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Fotos Miguel A. Hurtado

Una muestra de las escenas capturadas en el vaivén de trenes, caos y abandono del Metro de Caracas desde el lente de Miguel Hurtado. La metáfora (su metáfora) del país y la sociedad. Otra de nuestras #HistoriasSubterraneas

El Metro de Caracas es la columna vertebral que sostiene, en gran medida, al transporte de la capital. Subirme a él es la excusa para buscar imágenes, escenas cotidianas, anecdóticas y hasta algunas simpáticas.

Apenas entro al vagón saco el teléfono, activo la cámara y observo. Capturar imágenes en el subterráneo caraqueño ha sido una forma de lidiar con la experiencia de trasladarse en él.

Me abstraigo, busco ver más allá de lo aparente.

Porque el Metro, como experiencia, puede ser interpretado como una metáfora de nuestra ciudad, país y sociedad. 

Nadie compra boletos, las casetas de información permanecen en su mayoría cerradas y el funcionamiento de los torniquetes tampoco es usual. Lo «normal» es acceder por la puerta de servicio, que a veces es custodiada por algún miliciano.

Las escaleras mecánicas no funcionan, los bombillos están quemados o no están, a diferencia de los pedigüeños y vendedores ambulantes.

El servicio es lento, lo que hace que los andenes permanezcan congestionados. Allí los usuarios reaccionan de distintas formas, unos se desesperan, otros se quejan, agunos vociferan y la mayoria esperan en silencio —quizás por paciencia o por resignación.

El Metro de Caracas es esa cara paralela —y subterránea— que recorre nuestra caótica capital.

Está colmado de historias y penurias. Es un escenario cotidiano para los que lo recorren, pero —ya sea para bien o mal— siempre puede sorprender.

Fotografiar su caos es mi intento de entenderlo, mi forma de soportarlo. Busco meter en un cuadro la disfuncionalidad, el desorden y hedor, la violencia latente en la atmósfera que se refleja en los gestos, miradas y comentarios de los usuarios en medio de un permanente apuro.

Ver personas esperar durante largos períodos, detenidos, sin poder acelerar las cosas, atrapados en una dinámica que resulta exasperante, hasta que un par de luces iluminen el tunel que antecede el andén.

Un ventarrón anuncia el inminente conflicto entre aquellos que buscan salir del tren y no llegar tan tarde, y los que empujan e intentan hacerse con un lugar dentro de él.

Adentro, apretujados entre conocidos y desconocidos, a veces sin siquiera espacio para moverse. Encuadro el agobio y la sensación claustrofóbica que genera nuestra realidad social, política y económica con el equivalente sensorial del calor, la carencia de espacio personal y el aire para respirar.

Las conversaciones y los gritos de los vendedores o pedigüeños se mezclan con el sonido del tren —semejante a un zumbido— mientras se desliza en la oscuridad que separa las estaciones.

Entre tanto, aún queda la esperanza de abandonar la noche subterránea y disfrutar de la luz…

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