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Hace una semana que tuiteo compulsivamente. Actualizo mi Facebook mientras camino. Escribo  – para blogs, sites, medios – alrededor de la #spanishrevolution. Medito. Pienso colectivamente. ¿Cómo le explicarías la #spanishrevolución a un alemán?, lanzo en Twitter.  @100280120 (Miguel Martínez), un desconocido, escribe: “España siguió los dictados de Merkel y prometió seguir contribuyendo a los beneficios de la banca alemana”. Si preguntase en Twitter, ¿cómo le explicarías a la revuelta a un banquero?, la respuesta sería todavía más agresiva.

¿Por qué tantos medios publican que España protesta contra su Gobierno? ¿Por qué simplifican diciendo que el motivo de la revuelta es el desempleo? ¿Por qué relacionan El Cairo con Madrid sin más? Me llama la atención que la cuenta de Twitter de @wikileaks fuese más ágil que muchos diarios internacionales al recomendar  el texto La revuelta islandesa de España. Wikileaks vio un claro paralelismo entre la #spanishrevolution y el país que se negó a pagar los errores de sus bancos. El link es tan claro que Hordur Torfason, el hombre que incitó a los islandeses a luchar contra políticos y banqueros, grabó un video de felicitación al pueblo español.  

Y es que la indignación contra un mundo gobernado por las agencias de rating y la especulación financiera ha sido una de las semillas de la indignación española. A finales de 2008, en el inicio de la crisis, el presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero inyectó  miles de millones a la banca. Luego, los mercados – el FMI, las agencias de rating, rumores de Ángela Merkel que reforzaban la prima alemana – encarecieron la deuda pública española. Zapatero tuvo que recortar salarios a los funcionarios. Sin embargo, mientras la cifra de parados llegaba a 4,3 millones, las treinta y cinco mayores empresas del Ibex – Bolsa de Madrid – ganaron el año pasado 49.881 millones de euros, un 24,5% más que en 2009. Mientras Telefónica quiere despedir a seis mil trabajadores en España, anuncia cuatrocientos cincuenta millones de euros en incentivos y seis mil novecientos millones en dividendos para sus ejecutivos. El divorcio entre beneficios empresariales y empleo fue calentando a fuego lento la indignación. Normal: Ángela Merkel aprobó un impuesto a las eléctricas; el británico David Camerón subía las tasas a las petroleras; Zapatero se tragaba, una a una, las promesas socialistas de su programa.

Internet, la llama. Para explicar la #spanishrevolution hay que hablar de otro divorcio: el digital. El 92% de los jóvenes españoles son internautas (doce puntos por encima de Europa). Apenas un 10% de los diputados españoles usa Twitter. Sólo así se entiende que Ángeles González Sinde, ministra de Cultura, aprobase una de las leyes de “descargas de Internet” más retrógradas del planeta. Una ley que pretende cerrar una web sin permiso judicial en menos de cuatro días. Y sólo así se explica que dicha Ley provocase una verdadera ciberevolución. Cuando en enero de 2010 nació la Red Sostenible – una plataforma digital de resistencia – yo estuve en su presentación, en Madrid. Le pregunté a Pepe Cervera, uno de los cabecillas, si iban a fundar un partido político. Hubo un silencio. “No”, me dijo. Me quedé con la duda. Paradójicamente, unas semanas después nacía #nolesvotes, una plataforma que pedía castigar en las urnas a los partidos que apoyaron la Ley Sinde: el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el  Partido Popular (PP) y Convergència i Unió (CiU). #Nolesvotes dinamitó el ciberespacio español. El grupo Anonymous se unió. Y el mismísimo presidente de la Academia de Cine, Alex de la Iglesia, dimitió y se puso del lado de los internautas. El movimiento #nolesvotes hizo fuertes a los movimientos en la Red. Pero faltaba algo. Una chispa, un disparo. El desempleo crecía. Las empresas, anunciando beneficios astronómicos. Y PSOE y PP incluían en sus listas para las elecciones del 22 de mayo a candidatos imputados por la justicia. El conservador Francisco Camps, que el New York Times citaría después como el Berlusconi español que propició la revuelta, sonreía ante las cámaras. Y la bomba estalló. #Nolesvotes colgó en su web en febrero un mapa de España en Googlemaps con los casos de corrupción geolocalizados. Casi al mismo tiempo, el cómico Leo Bassi lanzaba su ppleaks.com, con los casos de corrupción del PP.  

