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Caracas, es el fin. El nuestro se ha convertido de a poco en ese amor que pega y te deja con resaca. El odio se nos está instalando en las ganas y nos apagamos más rápido de lo que nos encendemos.

Hasta no hace mucho éramos capaces de distraernos y reíamos casi a diario, pero ahora nuestro sabor es el del miedo, tienes rato escupiéndome la cara, atragantándome de nervios y desaciertos, y yo analizando tu conducta con asco. Ya no me gustan ni tus piernas ni tus modales y, además, no has parado de llorar como loca en estas últimas semanas, mientras yo me quedo recostado de la puerta sin entender muy bien qué puedo hacer o decirte.

Hemos intentado recuperarnos, aunque sea de forma intermitente y tímida, tú con tus atardeceres nobles y yo con mi empeño en caminarte, pero no damos más. Sabes que una relación ha perdido su gracia cuando la única manera de creer en el otro es estando desnudo, sin aliento y con la piel brillando, y nosotros, justamente, nos acariciamos con furia y nos avergonzamos en seguida, sin respeto, para después correr. Nos vemos mejor desde afuera, por eso sentimos que hay algo que aún merece la pena y nos extrañamos y nos necesitamos como a esa droga que te seca y te engaña.

Es hora de sincerarnos: mi tiempo deseando a otras chicas, sin importar que sean más gordas, más feas o más viejas, se ha instalado como una costumbre malsana. Imagínate que hasta he comenzado a pensar en ellas según su capacidad de ahorro, algo que hace años me parecía un rasgo inútil, un sentido carente de valor.

Discutimos por tener las mismas opiniones, por pensar igual, por asumir posturas. Nos cuesta comer en silencio y también nos cuesta comer entre oraciones frías. Nos cuesta compartir el espacio porque te parezco incómodo y torpe, agresivo y evasivo, leve y prejuicioso. Y ya no te gusto, me emborracho como lo hacen esos perdedores sin estilo los domingos por la tarde, pero perdona que sea tan directo, tú también te has vuelto muy neurótica. Todo te cuesta, todo te duele, gritas y tiemblas, te falta el tiempo, se te olvidó respirar y ya casi ni bailas. ¿Qué pasó?

Tus amigos quieren algo de ti pero parece que no tienen ambiciones, se confunden entre superficialidades y te llevan a creer que el futuro es un pasado imperfecto. Tú vas y buscas y lo intentas, pero pierdes los estribos por cumplir con todo y, al final, te olvidas de cumplir contigo misma. Mírate, estás un poco triste, apagada. Ya no eres feliz, Caracas. Como respuesta, te conviertes en la reina de las exigencias y das muy poco.

No todo es terrible, claro. Pero es que estoy dolido por nuestras últimas discusiones y, a diferencia de tus amigos, yo sí lo quiero todo. Y lo quiero todo bien. Porque así nos enseñamos, desde que te conocí. O así lo intuía, o así lo quería entender. Eso era lo que te gustaba de mí y, de pronto, resulta que ahora comienza a ser lo que más te desagrada.

Acaba de comenzar el último mes de la primera década de siglo veintiuno y crecer duele, no quiero que nos hagamos más daño ni me interesa de quién es la culpa, puede ser enteramente mía. Lo que quiero es que, por favor, no nos despidamos a trompadas, que no terminemos como esas parejas que además de cartas y fotos, quieren romperse el alma.

Quédate tú donde estás y enséñame que soy yo el estúpido impaciente que se fugó sin necesidad. Que el futuro tuyo y de tus amigos es, en efecto, el ejemplo que deben seguir el resto de las ciudades: seré el primero en reconocer públicamente mi error, sin que eso implique que años más tarde me perdones y me recibas mejor que a un pariente lejano.

Aún no sé adónde ir, aunque ya sabes que tengo corazón de perro y me puedo arreglar con cualquier colchoneta, de algo me tienen que haber servido las veintisiete mudanzas. Tú misma me enseñaste. Ya una vez me fui y volví, estaba más pequeño y veía en ti la tenacidad, la elegancia, la coquetería y la soltura que desconocía en mi pueblo, pero después de tanta fiesta y tantos dolores, nos cansamos. Creo que fue eso, o que nos quedamos pequeños para el otro porque seguimos creciendo en direcciones opuestas. O que tuvimos un exceso de expectativas.

En fin, que es el fin, querida, al menos el de una etapa en nuestras vidas. No sé si es lo que necesitamos, espero no volverme a equivocar, como acostumbro, y que estos últimos meses, que para mí han sido la repetición sistemática, como un susurro terrible, de que nuestra segunda separación es inminente y quizá definitiva, me pongan en un lugar que me permita tratarte como siempre quisiste que lo hiciera. Perdona si ahora no soy capaz.

Intentaré irme pronto, sin mayores certezas, pero de la forma más honesta. Me mueve por dentro la sensación de que nos extraviamos en el camino por nuestro orgullo y ese carácter desafiante que tan poquito nos ha servido. Ahora lo mejor es que pensemos en el rumbo que cada uno de nosotros debe tomar.

Todavía tuyo, pero no tanto.

Leo Felipe.

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