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Foto Stephanie Vita Marcelot

Todos los días va con uno, dos o tres hula hula a un murito pequeño redondo en la avenida Urdaneta, en el centro de Caracas. Lo ha hecho por 20 años y se ha convertido en un ícono de la ciudad, pero cuando no está ahí a José Bestilleiro lo arropa la soledad de una casa literalmente vacía

El semáforo cambia a verde y José Bestilleiro camina hacia un muro en la avenida Urdaneta donde acomoda un cartón y se sienta. Pocos lo ven y contados lo saludan. Pareciera que luego de 20 años se hubiese vuelto tan habitual que pasa desapercibido, aunque cuando no está todos se extrañan. Él, y sus hula hula, son un ícono de la ciudad. Un tapaboca esconde su corte de medio bigote y media barba. Su pelo blanco lo cubre una gorra negra, viste una camisa amarilla y un pantalón gris, ambos más grandes que su contextura. Con sus desgastados zapatos deportivos se levanta del pequeño círculo de cemento tan pronto la luz roja se ilumina. Suelta frente a los carros los dos hula hula que tiene en sus manos. Los agarra. Los lanza al cielo. Juega.

Foto Stephanie Vita Marcelot

Quien lo ve por primera vez se puede asombrar por la agilidad con que se mueve a pesar de su tercera edad. Aunque también hay quienes lo critican y le cuestionan si lo que hace lo convierte en alguien relevante. Esas ideas surgen en el asfalto, pero José ignora las malas y agradece las buenas, siempre que logren entrar a sus oídos, porque nació con dificultades auditivas.

Él, y sus hula hula, son un ícono de la ciudad

A pocas cuadras de esa avenida a la que cada día va con uno, dos o tres hula hula, vive José Bestilleiro. En un apartamento de baldosas de patio y paredes beige, con una sala vacía que arropa a quien ingresa. Sin muebles, mesas ni cuadros. Son pocas las cosas que hay y todas están ordenadas en el piso. Los potes con comida que los transeúntes en ocasiones le regalan están apilados al lado de una decena de cubiertos de plástico. Estrictamente separados, mientras que los más de 30 aros coloridos, algunos dañados y otros perfectos, están apoyados en las cuatro paredes. A la izquierda está la cocina. No tiene gabinetes, nevera, microondas ni hornillas. No hay platos. No hay vasos. No hay alimentos. El espacio para la lavadora y la secadora está hueco y el jabón con el que lava su ropa está en el piso de la sala.

Foto cortesía Liseth González/HispanoPost

Al fondo del apartamento está el cuarto. Tiene una colchoneta además de una puerta del closet forrada de recortes de cada foto y entrevista que le han hecho los medios impresos. Sus ojos se iluminan al señalarlas. Explica cuándo se las tomaron y lentamente se inclina hacia adelante para asegurarse de que lo escuchen y poder oír los comentarios.

Sin muebles, mesas ni cuadros. Son pocas las cosas que hay y todas están ordenadas en el piso

Ante los problemas auditivos no solo se acerca a quien le habla sino que fija los ojos como un ancla para entender lo que le dice la otra persona. Cuando conversa lo hace de una manera apresurada que delata que proviene de una zona costera, además, de tener acento español. Al dialogar mueve las manos y de la nada suelta una carcajada particular y amable, como la risa de un niño. José nació en Puerto de la Cruz, Tenerife, España, y llegó a Venezuela al huir de la dictadura del general Francisco Franco.

Foto Stephanie Vita Marcelot

Este es mi verdadero país porque llevo más de 40 años aquí dice.
Durante décadas fue cabillero, albañil, vigilante y bombero de estación de gasolina. Al retirarse y a la par de la muerte de su esposa, encontró en la calle un hula hula y empezó a jugar con él por primera vez. Desde entonces no lo soltó.

Ante los problemas auditivos no solo se acerca a quien le habla sino que fija los ojos como un ancla para entender lo que le dice la otra persona

Pasó de la plaza de la Candelaria al “murito pequeño redondo”, como se refiere a su espacio más frecuentado y aunque le da orgullo hacer lo que hace dice que a su hija y nietos “no les gusta que esté ahí porque para ellos es cosa de pobres”. Cada día, desde ese murito José ve la luz del semáforo cambiar de verde a rojo y con ese color llamarlo a él y a sus coloridos hula hula.

Foto cortesía Liseth González/HispanoPost

Este trabajo fue producto de la primera cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en su versión online, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de octubre de 2020 a febrero de 2021.

Sobre el diplomado
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