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Detrás de toda gran producción cinematográfica hay talentos como el de Claudia Lepage. Ella es una de las artífices detrás del documental que tanto orgullo y alegrías ha dado, Érase una vez Venezuela, El Congo Mirador. Aquí cuenta, en primera persona, cómo ha sido ese recorrido de ocho años junto a la directora del filme, su hermana de vida, Anabel Rodríguez. Y cómo su principal motivación es ser parte de una “cinematografía grandiosa” que se está construyendo con una narrativa propia que busca ser voz y memoria, y conectar a los cineastas venezolanos de la diáspora con los que siguen en el país. Otro capítulo de la serie #LatimosEnVenezuela

Fotos cortesía Claudia Lepage

[Claudia Lepage, 45 años, Caracas. Productora ejecutiva de cine en Tres Cinematografía. Se ha especializado en coproducciones internacionales de cine iberoamericano]

“Yo me fui del país hace muchos años, vivía en Madrid, España, y estaba preproduciendo La distancia más larga de Claudia Pinto. En septiembre de 2013 vine a Caracas y visité las oficinas de Tres Cinematografía, me reuní con Joe Torres y Marcel Rasquin quienes me propusieron abrir el departamento de Cine para que yo estuviese a la cabeza porque en ese momento ellos solo hacían publicidad. 

Acepté, decidí llevar a cabo esta labor desde hace ocho años. 

Para mí el cine lo es todo, es mi vida, es mi pasión. La producción me parece que es necesaria para poder sacar adelante las películas. Es una mezcla de mística, vocación, ser un poco psicólogo para entender cuáles son las necesidades del equipo y lidiar con los talentos, los egos y los procesos. Los productores tenemos que administrar tiempo y recursos humanos y económicos. El cine es un gran canal de comunicación, de mensajes, ideologías, historias, reflexiones. El cine refleja lo que somos los seres humanos. Es fantasía porque nos permite soñar. 

Con Margot Benacerraf en la Embajada de Francia

El cine venezolano es nuestra expresión como pueblo, aunque está lleno de altibajos. Lamentablemente no ha sido constante en nuestra historia a pesar de haber empezado solo dos años después de que se inventó el cinematógrafo en Francia. Ya en el año 1898 estábamos proyectando imágenes de cine en Maracaibo, estado Zulia, gracias a Manuel Trujillo Durán.

Irónicamente, el cine venezolano ha estado a la vanguardia en muchas ocasiones pero también ha tenido sus momentos de oscuridad. Es lo que tenemos para expresarnos en la pantalla como cultura y como país, ese que llevan los venezolanos en la diáspora y el que tenemos los que seguimos aquí. 

Es nuestra voz, nuestra memoria, lo que le contamos a las generaciones de relevo para que puedan comprender un poco qué pasó en esta época. Por eso sigo apostando al cine venezolano.

La directora Anabel Rodríguez en uno de sus viajes al Congo Mirador. Foto Juan Díaz

En el año 2013, cuando todavía vivía en España, Anabel Rodríguez me empezó a contar su experiencia en el Congo Mirador, acababa de filmar el cortometraje El barril. 

Ella buscaba poner en marcha ese proyecto, ya había recibido ayuda del Tribeca Film Institute y yo me incorporé para preparar el desarrollo del Programa Ibermedia que propusimos en abril y obtuvimos a finales de ese año.

Es curioso porque Anabel vivía en Venezuela y yo en España. Me vine a Caracas, me quedé dirigiendo el departamento de cine en Tres Cinematogafía junto a Joe y después de que Anabel inciara esos viajes al Congo Mirador, ella se mudó a Viena. Cada vez que venía a Venezuela nos encontrábamos para hablar del proyecto.

En el 2015 propuse hacer una coproducción iberoamericana con Brasil y estuvimos filmando hasta el año 2018. Yo estaba encargada de supervisar la producción, contratación del equipo, del montaje, etc. También de coordinar la ayuda que recibimos por parte del Estado venezolano, el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) aportó para financiar una parte de la película y pudimos cubrir dos viajes para el rodaje.

En pleno rodaje de Érase una vez en Venezuela. Foto Juan Díaz

Ha sido un recorrido muy largo. Desde 2013 hasta hoy, en 2021, seguimos trabajando en la película. Este camino ha tenido sus altibajos, momentos de pausa, de agitación y siempre mucha tensión, insistencia y tenacidad. Así es el cine. Además, vivir todo esto con Anabel ha sido súper emocionante porque la conozco desde hace tanto tiempo.

