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Foto Audiovisuales Niko

—Me siento mal –deja salir una risa irónica–. Mal, mal, mal. Mal porque la situación económica de Güiria está malísima.

Nitcelis habla con seguridad. Su tono de voz es grueso y sus frases son tajantes. Sus ojos café reflejan inocencia, nostalgia y un tanto de desánimo.

—Es que el mismo pueblo como que deprime. Deprime por la misma situación de aquí, que es incluso más extrema que la situación que se está viviendo en el resto del país.

Poco a poco, el desdén se filtra a través de cada frase. Nitcelis está en lo correcto, Güiria luce como uno de los lugares más golpeados por la emergencia humanitaria compleja, con hospitales sin medicamentos, un mercado que huele mal y personas que parecen tener la misma expresión: hombros caídos, ceño fruncido, miradas desesperadas. Además, el 19,4% de los hogares están establecidos en viviendas inadecuadas.

Nitcelis permanece en su habitación. Sale muy poco. Tiene aire acondicionado y es un espacio tranquilo. Pero lo que más agradece es no tener que ver las caras de sus paisanos.

—No me gusta salir y ver a la gente así. Andan como zombis buscando qué comer o algo que hacer –dice.
Ella es ingeniera en sistemas. Se graduó hace un par de años. Tiene 29. Cuando puede, hace trabajos de programación desde una computadora Canaima que alguien le prestó –de esas que el Estado entregó en algunos colegios–. Descarga y crea todo lo que necesita. Dice que ese equipo no tiene la capacidad para ese trabajo, pero de a poco lo saca adelante. Su computadora se dañó y no tiene recursos para comprar otra.

Ella es alta y de piel oscura, luce robusta y tiene una sonrisa dulce pero una mirada penetrante. No puede trabajar con regularidad porque en este pueblo sucrense que es capital del municipio Valdez, sólo el 4,3% de los hogares cuentan con acceso a Internet.

Por eso, ella quiere huir pero no puede. La carretera es la única ruta de salida del pueblo, pero los pasajes son impagables y cruzarlas es peligroso. Aun así Nitcelis se arriesgaría si tuviera dinero suficiente. Siente que se le está yendo la vida en este lugar, que lejos de ser su hogar es como su prisión. Nada de lo que ve en Güiria le gusta.

—Aquí no hay fuente de trabajo de ningún tipo. La gente está sobreviviendo como puede: haciendo ventas en su casa o en el mercado. No hay ninguna fuente de distracción o de entretenimiento para decir que saldrás un rato a despejar la mente. No. Aquí eso no se puede porque no hay nada.

Un lugar sin futuro es como Nitcelis describe al pueblo donde nació. La escasez inunda cada rincón de Güiria. No hay parques, cines ni centros comerciales. No hay restaurantes y sólo existe una cafetería.

Existen productos que no llegan con regularidad a este pueblo, como el brócoli. Frutas como la manzana que algunos niños güireños nunca han podido probar, porque no las venden o son costosas. El estadio se cae a pedazos. Ir a la playa es peligroso, intentar llegar a alguno de los ríos también. Lo único que parece sobrar en Güiria son bares y personas que se han ido o desean hacerlo. Algunos se han arriesgado a salir desde la clandestinidad hasta Trinidad y Tobago, que queda a unas tres horas del pueblo. Allá empiezan a trabajar. Otros son apresados y deportados. Y hasta ahora, 103 personas han perdido la vida en el intento.

—En Güiria no me siento bien. No me siento bien. Estoy desesperada por irme.

Ella vive en casa de su mamá. En este pueblo están sus raíces y toda su familia. Pero se ha aislado de todo porque lo que ve la hace sentir peor con ella misma. La culpa la abruma por momentos. No quiere sentirse visitante en su pueblo. No le gusta estar así.

La socióloga Claudia Vargas explica brevemente de dónde viene esa sensación:

—Es un proceso bastante particular de cada persona, y de las personas que comparten ese insilio dentro de las comunidades donde están. Cada comunidad lo va sobrellevando de una manera diferente. Entonces, algunos terminarán, en el caso más extremo, por aislarse, otros buscarán nuevas formas de relacionamiento, otros acabarán yéndose también porque se sienten ajenos en esa propia comunidad.

—Por estar aquí perdí los contactos que tenía. Entonces, ya no he podido conseguir trabajos a distancia de forma regular. Aunque igual aquí, con el rollo del internet, no podría hacerlos. Prácticamente me he ido aislando. Se me han cerrado poco a poco todas las puertas que tenía abiertas antes de quedarme encerrada aquí –lamenta la joven güireña.

