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Las manos terrosas, pequeñas y fuertes de David sujetan el tallo de caña de azúcar y lo guían entre los dos rodillos de acero del trapiche que, girando en direcciones contrarias, apretujan la vara haciéndola estallar en borbotones hasta convertirla en un jugo dorado a trasluz.

David recoge el bagazo aplastado y ancho como una trama de hilos verdes y amarillos que sale por detrás de los rodillos y lo amontona a un lado, mientras el zumo dulce se derrama en un canal de aluminio y desciende hasta la batea de concreto, sin saber que en una hora tampoco será jugo. Así comienza la elaboración artesanal del papelón en Choroní, estado Aragua.

El Melao es uno de los ingenios choroniceros. Así se llama el lugar donde se fabrica el papelón de cono, el de panela y otros dulces derivados de la caña de azúcar. Es propiedad de Francisco Agüero pero es David quien lo opera. Está ubicado en Tremaria, unos 20 minutos antes de llegar al pueblo de Choroní. Consta de un trapiche de fabricación cubana que funciona con gasoil, tres calderas enormes de cobre, un horno subterráneo de ladrillos de arcilla y un mesón de cemento para amasar, desmoldar o enfriar según sea el caso, todo bajo un techo de láminas de zinc sostenidas por cuatro vigas de acero sin paredes.

Así son doce de los trece trapiches que quedan en Choroní por estos días. Sólo el de Saturnino García Araujo ubicado en Hondurita era de tracción animal pero no está operativo desde que su dueño murió en 2009.

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Las manos cayosas de David saben de memoria lo que tienen que hacer: primero vieron a las manos de Francisco trabajar cada semana desde que la familia llegó al pueblo procedente de Los Andes hace 25 años. Aprendieron el oficio de trapichero desde que David dejó de ser un niño y comenzó a trabajar con él.

El néctar dulce y tan líquido como el agua pasa de la batea de concreto por una tubería hasta el trío de calderas, debajo de las cuales hay un horno que las mantiene calientes y hace posible el cambio de densidad del jugo durante el proceso. Cuando se llena la primera caldera, el líquido comienza a fluir hacia la segunda automáticamente, a través de dos canaletas ubicadas en el borde superior que las conectan entre sí. En ese momento David apaga el trapiche para comenzar a procesar la primera carga.

De la boca de David emergen palabras cortas, con muchas “z” y un acento margariteño que no sincroniza con su fisionomía andina ni con el paisaje de montaña selvática que lo rodea, pero describen lo que hacen sus manos: toma una paleta de madera larga y remueve lentamente el jugo; cuando se forma una espuma blanca en la superficie deja la paleta a un lado, agarra un colador gigante de aluminio y saca el “sucio” (restos del bagazo, insectos y otros desperdicios). Una vez limpio, coge un cucharón grandote llamado remillón y pasa cinco remillones a la tercera y última caldera. Mientras espera a que hierva remueve el contenido, lento y sin parar.

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David creció junto al horno que calienta las calderas. Llegó al pueblo en los años ochenta y dice que no piensa en regresar a Los Andes sino de paseo porque “ezte clima diaquí no ze consigue en ninguna parte. No ze consigue”.

Su piel es blanca, tiene el cabello corto de color castaño claro y sus ojos son verdes. Sin preocuparse por saber exactamente cuántas hectáreas de caña dulce tiene sembradas detrás de su casa, explica que su pequeña siembra está conformada por matas de zarangoa, piojota y ceballota. Suficiente para cuatro tendidos por semana.

Cada tendido produce 40 o 50 moldes de papelón de cono, pero la ventaja, explica el trapichero con una sonrisa de satisfacción, es que en las montañas del municipio Girardot no están obligados a sembrar y cosechar dependiendo de la estación de lluvia, como ocurre en los Valles de Aragua: “Aquí cortamoz y procezamoz todas las zemanas”.

