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Una de las voces más emblemáticas del Grupo Madera ahora lee otra partitura. Una espiritual. El giro que dio su vida después de la tragedia que sufrieron él y sus compañeros de son lo condujo hacia aguas más serenas. Pocos saben que desde hace un rato, recita otros versos

Carlos Daniel Palacios ya no canta. Se alejó del faranduleo y del son, y desde que se dejó de eso, no se sabe de él ni en los guateques nostálgicos. Se esfumó de repente y para siempre en la cúspide de su hazaña musical como ícono de la movida salsera venezolana. Dicen que fue por la tragedia de Madera, porque todavía tiene mucho que contar pero no quiere hacerlo porque no le cuadró el nuevo Grupo Madera, porque se sentía sobreexpuesto, porque perdió afinación y timbre, porque es un misterio, porque está enfermo o porque se volvió loco. Sin afirmar nada y sin dar otras explicaciones, se fue de San Agustín, una de las cunas de la salsa en el oeste de Caracas. Vivió un tiempo en La Vega, ahora vive en Guarenas.    Hace poco, hizo una escala en Caracas para solicitar medicamentos y aprovechar la venida para visitar a un familiar.

Acordamos encontrarnos en la plaza Bolívar del centro de la ciudad y entablar una conversa que no alterara su planificación. Llega a tiempo. El mismísimo negro Carlos Daniel pasa inadvertido. Ya no es el recuerdo de su nombre: le falta el afro y el vigor del “cantante de la Renovación”, el ímpetu del “caballo de Madera” y las tallas de “la voz del El Trabuco Venezolano” para rellenar su guayabera. El que viene caminando es el negro bien planchado, pero cansado de ser un portento. De nueva imagen latina solo conserva la masculinidad de su raza y la timidez que siempre mostró en sus tres décadas bien cantadas. Mantiene la mirada extraviada y la firmeza con la que ahora sostiene la Biblia en vez de un micrófono, porque el nuevo cantar de Carlos Daniel Palacios es con los testigos de Jehová. El “sonero de Marín”, el barrio que le dio fama, pertenece ahora a un grupo religioso orquestado por Dios para cumplir con su voluntad en escenarios sin música.

Cortesía Trabuco Venezolano

—Ahora soy siervo ministerial. Estoy en una nueva congregación y me están asignando cosas nuevas que tengo que cumplir porque yo tengo que cumplir la voluntad de Dios —explica con la tranquilidad de quien asume que ha tomado la decisión correcta y trascendental.

No se trata de una excentricidad espontánea. Quienes lo conocen dicen que desde siempre el negro Carlos Daniel fue raro: cuando en San Agustín tronaban los timbales, él cantaba The Beatles y serenatas en inglés. Cuando sus conjuros embrujaban las caderas, no bailaba en escena. Jamás llegó tarde, nunca desafinó y tampoco se cayó a golpes. No se le vio fumando ni borracho, ni drogado. Tampoco en parrandas hasta el amanecer. Sus modales hacían creer a sus compañeros que era blanco por dentro y en los años 80 desencajó del círculo salsero cuando se convirtió en un negro budista. Parecía ser “algo decisivo”, recuerda Nicolás “Nico” Monterola, director de la orquesta La Renovación. Algo comenzaba a cambiar de rumbo y muy lejos de la rumba: en los 90, cuando Alberto Naranjo, director de El Trabuco Venezolano, llamó a su negro mítico para el concierto en Plaza Venezuela, el negro no quiso cantar porque estaba encontrando el camino irreversible.

El predicador está faltando a su disciplina religiosa para atenderme. Este será nuestro único encuentro. Acepta un café, pero no mis alabanzas. No se cree figura de culto:

—Simplemente hacía mi trabajo musical lo más impecable posible, cantaba lo mejor que podía.

Cortesía Trabuco Venezolano

Justo ahora ni canta ni habla. Carlos Daniel sigue siendo el negro callado de siempre. Bebe un sorbo y comienza a sonreír con calidez. Quizás le vuelven esos recuerdos incesantes del Canto a Madera o Yo soy la rumba. Piensa, tal vez, en el mayo del 81 cuando fue la voz venezolana que unió a Latinoamérica en un concierto para la memoria musical del mundo: Irakere-Trabuco en el Poliedro de Caracas con un Irakere, la orquesta de culto de jazz cubano, superior a los discos y un Carlos Daniel que hizo delirar. Pero ahora el negro no está para esos alborotos.

—Soy religioso y creo en lo que te promete Jehová, el Dios Todopoderoso, que es la vida eterna.

Una promesa que Dios comenzó a cumplirle a Carlos Daniel el 15 de agosto de 1980 cuando “Esther”, la nave fluvial propiedad del Comité de Damas del Ministerio de la Defensa cedida a la Fundación del Niño, comenzó a hundirse en los raudales del Orinoco. Los dos pisos de madera de parature, el motor Mercedes Benz y catorce de los dieciocho integrantes del Grupo Folklórico y Experimental Madera, comenzaban a ahogarse quince minutos después de haber zarpado desde Zamariapo con rumbo a San Fernando de Atabapo, en el Amazonas venezolano. Con puerto en popa e Isla Venados en proa, el Plan Nacional de Animación Cultural del Consejo Nacional de la Cultura (Conac) dirigido por Levy Rossel, de hacer una gira fluvial y musical a pueblos indígenas, se convertía en la pesadilla nacional.

