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El déficit de enfermeras en los hospitales de Venezuela obliga a los familiares de los pacientes a apoyar, sin conocimientos o instrumentos adecuados, a los médicos en las salas de trauma shock. Así lo vivió la cronista Jessymar Añez cuando tuvo que atender a su hermano en un centro hospitalario en Maturín, al oriente del país, después de que sufriera un accidente en marzo de 2020. En este relato narra cómo aprendió, en segundos, a suturar una herida para asistir al médico en la cirugía.

Una crónica producto de nuestro #DiplomadoHQL

Ilustraciones Betania Díaz

Seis camillas a la izquierda y seis más a la derecha. Todas ocupadas. Otra más está casi a la mitad del pasillo y en ella una adolescente es asistida por la única enfermera de turno. Dos bomberos la rodean, uno de ellos alza con su mano una solución que le pasa por una vena de su mano izquierda. Está inconsciente. Insisten en llamarla… “Princesa, princesa, ¿me escuchas?”, dice uno de los funcionarios. La jovencita no porta identificación.

Tiene fiebre y cuando reacciona, dice que no ha comido nada. Sus labios están pálidos al igual que ella. Se ve delgada, desnutrida. Su ropa está sucia y en el cabello se le nota que no se ha bañado en mucho tiempo. Tose. No tiene tapaboca.

Las personas que cuidan a otros enfermos la ven con recelo y se protegen las mascarillas con las mismas manos con las que espantan las moscas que revolotean sobre sus parientes y que ya se adueñaron de la emergencia del Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar de Maturín, estado Monagas, al oriente de Venezuela.

Una mujer asea a su familiar con el agua de un balde que trajo desde afuera porque en los baños de la sala de emergencia no hay. Otra joven arropa a un hombre que traen del quirófano donde le extrajeron una bala.

Tiene pronóstico reservado y requiere con urgencia un cupo en terapia intensiva, alcancé a escuchar.

Desde hace por lo menos cuatro años en el hospital de Maturín solo funcionan dos camas en terapia intensiva y la tercera que está libre es para que el paciente la costee.

La luz es poca y hay calor. Hay dos pacientes más sentados en una silla esperando ser atendidos. Los acompañantes entran y salen, algunos con envases de orina para botarlos en un tambor afuera.

En medio de ese caos, de pie, pegado a la pared con las manos cruzadas sobre su pecho y pálido, está mi hermano.

Ibrahim, moreno, robusto, de barba y de 1,68 metros de altura, veía todo a su alrededor como si fuera una película. Sintió miedo cuando escuchó que la adolescente que está a diez pasos de él sería tratada como paciente sospechosa de covid-19 por los síntomas que tiene.

27 de marzo de 2020

Las notas de una guitarra suenan a lo lejos. La habitación está oscura. El sonido se intensifica a medida que pasan los segundos. Es el despertador de mi celular y quiero aplazarlo por 10 minutos. Es el día 10 del decreto de cuarentena que dictó Nicolás Maduro por la pandemia del coronavirus, y siento que he trabajado más que en mis 14 años de ejercicio periodístico. En estos días soy más rigurosa con la información. Coordino y corrijo las noticias sobre el virus que produce un equipo de 10 periodistas. No hay hora para terminar de trabajar.

Es viernes 27 de marzo y quiero dormir un poco más. Estoy cansada. Son las 7:15 de la mañana y detengo el despertador. Me levanto de la cama en contra de mi voluntad. Preparo el desayuno, meto ropa en mi morral, la suficiente para pasar el fin de semana con mi familia. Son las 9:00 de la mañana y el celular no para de repicar. Ya volverán a llamar, pienso.

Me visto y ante la insistencia, decido ver quién llama. Es mi madre. Algo pasa, pienso con algo de preocupación. Al escuchar su voz, esta vez, me asusto. Mi estómago se enfría cuando dice que debe decirme algo.

—Ibrahim —alcanza a decir porque la interrumpí.

—No me digas que lo atropellaron —solté de una vez esperando recibir la peor noticia porque, por alguna razón, siempre he pensado que la agitada forma de caminar de mi hermano le traería un problema.

—No, no lo atropellaron. Pero sí le pasó algo. Está en el hospital porque tuvo otro tipo de accidente.

—¿Qué le pasó? —volví a interrumpir, pero esta vez con ganas de llorar.

—Estaba caminando en el mercado, se tropezó con una mujer y se cayó. Se clavó una cabilla en la entrepierna. Te voy a pasar un número para que te comuniques con el muchacho que lo acompaña, porque el celular de tu hermano se quedó sin batería. Yo no puedo entrar al hospital por la restricción, anda tú o Esteban (mi otro hermano).

