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Tres periodistas latinoamericanos comparten sus experiencias como ciudadanos de países vulnerables que reciben desprotegidos la pandemia del siglo XXI. México, Honduras y Perú. Norte, centro y sur. Miriam, Luisa y Héctor. Tres naciones, tres puntos del continentes, pero el mismo problema: medidas de aislamiento para reducir contagios de Coronavirus. Esta es otra de nuestras #HistoriasDeCuarentena

 

México: El coronavirus es real

Por Miriam Valencia

La cuarentena parecía algo ridículo cuando comenzaron a aplicarla por primera vez hace días. No es para menos. México tiene al frente a un Presidente que continúa saliendo a las calles, saludando a niños, niñas y adultos mayores sin temor, mientras nos pide “continuar con nuestras actividades” por el bien de la economía. 

Los ciudadanos estaban igual que el mandatario. Vivo cerca de un puente en la ciudad de Puebla y no hay hora del día en el que no pasen, mínimo, veinte coches uno tras otro. ¿Cuarentena? ¿Qué es una cuarentena? México tiene más de un mes con infectados por coronavirus y aún hay gente en las calles, comprando, viviendo su vida como todos los días. Sí, los establecimientos comenzaron a cerrar y las plazas comerciales se están vaciando, pero aún puedes escuchar el ruido de una ciudad despierta. 

Por cuestiones de trabajo, yo tengo que hacer cuarentena obligada, permaneciendo en mi domicilio, pero mi esposo debe salir todos los días. Debo ser honesta, las primeras semanas cuando supimos sobre el COVID-19 no lo tomamos en serio. 

El 3 de marzo fuimos a un concierto en el Palacio de los Deportes para ver a Ghost. Nos dijeron que sería peligroso. En ese entonces, México tenía cinco casos confirmados con Coronavirus, pero dijimos: “Es nuestro primer aniversario de bodas y ya pagamos los boletos, ¿haremos caso? Obviamente NO”. 

El 14 de marzo, mi esposo y yo fuimos al cine. Seguía en cartelera Parásitos. Con nosotros había 10 personas en la sala, pero antes de entrar a la función nos equivocamos y terminamos en una llena. Sí, cerca de 30 personas estaban disfrutando de una película a las nueve de la noche. Dos días después decidimos ir al IMSS para ver si podía afiliarme como su esposa. Ese día fue festivo y no pudimos, pero despistadamente ingresamos al área de Urgencias. Quise salir corriendo. 

Gente tosiendo, estornudando, con fiebre y otras dolencias nos recibieron, sin mencionar el aire y aroma a hospital que invadía el lugar, lo que me hizo pensar si realmente fue buena idea haber salido ese día y habernos quedado tanto tiempo buscando el lugar donde se hacían los registros. 

Regresamos a casa con dolor de cabeza, pero sin ningún otro síntoma, creyendo que la cuarentena aún era una exageración. 

La noche del 18 de marzo recibí un mensaje que hizo cambiar mi forma de ver la enfermedad. Una amiga, un poco preocupada, me informó que la primera persona que había muerto por COVID-19 había estado en el concierto de Ghost. Había visto la noticia, como parte de mi trabajo, pero hasta que se supo que estuvo en Palacio de los Deportes fue cuando investigué. 

Mi inicio, lleno de encabezados como “Primer muerto en México estuvo en concierto de Ghost”, hicieron que despertara a mi esposo para darle la noticia. Adormilado, solo me dijo que estaríamos bien. Al día siguiente, mi madre no dejaba de marcarme. En mi trabajo hice la nota sobre el deceso, diciéndoles a mis compañeros que yo también estuve en ese lugar. 

Me comuniqué al número de la atención de la Secretaría de Salud. Hasta el momento no he tenido respuesta. Fue entonces que nos dimos cuenta de lo que expuestos que estuvimos las dos semanas del brote en México y que podemos ser un conducto del virus para las personas que queremos y que son adultos mayores.

Ya no vemos a nuestra familia tan seguido como quisiéramos, de lejitos. Ya no salgo como las dos semanas anteriores. Aún existe la incertidumbre sobre si alguno de ellos pueda estar contagiado por nuestra culpa. 

No esperen al último momento para guardarse en casa. La cuarentena es real, el coronavirus es real y las complicaciones también. Somos jóvenes, de 24 y 29 años, pero eso no significa que no estamos expuestos y con las defensas bajas, listas para recibir a un nuevo virus. 

