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Ese lunes, como cada día de los siguientes 51 años, Cirilo Arvelo llegó temprano al cementerio de El Hatillo. No tenía sus tareas muy claras aún, sólo sabía que ayudaría en lo que fuese para cobrar sus 115 bolívares semanales. Tampoco sabía si con el tiempo se acostumbraría a convivir con menos vivos que muertos, si comer dejaría de darle grima, si se lavaría las manos menos compulsivamente o si dormiría más tranquilo. Aún así, no dudó y cambió cuatro años de ajetreada carrera policial, por una vida de tranquilidad en el camposanto.

A unos cuantos kilómetros del cementerio, al final de la calle El Progreso del barrio El Calvario, un curandero lograba conciliar el sueño después de salvar a su primer paciente. Lo hizo por necesidad. Su hija llegó muerta de miedo con su nieto casi muerto de lombrices. Buscó rápido a Julio Vargas, curandero de la zona al que confiaba la vida de los suyos. No estaba. Voló sobre las escaleras, entró de nuevo a su casa, miró a su hija fijamente y le dijo: “Bueno, voy a principiar con él”. Ya él sabía lo suyo porque su primo, compadre y reconocido curandero de Los Naranjos, Próspero, le había enseñado alguito. Así que le “hizo su cosa” y las lombrices se fueron para no volver.

Su carrera en el cementerio comenzó en 1961, no gracias a sus habilidades de investigación policíaca, sino a las de albañil. Su maestro de arpa perdió a su madre y él ganó una oportunidad cuando éste le pidió que le hiciera una tumba. “La hice tan bonita que todo el mundo se enamoró de la tumbita”, asevera. Hizo más tumbas, pasó el tiempo, se acostumbró a los muertos y lo nombraron celador. Desde entonces abría cada mañana, cerraba por las tardes y llevaba el control de nuevos difuntos. Este recinto tiene fecha de entrada para sus inquilinos, pero no de salida.

El curandero sale de su cama al mediodía, come un plato de atol de maicena con leche y avena acompañado de su esposa. Se viste y deja listo el altar para recibir a sus pacientes. “Me llega gente aquí de Valencia, de Maracay, del Tuy, de Charallave, de Barlovento y de todo El Calvario”, afirma. Cada uno viene por algo y él hace de todo: quita la mala suerte, evita los choques de carros, los de motos, hace limpiezas y hasta afirma haber curado el cáncer. Porque para él: “no hay enfermedad difícil, todas se curan”.

Cirilo revisa su reloj, son las 12:00. A esta hora la paz absoluta del camposanto se parece mucho a la que le produce saberse “el patrón” de una gran familia, el más viejo de 31 magallaneros y 3 caraquistas. Ver desde su sillón a sus 6 hijos, 13 nietos y 6 bisnietos cada vez que se reúnen en carnavales o Semana Santa. Esa paz de mediodía, sin embargo, no se parece en nada a su agitado fin de semana anterior tocando joropo tuyero de fiesta en fiesta y entre whiskicitos y cervezas hasta el amanecer. Porque “eso si que tiene el arpa, sin alcohol no funciona”, comenta entre risas.

Frente a su altar, el curandero espera la llegada de sus primeros pacientes. Tiene su rosario y sus imágenes. Su agua bendita en un pote de spray de Mr. Músculo y libros y libros de medicina natural. Tocan su puerta y pasa uno que se queja de dolores de cabeza insoportables. Él lo encomienda a Dios por nombre y apellido, y le pide que le cuente sobre sus dolencias. “Si el paciente es devoto de algún santo y tengo la imagen, le pido a ése que lo cure. Si no, le pido a Cristo y los rocío con agua bendita para simular”, afirma. Si ya es “algo de otro mundo” se arrodilla como último recurso, pero sólo le ha tocado hacerlo dos veces. Hoy no será la tercera.