Vivía en Maturín, estado Monagas, mientras estudiaba en la universidad. Volvió a Güiria para ver a su madre y quedó atrapada, por la pandemia y porque no cuenta con los recursos para salir.

—Esto es deprimente. Deprimente y preocupante. Porque es que siento que si paso más tiempo aquí se me van a ir cerrando más y más oportunidades. Y eso es lo que no quiero.

Esas son emociones predecibles, según el psicólogo Jhonny Moreno.

—Si estas personas no tienen una posibilidad de salir, van siendo consumidos por la tristeza, la angustia, la ansiedad, la depresión. Hasta que finalmente van encontrando un camino más y más negativo.

***

A esta ingeniera le gusta sentirse útil. Por eso desde que se levanta toma su computadora y busca algo nuevo para hacer. Cuando puede, se inscribe en cursos online para no perder el ritmo. Se queda despierta toda la madrugada, que es cuando la señal mejora. Eso lo hace desde su cuarto, su espacio seguro. Libre de insilio a veces, de esa sensación de desarraigo.

—Siempre hay algo que sostiene a las personas antes de llegar a ese punto crítico de negatividad. A pesar de la situación tan difícil siempre encuentran como que un pequeño punto que los sostiene -aclara Moreno.
Para Nachi, como algunos le dicen, ese punto es su cuarto.

Son las doce del mediodía y ella acaba de levantarse. El baño queda dentro del cuarto así que no tiene que salir. Duerme en una cama grande con su mamá. Ella incluso se limita a salir a la sala de la casa. Se lava la cara y desayuna en la cama. Luego toma la computadora que le prestaron y comienza a teclear.

Es casi imposible ver a Nitcelis en las calles de Güiria. Y el lugar que le causa mayor desagrado es el mercado.

—Es que todo lo que uno quiere buscar está es ahí. Todo está concentrado ahí. Es el centro económico del pueblo. Es feo, siempre huele mal –se queja.

Cuando sale parece que no encaja, que no pertenece. Esquiva a todos y son contadas las personas a las que saluda. Su ceño fruncido, que es natural en ella, luce más pronunciado cuando tiene que ir al centro, porque siempre que sale regresa a casa sintiéndose peor.

—Es difícil, estar aquí es difícil. Me ha afectado mucho. He procurado aprovechar el tiempo para estar con mi familia y así tratar de no enfocarme tanto en los pensamientos negativos.

La Güiria que ella recuerda de cuando estudiaba en uno de los cuatro liceos del pueblo ha cambiado. La alegría que se sentía en las calles se ha fracturado. Muchos están inmersos en su necesidad de comer. Pocos son los que aún le ofrecen un bocado a su vecino. Y esas tardes de tomar café sentados en la acera de alguna casa también se las llevó la inflación, que en octubre de 2021 se ubicó en 1.258% según el Observatorio Venezolano de Finanzas.

—Y, ¿sabes qué? Donde más se ha deteriorado Güiria es a nivel social. En otros tiempos la gente en la calle actuaba diferente: eran más alegres, mucho más sociables, te trataban mejor. Ahora hay una mezcla entre tristes, resignados, muchos preocupados. De hecho, hubo un tiempo en que la gente andaba como por andar. Y en la calle solo se hablaba de problemas.

Se sienta en la cama, coloca la cobija en su regazo. Se peina un poco y se ata su moño característico. Conversa con su mamá o hace gestos a su pequeño primo que de momentos se cuela a la habitación. Así son los días de esta ingeniera.

Alguien toca la puerta y la interrumpe. Quieren que les venda un cigarrillo. Ella se levanta, toma uno de la mesa que está al lado de la cama y lo entrega. Los vende detallados. Es su forma de obtener ingresos extra.

Para Nitcelis y el resto de las personas que habitan este pueblo costero los problemas siguen. Las fuentes de empleo son escasas. La agricultura se ha vuelto una labor peligrosa por las bandas delictivas que azotan las montañas del pueblo. La pesca ha decrecido por la escasez de gasolina que afecta a todo el país.

—Siento miedo también, a veces, cuando pienso que tal vez me tenga que quedar aquí o que no podré mejorar mi calidad de vida. Porque es que aquí me siento muy atrapada.

Por ahora esas emociones se han calmado. Nitcelis logró reunir el dinero para salir del pueblo. Cuenta los días para poder hacerlo. Además de a su mamá, su hermano y sus sobrinos, no va a extrañar nada de Güiria.

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