Realidad hospitalaria

—¿Qué más, flaca? Estabas perdida. Pasa. Sólo hay un ingreso. Un chamo que tiene una herida allá abajo —dice Josué* a viva voz, riéndose en tono de burla y señalando sus partes íntimas.

—Sabrá Dios con quién andaba metido —agrega en tono irónico.

Josué es un trabajador hospitalario que, durante dos años, tres veces a la semana, me ha abierto las puertas de la emergencia del Hospital Manuel Núñez Tovar. 

—¿Qué más mi pana? Voy a pasar a trauma shock, mi hermano está aquí porque tuvo un accidente.

La expresión de Josué cambia. Aprieta los labios y tras unos segundos dice:

—Mi pana, pero aquí no han traído heridos de accidentes de tránsito. ¿No estará en otro lado?.

—No, él está aquí en la emergencia. Ya me llamaron. Es el chamo ese que tiene la herida allá abajo, tú sabes…

Josué, de piel morena y ojos miel, se puso blanco, como el papel. Me permite el paso sin hacer más preguntas.

Las dos puertas de trauma shock están abiertas y paso con confianza. Al verme, la expresión de Ibrahim cambia, pero no su palidez. Tiene una hora y media esperando por atención médica. En Maturín, centenares de familias han denunciado que suelen esperar hasta dos horas por un médico.

Tan pronto los doctores dejan de atender a la adolescente con sospecha de coronavirus me acerco a ellos. Son residentes del postgrado de cirugía. Responden con gentileza a mis buenos días, incluso, me regresan una sonrisa.

—Disculpe, doctor, mi hermano tiene una herida en la entrepierna, se la hizo con una cabilla. ¿Podría atenderlo?

—Claro, pero tienes que traer guantes y gasas porque aquí no tenemos, ¿ya le pusieron la antitetánica? Tienes que pedirla en enfermería, ojalá encuentres a alguien y que te la quieran entregar a ti directamente y no al paciente.

Sin ninguna orden médica escrita, salgo y camino, por primera vez, sin saber a dónde ir. En el pasillo, Josué me orienta, incluso, se ofrece a buscarme lo que necesito sin salir a comprarlo a la farmacia. Es el segundo que lo hace en menos de media hora. En el hospital, desde 2016, los familiares de los pacientes denuncian la reventa de material médico y de medicinas en los pasillos.

A Katherine* la conocí hace cinco años en el área de Oncología. Es enfermera y se sorprende al verme. Al conocer los motivos de mi visita en la emergencia, me entrega la dosis en la inyectadora. Al regresar a trauma shock la enfermera de turno se la coloca a Ibrahim y así, sin previo aviso, se marcha. No la vimos más.

Una doctora amiga me regala un par de guantes y por fin se los entrego al doctor. Es momento de la primera revisión. Allí, de pie y en medio de una veintena de personas, Ibrahim se baja los pantalones. Me paro frente a él y le doy la espalda para intentar protegerlo de las miradas. Pero es imposible porque el flash del celular del médico las atrae. Toma una foto.

Rodeados de coronavirus

El 21 de marzo de 2020 fue confirmado el primer caso de coronavirus en Monagas. Lo hizo la gobernadora Yelitze Santaella, quien afirmó que se trató de un hombre que regresó del estado Miranda, a unos 430 kilómetros de Maturín. Pero fuentes internas en el hospital nos habían advertido días atrás que por lo menos diez personas estaban internadas en el centro asistencial con síntomas del virus.

Durante cinco horas, Ibrahim y yo enfrentamos eso de lo que a diario se quejan los familiares de los pacientes: escasez de suministros médicos, tratamiento, médicos y enfermeras.

Trabajadores del lugar aseguran que la crisis hospitalaria se acentuó en el Núñez Tovar desde 2016. Al menos 120 médicos son necesarios en el hospital de Maturín para cubrir las guardias y la asistencia en piso.

Pero en el hospital también faltan 100 enfermeras para cubrir el déficit en las áreas más críticas como sala de partos, pediatría y puerperio. En enero de este año 2021, el Colegio de Enfermeras de Monagas aseguró que el sueldo de 2.600.000 bolívares mensuales (equivalente a 1,13 dólares mensuales calculados a una tasa no oficial de 2.300.000 bolívares por dólar) obliga a sus agremiadas a retirarse, a emigrar o a dedicarse a la economía informal.

