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Eglis Marcano

Fe en la tierra

Es viernes en la noche y la iglesia del pueblo está llena de gente. Sus puertas se abrieron para una misa que las mujeres de la hacienda organizaron en memoria a los cinco años de fallecida de Justina, la mujer que las reunió para que trabajaran nuevamente con cacao en la Hacienda Campesina Cata.

Tres de sus amigas están sentadas adentro entre hijos, nietos y vecinos. La cuarta, Keyla, no entró. Está recostada en el marco de la puerta lateral escuchando al padre, pero cumpliendo su juramento de que nunca más pondría un pie dentro de la iglesia.

Su verdadero nombre es Eglis Marcano, pero todos la conocen como Keyla. Nació hace 44 años en Cata y siempre ha vivido allí. Para ella, la faena de la tierra más que trabajo es un escape de la cotidianidad. Estar en la hacienda le da paz y cosechar cacao es lo que más le gusta, porque con él se prepara chocolate y la gente es feliz comiéndolo. Desde niña prefería estar con sus tías y abuelos en los conucos de la familia.

—Yo escondía el uniforme para no ir al colegio —cuenta en voz baja y entre risas nerviosas mientras ve de reojo a los nietos que están con ella—. Metía un zapato o la falda por algún rincón del cuarto, así no me mandaban y yo iba al conuco con mi abuela.

Para llegar a su hogar hay que cruzar por un callejón del pueblo y subir una colina empinada. Desde abajo, se ve como una casa de pesebre de Navidad que alguien decidió poner ahí. No hay un camino marcado, solo piedras por las que casi hay que escalar, tierra, árboles y monte. Frente a la entrada hay una cochina atada a una mata de cacao, dos morrocoyes y más rocas.

Por fuera, las paredes son grises, de cemento rústico, pero por dentro están llenas de color con su pintura verde, sus fotografías y sus adornos. La casa brilla por lo limpia. Parece un museo de cuadros y recuerdos de quince años y bautizos, todo está en perfecto orden y sin un solo grano de polvo.

—Mi abuela limpia todos los días, todo el día —cuenta entre risas la nieta que vive con ella—. Barre y pasa coleto cada vez que alguien entra y sale para que no se le ensucie el piso. Y el cuarto de mi tío lo cierra y lo tiene tal cual como hace 10 años.

No hay figuras de santos. Ni José Gregorio Hernández, ni ninguna Virgen, ni tampoco rosarios como en la mayoría de las casas de Cata.

—Hace años ella dejó de creer y los sacó a todos —dice Maira Malavé, su comadre y amiga de la hacienda—. Eso fue por la muerte de su hijo Alex, cuando tenía 12 años. Ella no se lo perdona a Dios.

       Keyla habla poco. Es grande como una pared, sus brazos son gruesos, pocas veces sonríe y no sostiene la mirada por más de dos pestañeos. En medio de los adornos de cerámica, los recuerditos y las fotografías, se sienta. La luz de afuera le da en el rostro y hace que brille como lo hacen sus pisos.

Lo que más le gusta de Cata es la tranquilidad con la que vive, por eso decidió nunca salir y criar allí a sus dos hijas y a su hijo. Hace silencio. Está inquieta. Mira hacia la pared en donde cuelga una fotografía de los tres niños vestidos de primera comunión y la nariz se le pone roja. El temblor de sus brazos y piernas se detiene, por su mejilla corre una lágrima. La pared se desmorona tan solo con el recuerdo.

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