Memoria. ¿Cómo y cuándo se cruzaron el divorcio digital y el divorcio económico? ¿Cómo se politizó la indignación? Tiro de memoria personal para intentar explicarlo. En enero de 2011 apoyé al colectivo de franconohamuerto.com. El objetivo inicial: recaudar fondos en Internet para publicidad en autobuses de apoyo al juez Baltasar Garzón, apartado de la Audiencia Nacional por investigar los crímenes del franquismo. La causa de Garzón había reactivado un poco a la izquierda. Alimentaba la indignación. El logo de franconohamuerto.com, con un Garzón ácido atravesados por flechas, fue un hit en redes sociales. Denunciaba irónicamente la politización de una justicia en manos del PP y PSOE. El manifiesto de Franconohamuerto.com era uno más: “Somos un lobby popular, no un partido; Toda corrupción debería significar exclusión política, empujaremos la transparencia democrática”.  Pero era apenas una gota en un océano. Cientos de movimientos crepitaban en Internet. El huracán se acercaba. Yo pasaba horas cambiando mensajes con grupos de Facebook. ¿Apoyarían la causa de Garzón? La mayoría no quería. Se declaraban apolíticos. Indignados con el sistema. El grupo Estado del Malestar lanzó una idea impactante: subirse a cajas en las calles con un megáfono. Y Juventud Sin Futuro llenó las calles en abril. La revolución llamaba a la puerta. Nadie parecía darse cuenta.

Y el resto ya es historia. La plataforma activista Actuable.es lanza con Avaaz una campaña contra los candidatos corruptos de las elecciones. El libro Reacciona – con prólogo de Stephan Hessel, autor de Indignaos –  arrasa. La plataforma Democracia Real Ya convoca el 15 de mayo a una manifestación sin tintes políticos en más de cincuenta ciudades con un lema: “No somos marionetas en manos de políticos y banqueros”. Y mueren de éxito. Y diez mil personas se instalan en la Puerta del Sol de Madrid el 16 de mayo. Y España despierta el día 17 con las principales plazas tomadas. Y todo parece despedazarse. Sobran motivos, claro. Crisis. Bipartidismo. Banqueros. Corrupción. Desempleo. Y la #spanishrevolution incendia Twitter.Y la Junta Electoral prohíbe la acampada de Madrid. Pero nadie se va. Nadie se mueve. Una viñeta de El Roto, en El País, el día 18, sintetizó todo: “Los jóvenes salieron a la calle, y súbitamente todos los partidos envejecieron”.

Los resultados de las elecciones del 22M revelaron que existe un divorcio más peligroso que el digital o el económico: el democrático. La prensa internacional destacó que el PSOE se hundió. La nacional, que el derechista PP arrasó. Quizá fue al revés. Un detalle: si la abstención fuese una fuerza política, habría ganado con un 33% de los votos. En Madrid, apenas uno de cada tres electores votó al Partido Popular, que gobernará con mayoría. En Barcelona, con un 47% de abstención, Convergència i Unió (CiU) reinará con apenas un 14% de los votos posibles. El voto blanco y el nulo componen la cuarta fuerza política de España. 

Divorcio digital. Económico. Democrático. Crisis. Corrupción. Y la banca siempre gana. Mientras, España sigue llena de acampados. Jóvenes. Adultos. Izquierdistas. Apartidistas. Incluso algún votante conservador, indignado. Pero el PSOE y el PP no mencionan al ya internacional “movimiento 15M”. Mientras los “indignados” piden una reforma de la ley electoral que acabe con el bipartidismo, el PSOE ni siquiera hace autocrítica. Mientras el 15M solicita un referéndum sobre el rescate público de bancos insolventes, el PP afirma “que el sistema no ha fallado”. Mientras el mundo interpreta la #spanishrevolution como un movimiento de vanguardia hacia un sistema 2.0 más participativo y democrático, Zapatero no ha entendido el recado. Mientras nace el Wikipartido – discutido en Internet – los alcaldes elegidos del PP siguen convocando  ruedas de prensa sin aceptar preguntas. La política se blinda. Allá fuera, aquello del 2.0.

Sigo tuiteanto. Me miro en el espejo de Facebook. Camino, guiado por hashtags, propuestas, links. Parodio El Dinosaurio, el cuento de Augusto Monterroso, en mi cuenta de Facebook. “Cuando amaneció (el 15M), el sistema todavía estaba allí”. Pero alguien no quiere que esto acabe. El sistema – replica Maira Giosa en Facebook– “estaba allí, como adormecido, pero ya está cambiando”. 

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Bernardo Gutiérrez es un periodista, escritor y consultor de medios español. Publica en El País (Madrid), La Vanguardia (Barcelona), Expresso (Liboa), Internazionale (Roma), Milenio Semana (Ciudad de México), Tage Spiegel (Berlín) o National Geographic Brasil (Sao Paulo), revista Marcapasos (Venezuela), entre otros medios. 

bernardogutierrez.es

Twitter: @bernardosampa