En octubre de 2020, Amnistía Internacional sostuvo en su informe que las condiciones laborales de las enfermeras son inhumanas. No tienen guantes, gorros, mascarillas con filtros y, por si fuera poco, agua para asearse. La Encuesta Nacional de Hospitales 2019 refiere que 78% de los hospitales en Venezuela tienen fallas en ese servicio. Hace un año, el salario de las enfermeras era de 4 dólares que se redujeron a la mitad en diciembre de 2020 debido a la creciente inflación en el país.

Pero, además, la organización indica que las condiciones laborales las hace más susceptibles a la pandemia. En noviembre de 2020, 48 enfermeras murieron por la covid-19 en el país. En Monagas, en enero de 2021, Bexys Guevara falleció en una clínica de Maturín por complicaciones asociadas al virus; otras dos lograron superarlo. Tenía 15 años de experiencia y era la coordinadora de la Unidad de Cuidados Coronarios y Cardiovascular del doctor Miguel Hernández.

La enfermera

Ha pasado una hora desde la primera revisión. Son las 12:00 del mediodía y aún estamos de pie, pegados a la pared, esperando que los residentes regresen. Intento consolar su llanto y acaricio su brazo derecho con mis manos. Antes, el doctor le dijo que podría entrar a cirugía.

Es una hora más tarde, se desocupa una camilla y los doctores regresan. Ya tenemos los guantes, las gasas, la sutura y el agua oxigenada. Mi otro hermano las compró en la farmacia más cercana. Una doctora le pide a Ibrahim que se acueste en la camilla para examinarlo mejor. Su compañero enciende la linterna de su celular para iluminar la herida.

—Como la enfermera no está, te toca asistirnos. Es lo que hace la gente aquí cuando nos falta personal y las heridas no son tan graves —me dice el doctor.

—¿Ves aquel frasco de metal que está justo frente a ti? Ve y búscalo. Tómalo por los lados —me ordena la otra doctora.

Así lo hago y regreso. Agarra un pedazo de algodón y comienza a limpiar.

—Pásame más —vuelve a ordenar esta vez porque sus manos están ocupadas limpiando la herida de mi hermano y el otro doctor la ayuda e ilumina el área. 

—Pásame más. Agarra más, sin miedo.

—Destapa aquí y echa. Echa sin miedo. ¿Qué pasa, chama, estás nerviosa?… —dice con autoridad el médico mientras dejo caer un chorro de agua oxigenada en el algodón.

—No. Es sólo que en los cursos de primeros auxilios no ves heridas así —respondo.

—Sostén aquí (celular), ilumina —me ordena mientras su compañera le toma una foto a la lesión.

Minutos más tarde el especialista responde que no es de cirugía y que puede suturar, pero no con puntadas continuas sino separadas.

—Agárrale fuerte las piernas para que no se mueva.

—¿Ustedes son familiares de la doctora Adrián? Ella está preguntando por él y le dijimos que ya estamos atendiéndolos. Vamos a buscar otras cosas para suturar, ya venimos —menciona la doctora con más amabilidad.

Cinco minutos después regresaron con sutura, jeringas y anestesia local.

—Vamos a suturar, pero debimos hacer un ecosonograma de tejidos blandos. Tan pronto salgan de aquí van y se lo hacen, porque aquí no hay. La inyección te va a doler, respira profundo, aguanta —pide la doctora. Chamo trata de no moverte.

—Hermana, aguántale duro las piernas porque si las mueve le podemos hacer más daño. Fíjate lo que estamos haciendo: atraviesa la sutura por la piel como cuando una costurera pasa la aguja por una tela dura. El hilo pasa y vuelve a atravesar la piel del otro extremo para unirla.

Así lo hace cinco veces más y, en cada oportunidad, Ibrahim llora. La anestesia local no le hizo efecto. Pedirle que respire profundo no le ayuda mucho. Finalizado el procedimiento, regresan las últimas órdenes:

—Destapa un paquete de gasas por los lados sin que tus dedos toquen la abertura y acércamela.

Limpia una vez más la herida y coloca tres gasas sobre ella para protegerla mientras llega a casa. Me entrega dos récipes, uno con los medicamentos y el otro con la orden para las imágenes. Ibrahim se levanta con ayuda del médico y tan pronto la camilla queda libre es ocupada por una anciana inconsciente que llega en brazos de un joven a quien quizá le toque la labor que acabo de cumplir.

*La verdadera identidad de Josué y de Katherine está protegida para evitar represalias laborales en su contra.

Este trabajo fue producto de la primera edición en línea del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten realizado en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, de octubre de 2020 a febrero de 2021.

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