A ella la conocí cuando teníamos 13 años, coincidimos en un campamento vacacional y luego a los 18 años nos encontramos en las aulas de la Universidad Católica Andrés Bello porque las dos decidimos estudiar Comunicación Social, nos reconocimos de inmediato. 

Hemos sido cómplices de muchas aventuras, hemos colaborado en películas, hicimos nuestro primer cortometraje en el año 2001, lo filmamos en 16mm, hicimos experimentos teatrales. En fin, siempre ha habido amistad y cercanía intelectual y profesional.

Estar junto a ella en este proyecto, verla tan segura de sí misma, emocionada y a la vez nerviosa ha sido hermoso para mí. Me parece bello que mi hermana Anabel lo haya hecho tan bien y que, además, tuvo la oportunidad de conocer a Robert Redford y darle un regalo venezolano hecho con artesanía de nuestro país, eso también ha sido muy bonito. 

Los retos de este recorrido han sido muchos, desde la permanencia a lo largo del tiempo de una producción hasta la distancia geográfica. 

Yoaini Navarro, una de las protagonistas del documental. Foto John Márquez

Érase una vez en Venezuela, Congo Mirador, para mí es una película que llegó para romper moldes, para romper esquemas. Es un barco que lleva un mensaje muy potente y navega por todas las aguas con valor y humildad, pero también con mucha luz y potencia. 

Las diferencias del antes y el después son abismales. En el momento en que estábamos haciendo la producción éramos un equipo pequeño haciendo un trabajo de hormiga, éramos casi invisibles. Después de dos años de edición comenzamos a estar en el foco y no nos dimos cuenta de lo que realmente estábamos generando.

Nos comenzó a escribir mucha gente por redes sociales, a contactarnos por todos lados, ha sido increíble el movimiento que se ha creado en torno a esto. 

La película prácticamente ha caminado sola. Claro, hay un equipo detrás que ha estado viendo todo lo que se hizo para intentar llegar al Óscar.

He vivido este camino con pasión, entusiasmo y responsabilidad porque siento que nos comprometimos a representar a Venezuela cuando nos postulamos a los premios de la Academia. Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance, llegamos lejos gracias a las donaciones de una cantidad de gente que se fue sumando en el trayecto. Al día de hoy tenemos contribución de más de mil seiscientas personas.

Tamara Villasmil, otra de las protagonistas de esta historia. Foto Anabel Rodríguez

Hemos tejido una red de gente que realmente quería saber el futuro de esta película.

Cada vez que recibía una llamada de Anabel desde Viena diciéndome que teníamos que armar a un equipo para mandarlo al Congo Mirador porque iba a pasar algo, era emocionante, pero también estresante.

Estuvimos con el equipo prevenido durante un par de meses para salir corriendo cuando fuese necesario. A mediados de 2017 habíamos dado por concluido el rodaje porque había que parar, no se puede estar filmando todo el tiempo, hay que cerrar las historias. 

Pero en marzo de 2018 recibimos una llamada de Arsenio Hernández que es nuestro productor local en el Congo Mirador. Le dijo a Anabel: “Ahora sí se ve muchísimo la sedimentación, es increíble cómo ha cambiado visualmente el Congo Mirador”. Entonces tuvimos que armar un equipo de rodaje rápidamente para filmar algo que no estaba en el presupuesto ni en la mente de ninguno de nosotros, pero que fue sumamente valioso porque se convirtió en el final de la película. 

Ahí es cuando uno dice que hay cosas necesarias que, aunque se salgan del presupuesto, uno debe empujarlas para que se den.

Durante la premiere en Sundance

Para mí, el momento más bonito y mágico fue el estreno de la película en el Festival Sundance en el Egyptian Theatre el 27 de enero de 2020. Fue realmente conmovedor ver la película en pantalla grande y con esa sala llena. 

Era la primera vez que un largometraje documental venezolano era seleccionado para una competencia oficial en Sundance y además se sentía el orgullo de estar en ese teatro que representa mucho para el cine independiente. Sentía que éramos los representantes de Venezuela y de nuestra adolorida cinematografía que está luchando por mantenerse en pie. 

Se hizo un esfuerzo inmenso para que estuviese presente Marianella Maldonado —coescritora—, Andreína Gómez —estuvo en una fase de producción—, John Márquez —director de fotografía—, Nascuy Linares —músico—, Sepp Bruderman —editor y productor de la película, austríaco— y Ricardo Acosta —story editor, cubano y canadiense—. Fue maravilloso ver a tantas personas del equipo juntas porque siempre estuvimos regados por el mundo y eso quedará en mis recuerdos.

