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Desarrollo gráfico por Carolina Quevedo

Las vivencias de un médico durante sus guardias en la emergencia de un hospital de Venezuela revelan la crítica situación de un sistema de salud agonizante. Un relato en primera persona que nos muestra la intimidad de momentos de máximo estrés en los que está en juego la vida. Historias mínimas y dramáticas que nos conectan con las dificultades de quienes las sufren, pero también con la solidaridad y el amor que emergen en momentos extremos

—¡Doctor, doctor, una emergencia! —grita la enfermera. 

El reloj en mi muñeca marca las 8:10 de la mañana. Llega a la sala de emergencias de adultos del hospital un chico de unos 25 años, con una mujer en brazos, desmayada, mirada perdida y tan blanca como mi bata. Lo más llamativo son sus ojeras muy acentuadas.

—Colócale una solución —le pido a la enfermera mientras le pongo oxígeno a través de una manguera nasal. 

El área está abarrotada de gente entre médicos, enfermeras, camilleros, pacientes y familiares. No se distingue el color real del piso. Luce lleno de huecos, al igual que las paredes por las múltiples tonalidades de todas las secreciones acumuladas. Hace calor y sudo a chorros. 

—¿No hay aire acondicionado? —le pregunto a la enfermera que también se ve agobiada. 

—Sí doctor, pero con tantos bajones está fallando —me responde. 

La emergencia es un hervidero. Solo han pasado cinco minutos y siento que es una eternidad. 

El joven que atiendo grita desesperado, se aferra a mi bata y clama porque su novia responda. Trato de calmarlo y tomándolo de su mano izquierda, lo saco del lugar y lo llevo a la sala de espera.

—Llama a sus familiares —le digo.

Pero él sigue llorando y muy agitado contesta:

—Sus padres están por llegar.

Le doy una palmada en su hombro izquierdo para calmarlo. Es la primera vez que eso le ocurre a la joven, por eso la angustia de su novio. 

Entro al consultorio de nuevo y la chica ya está estable, consciente de donde está, pero no de lo sucedido.

Le digo a su novio que pase para que se tranquilice. La toma de la mano y le pregunta:

—¿Estás bien?

Al verlo, el rostro de la chica toma un poco de color. Julia tiene 22 años y estudia segundo semestre de economía. Tiene cinco meses de noviazgo con Francisco, un chico moreno y delgado que trabaja como ayudante de mecánica en el taller de un tío y sueña con ser ingeniero civil.

Desde que comencé a ejercer como médico hace siete años, he visto cómo la crisis de salud en Venezuela cada vez se agudiza más. Afecta no sólo a los pacientes, también a sus familias que acuden a los centros de salud en búsqueda de una solución y se les suman otros problemas aún mayores: la búsqueda de los insumos médicos, debido a que los hospitales carecen de ellos.

Por eso le pido a Francisco que compre un tubo tapa morada para realizarle una hematologia completa a su novia. En minutos regresa con el material solicitado y tomamos la muestra sanguínea. Ahora él tiene que buscar dónde procesarla. 

—Doctor debo esperar a que lleguen sus padres, porque no tengo más dinero. 

Esta es sólo una de las tantas fallas institucionales. En años anteriores, los laboratorios de los hospitales realizaban los exámenes sanguíneos, pero en la actualidad no se procesa ni una hematologia completa.

El calor es insoportable. Comienzan a mezclarse una variedad indescriptible de olores. Es la consecuencia de tantas personas agrupadas en un espacio tan reducido como éste, tres por tres metros.

—Ubicarlos en otro lugar será difícil doctor porque el hospital está colapsado — justifica la enfermera.

***

 En el descanso César, mi colega de turno, me comenta sobre el caso de Luis, un niño de ocho meses de nacido que ha vivido cinco de ellos hospitalizado.

 —Tiene una neumonía en los dos pulmones. Y la bacteria se está comiendo sus pulmones.

 Los padres renunciaron a sus empleos para poder dedicarle tiempo. No sólo para cuidarlo, sino también para buscar los insumos que el bebé necesita, ya que el hospital no cuenta con el tratamiento ni los exámenes que requiere. 

Luis y sus padres son parte de los millones de venezolanos en riesgo, según el reporte de Naciones Unidas, publicado en noviembre de 2019, como consecuencia de la crisis sanitaria y humanitaria.

La escasez de medicamentos es cada vez más crónica. Conseguirlos es difícil y costoso, por lo que la mayoría de los pacientes no cumplen tratamiento. Les es imposible adquirirlos.

 Las enfermeras dicen que el antibiótico que está recibiendo es muy caro. Nada más una ampolla cuesta más de un sueldo mínimo, más de tres dólares, y necesita cuatro diarias.

En años anteriores, los laboratorios de los hospitales realizaban los exámenes sanguíneos, pero en la actualidad no se procesa ni una hematologia completa

Todo el que puede trata de ayudar, incluso los pacientes compañeros de habitación. Está en cuidados críticos porque no mejora. 

 A pesar de que estas áreas no están adecuadas para la atención que necesita, es una de las pocas que aún funciona: en varios hospitales regionales han cerrado las unidades de cuidados intensivos pediátricos. El caso más reciente es el del hospital de niños José Manuel de los Ríos, en Caracas, por no contar con insumos ni con personal calificado.  

 La madre del bebé comenta que jamás perdió la mirada alegre y la sonrisa encantadora. Sin duda, ese niño ha luchado para vivir, pienso. 

 —Él es muy valiente. Creo que hasta más fuerte que nosotros —me dice César mientras compartimos mi almuerzo porque él no trajo nada para comer.

