientras trabajaba como profesora de inglés. Miguel podría cuidar a la madre de Marcela si ella, a cambio, le daba un techo, comida y educación. Así lo acordaron. Pero la madre de Marcela, que estaba muy anciana, murió al mes de la llegada de Miguel. Aún después, Marcela continuó ocupándose de él: junto a ella conoció El Lago de los Cisnes, El Cascanueces, La Novena Sinfonía, la ópera, el cine, el teatro y, lo más importante de todo, los libros. Los Miserables de Víctor Hugo fue uno de los primeros que Marcela le leyó en voz alta durante las noches. 

—Después empecé a leer yo solo, empecé a leer, a leer, a leer, a leer, a leer, a leer, a leer, a leer —su mirada se levanta, sus brazos también, hacia el cielo, y sus ojos se le abren cada vez más con cada “a leer” que pronuncia— y descubrí un mundo extraordinario. De ser un chico que echaban de los colegios me fui convirtiendo en el mejor alumno de la escuela, el que hacía los discursos, en un estudiante modelo. 

La relación con Marcela duró toda la vida, pero en realidad solo vivió dos años con ella. Se casó con un buen hombre, aclara Miguel. “Convivir con este preadolescente era un tema”,  reconoce, así que con 13 años se fue a vivir solo a una pensión. Esa mañana en la que salió a buscar empleo, tenía varias direcciones anotadas en un papel. No sabía qué perfil requerían, pero necesitaba algún ingreso económico.

Fue a la primera dirección; vio una fila de chicos. Cuando preguntó para qué era el empleo, uno le dijo que era para hacer trabajo de oficina y trámites del banco. “Esto no es para mí”, se dijo y fue a la otra dirección anotada. Cuando vio que era una librería, se formó en la fila con el resto. El local se llamaba Platero.

Mientras trabajaba en Platero, culminaba su sexto grado en la noche porque le daba vergüenza tener 13 años y usar el guardapolvo —bata blanca que usan los alumnos de primaria—. 

Fue así como Miguel Ávila comenzó su recorrido por los libros. Desde entonces ha dirigido cinco librerías, incluyendo ésta, la que él asegura orgulloso es la más antigua de Argentina.

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