El equipo detrás de cámaras. Foto Juan Díaz

Cuando se presentan películas en el festival de Sundance, como son estrenos mundiales, se suelen hacer fiestas o recepciones para la gente que asiste al festival, para hacer ruido y visibilizar el trabajo logrado. 

El equipo del festival nos dijo que si no contábamos con mucho presupuesto podíamos organizar una fiesta de condominio. Así que decidimos celebrar en el apartamento que habíamos alquilado para hospedarnos en Park City. 

Un mes antes de la fecha ubicamos a un grupo de música folclórica venezolana en Salt Lake City que queda a 45 minutos de Park City, el lugar donde se realiza el festival. Los trasladamos la noche del 27 de enero de 2020, un día que nunca se me va a olvidar. Recibimos al grupo que andaba con arpa, cuatro y maracas en el apartamento. Hicimos un pedido de tequeños, arepas, empanadas, cachapas a un restaurante de comida venezolana, todo lo que se puedan imaginar,  y yo me llevé en la maleta, desde Venezuela, no sé cuántas botellas de ron. Estaba rogando que no las retuvieran en el aeropuerto.

La fiesta fue un éxito, con el poco dinero que teníamos logramos armar algo tan bello. Al día siguiente, todo tenía que ver con la fiesta venezolana, la estaban comentado mucho, es que fue mágico. Nuestro director de fotografía cantó con el grupo musical la Tonada de luna llena y después todos comenzamos a bailar salsa y merengue. Vimos a personas de todas partes del mundo viviendo una parte de nuestro país, echando un pie con nosotros. 

En el rodaje de La noche de las dos lunas, de Miguel Ferrari. Foto Raffaele Salvatore

Yo volví en el 2013 cuando murió Hugo Chávez pensando que era un buen momento para la reconducción del país, creyendo que podía haber un cambio de timón y que sería importante estar aquí remando en una dirección diferente a la que hemos vivido desde hace 22 años. Lo que me hizo quedarme fue el amor por el país, el creer en lo que hacemos. 

Es difícil porque por momentos siento que hay que volverse a ir. Yo estuve diez años viviendo afuera y sé lo que se siente ser migrante. No es fácil lidiar con la realidad de aquí pero tampoco lo es lidiar con la realidad de afuera cuando te conviertes en extranjero. 

Siendo completamente sincera sí he tenido planes de irme, me ha pasado por la cabeza pero no he terminado de empujar la idea. Creo que al igual que yo hay muchos venezolanos que se levantan preguntándose si hay que irse o quedarse. 

Me quedan muchos años de vida útil profesional y lamentablemente aquí se han cerrado muchas puertas. Entonces me pregunto cómo será mi vejez, qué respaldo tendré, con qué contaré cuando ya no pueda trabajar. Justo ahora estoy en mi edad más productiva porque ya no soy tan joven como para ser Junior, pero no soy tan vieja como para retirarme. Entonces esa preocupación permanece en mi cabeza.

Actualmente me motiva a seguir el hecho de que hemos construido una cinematografía grandiosa, tenemos un buen equipo de trabajo, creamos una narrativa venezolana en la que se nota la conexión entre los cineastas de la diáspora y los que seguimos aquí.

Quiero que ellos sepan que aquí estamos pisando tierra firme y que pueden confiar en nosotros para colaborar y seguir creando historias, seguir haciendo películas.

La mayoría de las películas que he hecho han sido con directores que viven afuera: Claudia Pinto, La distancia más larga; Miguel Ferrari, La noche de las dos lunas; Carla Forte, Conejo; y Anabel Rodríguez, Érase una vez en Venezuela, Congo Mirador. Ahora estoy trabajando con Rosana Matecki en un largometraje documental llamado Casa muertas. Es una constante ese trabajo con venezolanos que viven y crean desde afuera.

Con Claudia Pinto en la preproducción de La distancia más larga

Estoy reinventándome cada día, intentando escuchar mis necesidades y también entender lo rápido que está cambiando el mundo de la producción, la distribución, del cine y del audiovisual, no solo en Venezuela sino a nivel internacional. 

Es un reto, hay que preguntarse todos los días qué se puede hacer con las capacidades que se tienen para seguir produciendo, mirando hacia afuera, buscando fondos, consiguiendo colaboración internacional, contactando a otros colegas y redimensionando todo. 

Están sucediendo muchas cosas y como cineastas tenemos el deber de documentar la tragedia, o lo bueno que nos está pasando. Quedan muchas historias importantes por contar”.

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