Además del Melao, los otros trapiches activos hoy en Choroní son el de José Isabel García y el de José Solis, ambos en Cepito; los de Alberto Bolívar , Nelson David Sánchez y Evangelio Blanco, en Bañadero; el de Virgilio Liendo, en Mocundo; el de Pablo Nieves, en Valle Hondo; el de Pablo Medina, en Palmarito; el de Simón Ayala, en Bucaral; el de Santiago Blanco, en San Pablo y el de Claudio Escobar, en Las Mercedes.

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Las manos de David trabajan sin mirar lo que hacen: sacan el caramelo espeso color miel con otro remillón y lo vierten poco a poco en la canoa, una ponchera de madera, rectangular y honda que está junto a la tercera caldera. Las manos cogen una paleta de batir, también de madera, y comienzan a remover y remover en un lento vaivén.

Huele a navidad caraqueña, a dulce de lechosa. El líquido cambió de densidad, color y olor. Los vapores se pegan a la garganta y estimulan las papilas gustativas de la lengua hasta hacer agua la boca.

En la canoa el caramelo tiene dos momentos: primero el punto de alfondoque, un dulce color beige al que se le da forma con una paleta pequeña y se aliña con ajonjolí, anís dulce, queso o jengibre y se enrolla en hojas de la misma mata de caña. El otro es el punto de papelón, más espeso y acaramelado que el anterior. Aunque en Choroní hacen papelón de panela, que es el más conocido en los centros urbanos, el de cono es el típico de la región. Para hacerlo, David vierte el melao en unos moldes de cemento en forma de cono de unos 30 centímetros de altura que se mantienen en agua hasta vaciar el caramelo para que luego el papelón se despegue fácilmente. Diez minutos más tarde David voltea los moldes sobre el mesón y listo: los conos se embolsan y embalan en cajas de 24 unidades.

Aunque la fabricación artesanal del papelón se originó en el siglo XVII, no fue sino hasta 1997 cuando el gobierno declaró la actividad como un patrimonio de la nación e incluyó el trapiche de Playa Grande y el de Saturnino en la lista junto con el papelón de cono.

El cronista de Maracay, Oldman Botello, relató que el cultivo de caña  y el de cacao son emblemáticos en la zona: “Los trapiches artesanales se mantuvieron hasta el siglo XIX cuando se utilizaron trapiches industriales traídos del exterior hasta el puerto y desde allí penosamente transportados hasta la montaña, al otro lado del río, en una laboriosa travesía”.

A sus 31 años David comparte con los otros 12 hombres el peso de un oficio que quizá termine con su generación porque según él hoy en día lo que los padres quieren es que los hijos estudien, trabajen, que salgan del pueblo. Pero además, el trapiche parece una tarea para hombres y David tiene tres hijas pequeñas de cuatro, seis y ocho años a las que trata de mantener lejos del ingenio por las abejas, verdaderas dueñas y señoras del lugar.

-David, ¿te imaginas haciendo otra cosa, trabajando en otra cosa?

Doscientos años después de aquellas travesías por la montaña, la boca de David responde por sus manos: “¿Qué más voy a hacer? Yo soy campesino, trabajo el campo y hago papelón. Eso es lo que hago yo”.

  • Maru Morales. Caraqueña en la partida de nacimiento y en la praxis desde 1976. Periodista por amor al arte de informar desde 1999. Aprendiz de cronista desde ahora. Es egresada de la UCV y tiene un certificado de locutora nuevecito sin estrenar, aunque trabajó en Unión Radio durante un montón de años, otros tantos en CMT Televisión y desde 2010 en El Nacional. Es coautora de Trincheras de papel editado por El Nacional y la UCAB en 2008 y ese mismo año ganó el Premio nacional de periodismo de investigación del Ipys. Fascinada por el poder de las palabras, intenta transmitir lo que significan, lo que evocan, lo que callan. 

 

Este texto forma parte de la exposición de crónicas y fotografías Rostros de Choroni que se estará exhibiendo hasta el 14 de julio en la Casa Comunal de Puerto Colombia, pueblo que colinda con Choroni, en la costa del estado Aragua. Las otras siete crónicas que retratan a personajes emblemáticos de ese pueblo están publicadas en esta edición de Marcapasos.

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