Cirilo Arvelo, a diferencia de algunos de sus colegas, no le tiene miedo al cementerio. “Miedo me da meterme de noche a este barrio que me pueden matar, pero ahí, ahí te cuidan más bien. El cementerio es sabroso”. Sabroso como para echarse una siestita sobre una tumba bajo la luna mientras RCTV grababa una novela en la zona 4. “Ahí oía yo que me tiraban piedritas, escuchaba tosecitas, psssst, pssst, me hacían así. Yo nunca le hice caso a eso. Con tal no me lleguen a tocar mi cuerpo, está bien todo”, comenta. Eso sí, en noches de noviembre, cuando la luz de la luna se refleja en las losas de las tumbas y tenebrosamente se entremezcla con la de las velas del Día de los Muertos, prefiere no estar por ahí.

El curandero sí teme, pero no se sorprende. “Cuando tenía como 30 o 35 años soñé una vez que yo a los 40 años iba a recibir algo. Un premio de la lotería, los caballos o me iba a morir de un accidente o cualquier cosa”, comenta. Por eso no se sorprendió cuando por esas fechas recibió la visita de su hija con el nieto y las lombrices. Y desde ese día hasta el sol de hoy, ya con más de 80 años a su espalda, sigue trabajando de curandero sin cobrar a sus pacientes más que una vela y lo que quieran colaborar. Porque, según dice con absoluta firmeza, “lo que uno principia lo tiene que terminar”.

Como celador por más de 50 años, Cirilo tuvo que enterrar a muchos de sus seres queridos. “Enterré dos hijos, a mi mamá, seis hermanos, cantidad de primos, compadres, ahijados. He enterrado mucha familia”, dice. Hoy, después de jubilarse en 2010 con un sueldo de 1.000 bolívares por semana, vuelve a recorrer parte de los 9.140 m2 de cementerio que ahora vigila atento su hijo Cirilo, sí, Cirilo Arvelo. Visita la tumba de su hija menor, Yalibeth Carolina.

El ilustre curandero de El Calvario confiesa que le gustaría que alguno de sus hijos siguiera también sus pasos. “A veces veo que me hace falta un despojo, una persona que sepa igual a mí y que me santigüe”, dice. Cuando un paciente llega con un mal, según comenta, puede dejárselo a él al salir. Por suerte, su hija Josefina está aprendiendo el oficio. Mientras tanto, lo protege su otra hija, una que falleció hace más de un año y cuya foto lleva como amuleto guardado siempre en el bolsillo de su camisa, muy cerca del corazón.

Cirilo Arvelo regresa a descansar junto a su esposa, llega a El Calvario, pasa la Capilla y sube por la primera escalera hasta la puerta de su casa. El curandero no se retira a dormir, sabe que alguien más vendrá. No lo toman por sorpresa ni pacientes, ni familiares, ni periodistas con entrevistas, nadie. Aguarda tranquilo en el sofá de la sala. Cirilo introduce la llave en la cerradura y abre la puerta poco a poco. El curandero escucha un sonido y camina hacia la puerta. Ésta se abre de par en par y, como si se tratase de un espejo, quedan frente a frente. Cirilo el celador y el curandero Cirilo. Dos personas que comparten una vida. Dos vidas que comparten una persona.
Cirilo Antonio Arvelo ha dedicado la mitad de su vida a cuidar a los muertos y la otra a cuidar a los vivos. Algo que quizá intuía su padre cuando le pidió que cambiara su bodeguita en la zona rural de Los Naranjos por una aventura lejos de allí: “Mira, yo veo que tú tienes varios pensados, pero aquí en Los Naranjos, aquí en este monte no vas a prosperar nunca. Aquí vas a salir agricultor y más nada, vete pal pueblo más bien, ya sea para Petare, ya sea para El Hatillo y busca manera de desarrollar tu mente”. Eligió El Hatillo, municipio del que hoy es ciudadano honorario porque además de ser reconocido como celador y curandero, hizo completa la carrera de policía hasta llegar al cargo de Inspector, trabajó como maestro de obras y construyó “un piñado de casas”, tocó el arpa en cientos de toques de joropo tuyero, fue reconocido bochador en los campeonatos de bolas criollas y, sobre todo, ha dejado una marca imborrable en quienes lo han conocido.

 

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