Cortesía Trabuco Venezolano

—Estaba en blanco y viendo las cosas que sucedían. Cuando tú estás en una situación como esa, cada quien está viendo cómo hace para salir de ahí.

Dicen que hubo quien nadó hasta llegar a una ribera, quien no sabía hacia dónde, quien rogó uno de los cinco retazos salvavidas, quien se hundió y emergió, quien logró mantenerse a flote y ayudó a otro para que también lo lograra. También quien cerró los ojos para no ver el horror y quien vio el abrazo de Nilda, Tibisay y Alejandrina —las hermanas Ramos del grupo Madera—, antes de ser abrazadas para siempre por la fiereza del río. Nelly no fue al viaje, la hermana que las esperaba en Marín, para seguir siendo las cuatro voces femeninas de Madera. Todos pidieron un milagro y a Carlos Daniel, quien se encomendó a lo que quedaba a flote de “Esther”, le ocurrió: un bongo de los maquiritares socorría lanzando garrafas de gasolina vacías. Por única vez, el contrabando salvó la cultura que se llevaba el río. Carlos Daniel nadó hasta una de las garrafas y manteniéndose a flote, se empujó como le dio el instinto hasta que los indios lo subieron al bongo. Así se convirtió en uno de los tres sobrevivientes de la Tragedia de Madera, pero su vida iniciaba el naufragio:

—No sentí ningún llamado, pero ahora que soy testigo de Jehová creo que realmente fue la mano de Dios que me salvó. Él fue quien me sostuvo. En ese momento no lo pensé así.

Dos años de tratamientos psicológicos y psiquiátricos fueron los que, según Carlos Daniel, le permitieron sobrellevar el peso de sus traumas, malestares en el cuerpo y sensaciones extrañas. Tuvo sueños constantes con el fundador de la orquesta Ricardo Quintero y la dificultad para diferenciar lo onírico de la realidad, imágenes en las que Quintero ya no estaba en Marín, sino sumergido en el Orinoco. Fue la insistencia de sus amigos y no tanto los tratamientos lo que logró que ese gañote entonara el Canto a Madera en vez de hundirse así no más. No podía ser de otra manera. La potencia y técnica vocal del “sonero de Marín” dominaba graves, agudos, dicción, pólipos en las cuerdas vocales y hasta sentimientos revueltos.

Cortesía del Archivo Audiovisual de la Nación

Cuenta Nico Monterola que a partir de ese momento, Carlos Daniel fue otro: “Se dedicó a la bebida. Lo cazaban a media noche llorando en una cuadra de San Agustín. Pocos sabemos eso”. El negro parecía uno más del barrio y así estuvo quién sabe si meses o años hasta que le confesó que ya no quería aportar a la música. Lo que el negro Carlos Daniel no sabía era que él ya era la música y creer lo contrario era nadar contra la corriente. Así que por esa época, Alberto Naranjo tomó con más fuerza el timón de El Trabuco y marcó una ruta al Carlos Daniel a la deriva. Aquello fue un salvavidas que el negro debía remar hasta algún puerto y llegó: grabó el tercer disco de El Trabuco y viajó a la gira en Cuba. En tierra firme creyeron entonces que la canción Tres días resucitó a Carlos Daniel Palacios con todo su esplendor. Así fue, aunque no por mucho tiempo.

Siempre recto y estelar, el negro Carlos Daniel se convirtió en el motorizado de confianza de una empresa de diseño gráfico hasta que también se dejó de eso y consagró su vida a la religión. Ahora, el siervo ministerial me lee el libro de Josué 1:8. Actúa sabiamente como indica el profeta y me invita a usar mi sabiduría con la lectura permanente de las Sagradas Escrituras. Seguro, enfático y sin timidez alguna, aclara:

—La Biblia se explica por sí misma, no se contradice. Hay que buscar la Palabra, reflexionar en ella para ver qué te enseña de Jehová y cómo puedes tú aplicarla.

Continúa su lectura con esa gracia que le fue concedida. Dice su verdad, está en la verdad y se anima a explicarla mientras un reguetón invoca el pecado. No engaña ni defrauda. Su mayor destreza siempre ha sido su voz y sus matices vocales. Bebe otro trago de café para aclarar cuerdas, mantenerse cuerdo y ofrecer sus interpretaciones como el arreglo de una letra a la que le añade lo suyo. Repite el versículo a manera de estribillo e improvisa una vez más para convencerse de que merece la vida eterna. Es un predicador virtuoso: tiene drama de bolero, arrojo de salsa y encanto tropical. Se vuelve profético, impreciso, indiscutible y se va perdiendo en su frenesí hasta perder el sentido rítmico como jamás. 

Posee el poder para espantar elogios y nostalgias, y se exorciza del guaguancó. De esta descarga no tengo la clave. Carlos Daniel desentona su propia coherencia y sigue encantando. 

Tras el último sorbo de la taza, el negro Carlos Daniel Palacios se pone de pie y se despide sin estridencias ni ovaciones. Agradece y me abraza sereno con el son de una bendición. Camina para continuar su vida en aguas mansas dando sentido a todo lo vivido:

—Siempre dije que hay algo más.

Parece que Dios se lo ha develado, aunque algunos de sus designios siguen siendo un misterio.

Cortesía Trabuco Venezolano

Este trabajo fue producto de la primera cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de octubre a diciembre de 2018.

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