Honduras: Entre el temor y la incertidumbre

Por Luisa Agüero

El temor es mi constante compañero y no he salido ni a la puerta de mi casa desde que el gobierno decretara en Honduras el toque de queda absoluto. Vivo mi “encierro” y aún siento que deambulo por una frágil línea entre la ficción y la realidad.  Perdí la noción del tiempo y para mí ya sólo hay mañanas o noches. La sensación es compartida por un segmento de la población. Otros, consideran que todo es una “exageración” y desestiman la prevención.

La tranquilidad “forzada” en San Pedro Sula se impone por instantes. En mi entorno, solo se escucha el sonido de algunas aves que se posan en las partes altas de muros vecinos. Es el décimo cuarto día de encierro después que la histeria se apoderara de miles de habitantes que se lanzaron a las calles para hacer compras en supermercados y farmacias, otros se aglomeraron en las estaciones de servicio para cargar combustible a pesar de no haber desabastecimiento. 

Las autoridades decretaron el cierre total de las fronteras al hacer oficial el toque de queda que dejó blindados a dieciocho departamentos, siete de ellos, focos de proliferación del Coronavirus, que ya suma 219 casos confirmados y 14 muertes en nuestro país. 

El paisaje no deja de ser apocalíptico y la tensión se percibe en el ambiente de San Pedro Sula. En esta ciudad de la zona norte, a 269 kilómetros de la capital, Tegucigalpa, grandes empresas y pequeños negocios fueron cerrados, ante la resistencia de propietarios que se rehusaban a cumplir con la disposición de autoaislamiento. Algunas personas circulan por la ciudad con sus rostros cubiertos con mascarillas, otros escépticos dudan en tomar precauciones y aún no creen en los estragos de una pandemia que tiene al mundo “contra la pared” y que se ha sentido más en países de América Latina como el mío, cuyos deficientes sistemas son vulnerables para atender los requerimientos de una población desprevenida. Aquí, a nivel nacional para atender la emergencia del COVID-19 sólo existen 123 ventiladores de respiración asistida en las Unidades de Cuidados Intensivos de hospitales públicos y privados.

Saturados servicios de salud están trabajando en jornadas maratónicas para cubrir la demanda, más allá de malestares que no dan la cara en análisis en primera instancia sino 14 días después, son esquivos padecimientos que no están destruyendo sólo a los adultos mayores. Los jóvenes también han sido víctimas de la pandemia, sobre todo en España e Italia. Hoy, después del encierro que pudiera extenderse después del 29 de marzo, me queda claro que más que nunca la gente está requiriendo de ayuda para soportar el estrés, la incomunicación y hasta el dolor de vivir. Por ahora en mi ciudad y en mi barrio no se gesta la promesa de un Edén, pero sí de una esperanza donde todos debemos estar conscientes de que, a pesar de cualquier crisis, siempre habrá un mejor porvenir.

El Coronavirus es en este momento una prioridad del Estado, pero el camino por recorrer aún es largo y a los hondureños, aunque tenemos miedo al contagio, nos falta disciplina para seguir directrices desde nuestras casas y quizá algo de tiempo, de apoyo o de palabras porque no estamos hablando de lo que… en verdad…. ¡nos duele!

Foto Cristian Gutiérrez

Perú: Emergencia para levantarse

Héctor Villa León 

La emergencia decretada en Perú me recuerda un poco los años que viví en Venezuela. Aunque no era una emergencia formalmente anunciada, todos los días parecía una. Escasez en los supermercados, falta de insumos, muchas veces sin los servicios públicos básicos.

El domingo 15 de marzo el presidente peruano, Martín Vizcarra, anunció que decretaba hasta el 30 de marzo un aislamiento social obligatorio para evitar la propagación del COVID-19. Ese mismo día tuve que ir al supermercado a comprar algunas cosas y abastecerme para “los próximos días”. 

La primera sorpresa al llegar fue que había muchas personas, lo normal para una situación como la que estamos viviendo. Pero me asombró que hacían cosas que antes no acostumbraban: pesar los vegetales o pasar 40 minutos en una cola para pagar. 

Fue como remontarme a la Venezuela que viví, donde en los lugares donde debías encontrar comida, te limitaban llevar sólo dos productos. 

Ahora, aquí, se vienen 15 días en los que muchas empresas y trabajadores deben permanecer en casa. 15 días para trabajar virtualmente, y ocasionalmente descansar un poco del tráfico y el calor húmedo de Perú, país que hasta ahora ha recibido a casi 1 millón de venezolanos que han huido de la crisis. También son 15 días para pensar en esos cientos de compatriotas que están acá, pero que forman parte del alto índice de informalidad que abraza al país, y que habrá que ver las medidas que se tomarán a favor de ellos.

No me queda duda de que después de esta emergencia, Perú se levantará para seguir creciendo, algo que ha demostrado años atrás y que ahora habrá una oportunidad de verlo, aunque esta vez más cerca.