 César tiene dos hijos y su situación económica es crítica. Lo poco que puede comprar lo deja en casa para que se alimenten sus pequeños. Por ser residente de postgrado, su tiempo es de dedicación exclusiva al hospital y no puede trabajar en otro lugar ni tener un ingreso económico adicional. Su sueldo base es de seis dólares mensuales.

 Los médicos y enfermeras del hospital, al igual que los demás profesionales que laboran en la red de salud pública del país, gastan más de su salario mensual sólo para ir a trabajar.

 Después del almuerzo, nos incorporamos a nuestros lugares de trabajo. Sin nuestras batas, pues el calor es sofocante

 ***

Llegan los padres de Julia y con ellos el resultado de la hematología que no era muy alentador. Las cifras reportaban que tenía 4 gramos de hemoglobina. El valor normal es entre 12 y 15 gramos.

—Tenemos que transfundirla —le comento a los familiares, al igual que las complicaciones que pueden presentarse.

Voy al banco de sangre al otro lado del hospital. Desde que salgo de la emergencia comienza la oscuridad. El piso está sucio y roto, al igual que las paredes, con olor a humedad y orine de gato. La limpieza de las áreas es imposible hacerlas por no contar con los productos necesarios. Muchas veces se hace sólo con agua, cuando hay. 

En el recorrido alumbro con la linterna de mi teléfono para poder caminar sin llevarme nada ni nadie por delante. Veo pacientes hospitalizados acostados uno al lado del otro, sin espacio de separación alguna, sin privacidad y, peor aún, sin protección a enfermedades que allí habitan.

El sistema eléctrico y la climatización no funcionan desde hace mucho tiempo. 

Al llegar a las afueras del banco de sangre hay una fila de personas en el suelo durmiendo sobre unos cartones. No son indigentes, son los familiares de los pacientes hospitalizados que allí descansan.

Se dan apoyo mutuo. Se prestan medicamentos e intercambian comida. Sobre todo en las noches, donde no se consigue nada y todo es el triple de costoso.

“¿Cómo sigue tu abuelo?”, “¿ha mejorado tú mamá?”, “¿qué le falta a tu hijo?”, se preguntan entre ellos. En esos días de hospital, se convierten en una gran familia.

 Llego con la muestra sanguínea de Julia para que determinen qué tipo de sangre tiene. Y el resultado da “O positivo”. Pero, para su mala suerte, no hay disponibilidad de ese tipo.

—Doctor se nos agotó por hoy ese tipo de sangre —dice la enfermera.

El banco de sangre tampoco se escapa de la precariedad. Las pruebas serológicas para HIV y Hepatitis C son limitadas, y sus usos son muy vigilados. 

Me dirijo a la emergencia nuevamente, para notificarles a los familiares que no contamos con el tipo de sangre que requiere Julia.

Su novio Francisco me pregunta:

—¿Podemos ir al banco de sangre nuevamente y yo lo acompaño?

Él quería cerciorarse que no tenían la sangre. Mi respuesta fue inmediata. 

—¡Claro que sí, vamos!

Caminamos en total silencio. Entre penumbras, solo puedo ver cómo Francisco se toma de las manos y ve hacia arriba, sin perder la fe de que nos den una bolsa de sangre para su novia.

Al llegar, las enfermeras le explican que no tienen reservas para su tipo de sangre, y que debe esperar hasta mañana a que lleguen los nuevos donantes. 

Él, sin dudarlo, se arremanga la camisa y muestra el dorso de sus brazos y exclama:

—¡Sáqueme toda la sangre que mi novia necesite!

—No puede ser posible —insiste la enfermera— ya que es un proceso que debe hacerse hasta mañana.

—Pero no quiero que ella muera —murmura el novio cabizbajo— ¿Qué puedo hacer?

—Le recomiendo esperar hasta mañana.Tranquilo su esposa estará bien —responde la enfermera.

—No es mi esposa, pero una vez que salgamos de todo esto lo será —revela Francisco.

Todos quedamos en silencio. Al regresar a la emergencia me encuentro a mi colega César sentado, estrujando sus ojos del cansancio. Me pregunta sobre Julia y le comento que se resolverá mañana su transfusión.

 

En el recorrido alumbro con la linterna de mi teléfono para poder caminar sin llevarme nada ni nadie por delante. Veo pacientes hospitalizados acostados uno al lado del otro, sin espacio de separación alguna, sin privacidad y, peor aún, sin protección a enfermedades que allí habitan

—Estoy triste por Luis, lo operaron y le quitaron parte de uno de sus pulmones y está muy mal —suelta de repente.

Sus padres, a pesar de no tener los recursos necesarios, recibieron ayuda de muchas personas que colaboraron para conseguir los materiales médicos e insumos que requería. Ellos siempre les dan las gracias al personal médico, enfermeras y a todos los que han ayudado. 

Con una palmada en su hombro le digo:

—Anda a descansar, ten fe, Luis es fuerte. 

***

Al día siguiente, Julia finalmente recibió su transfusión y comenzó a mejorar después de una larga y oscura noche. Le dieron de alta, pero debe volver para llevar un seguimiento. Está fuera de peligro.

Al regresar a nuestras casas después de otra jornada en emergencias, César, cansado y afligido, me confesó que el pequeño Luis no logró sobrevivir. Su lucha había terminado.

 

*Las historias narradas en esta crónica son reales, pero los nombres del autor y de los protagonistas fueron cambiados para proteger su integridad.

Este trabajo fue producto de la tercera cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, realizado en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de octubre de 2019 a febrero de 2020.

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