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Deivis Silva

El pequeño cultor

Sale hacia la oscuridad de la noche. Al pasar frente a las ventanas, desde el interior de la casa, se escucha un “looooe” de canto de sirena. Se queda paralizado y, flotando por el encanto del lejío, entra nuevamente a la casa. Deivis se abre paso entre la gente para llegar al frente, donde dos hombres le ofrecen coplas a san Juan Bautista frente al altar.

Mira hacia arriba y de un lado a otro, entre canto que va y canto que se responde. En el momento en que el respiro de los copleros se convierte en una pausa larga, el niño deja salir de su garganta un “looooe” que paraliza a todos.

“Por ser la primera vez,

ay, por ser la primera vez,

que yo en esta casa caaanto.

Looooe…

Gloria al padre,

gloria al hijo,

ay, gloria al Espíritu Santo”.

Deivis Jesús Silva Croquer está en sexto grado. No nació en Cata, pero toda su familia materna tiene allí sus raíces y él se conoce cada festividad de su pueblo. Sus ojos grandes observan todo y lo detallan. Pregunta sobre música, sobre cacao y chocolate, pregunta por qué las cosas se hacen de una forma y no de otra. Hace rimas y juega con trabalenguas.

Cata está a oscuras y las estrellas están opacas. Se fue la luz temprano y no ha regresado. En la penumbra de la noche se escuchan los rezos de un velorio y a lo lejos, el repicar de tambores. Los primeros sonidos vienen de un portal que está tan oscuro como esta noche y los segundos provienen de la única casa iluminada en el pueblo, donde se celebra a la sanjuanera más vieja de la comunidad que cumple 102 años. Los catenses, a pesar de la muerte, celebran la vida.

Con 13 años, Deivis sabe tocar cuatro y tambor, pero también ha aprendido con su mamá a cuidar los cultivos, tostar cacao, descascarillarlo y molerlo, y con su hermano, a hacer chocolate. “A mí me gusta aprender sobre la tierra, porque también es parte de nuestra cultura y el chocolate es sabroso”, dice Deivis sonriendo.

Las risas compiten con el retumbar de las manos golpeando los cueros y la voz de los músicos cantando. Poco a poco la lluvia de voces y el repique de los tambores se va apaciguando. Hijos, nietos, bisnietos, tataranietos, vecinos, amigos y forasteros entran a la casa. Los colores danzan, al igual que las mariposas que adornan el altar entre azul, morado, verde, rojo, fucsia y amarillo. Solo un ventilador intenta apaciguar el calor, pero todos se concentran en la sala porque uno de los hijos y uno de los nietos de Ñata, la homenajeada, le cantarán al santo patrono de las aguas.

La repetición de estrofas heredadas de los abuelos y las improvisadas comienzan a tejer una red de cantos que va atrapando a los que escuchan. Primero una pausa larga, luego se incorpora una nueva voz. Los dos hombres buscan con la mirada y sonríen levantando las cejas al ver quién cantó. Uno de ellos inclina desafiante la cara hacia adelante y extiende los brazos para invitar al muchacho a pasar, mientras el mayor se arrima hacia atrás para darle espacio. Hay un lugar para el nuevo coplero que se une al canto de sirenas.

Con un tono infantil, tembloroso, pero firme se escucha.

“Por ser la primera vez,

ay, por ser la primera vez,

que yo en esta casa caaanto.

¡Looooe!…

Gloria al padre,

gloria al hijo,

ay, gloria al Espíritu Santo”.

—Yo quiero ser el próximo cultor del pueblo cuando sea grande —dice sonriendo—. Quiero ser cantante y músico como mi tío Francisco Pacheco (de los grupos Un solo pueblo y Pacheco y su pueblo).

Sale otra vez hacia la oscuridad de la noche. Llega a su casa alumbrado por el brillo tenue de las estrellas.

—No sé qué fue lo que me pasó, mamá. Pero yo ya me venía y de repente sentí un impulso en el pecho que me hizo entrar otra vez a esa casa y, sin darme cuenta, ya estaba cantando —le dice Deivis a Elvia, que lo esperaba con la puerta abierta una noche de apagón en Cata.

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