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No se escucha a nadie caminar en la calle, ni abrir y cerrar puertas, ni mover los carros. Todos están en sus casas. Yo, desde las ventanas y mi patio, veo cómo el cielo pasa de azul claro a negro, y viceversa, desde hace varios días.

A veces en la calle niños corren y ríen, y los perros salen a pasear con sus dueños, pero no esta semana de cuarentena. Mi calle está en calma. En las mañanas se escuchan los pájaros y cómo el viento pasa por las hojas de los árboles, en las noches las chicharras cantan en la montaña que está detrás y todo el día se siente el ruido de la nevera y los ventiladores.

Pero un sonido distinto, agudo, rompe esa armonía como un pinchazo de aguja en los oídos. Es constante y se le suman otros. Son cornetas de vehículos. Cornetas que desde hacía más de una semana no escuchaba. Un sonido de alarma que extrañamente se oye en mi calle y en todo el conjunto residencial, y que ahora suena cada vez más fuerte, más cerca.

Corro a la ventana de mi cuarto y veo el celaje de una moto pasar por la calle principal con la corneta pisada, la sigue una camioneta pick up y dos carros con los vidrios abajo. Los pasajeros van apretados en la parte de atrás, codo con codo, y llevan mascarillas sobre sus bocas.

Las cornetas son la música de la caravana que lleva al cura de la iglesia San Nicolás de Bari y a los feligreses que lo acompañan, a pesar del llamado de quedarse en casa, por la Urbanización Nueva Casarapa en Guarenas, en la periferia de Caracas.

El religioso viaja de pie, en la cabina de carga de la camioneta, junto con otro hombre que va sentado en una esquina con gorra y pañuelo en la cara. Viste sotana blanca y el sombrero de paja que lo protegen del sol caliente de media mañana y el tapabocas del COVID-19. Conducen sin detenerse y al pasar frente a mi boca calle, él levanta su mano y hace la señal de la cruz en el aire tres veces, antes de perderse de mi vista.

Los pasajeros que siguen la camioneta llevan las palmas juntas, se persignan y los que van en las ventanas llevan los brazos extendidos fuera de ellas, con las palmas viendo hacia el cielo, como cuando en la eucaristía se alaba a Dios. Ellos se pierden también junto con el martillar de las cornetas.

Se vuelve a escuchar el viento, y de alguna casa cercana sale, después de días de silencio, el auto tune de Wisin y Yandel que se mezcla con el canto de los pájaros. Pero a lo lejos vuelve a sonar, en el conjunto residencial vecino, las cornetas de la caravana que lleva bendiciones para este encierro.

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