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I
Una paleta de pequeños cuadritos de colores verdes, rojos, naranjas y amarillos se amalgaman en aceite achotado, un aliño cuyos vapores impregnan con un aroma de sofrito todo el lugar. Un burbujeo que también se oye al son de un shshshshsshshsh.
El chillido que brota de los calderos se hace más fuerte cuando Angelina agrega la carne al guiso de las hallacas y explotan los olores.
—Al sofrito no hay que dejarlo dorar y mucho menos tostar.

II
Angelina Vegas de León, 86 años, 8 hijos, 19 nietos, es de Quintana, Santa Lucía del Tuy, aunque se crió entre Puerta Negra y San Andrés, cerca de Turgua.
—Mi mamá se vino a trabajar como cocinera y nos quedamos.
Creció entre fogones, humaredas y candelas. Aprendió a cocinar desde muy niña de la mano de su madre, Martina Vegas. Majarete, conservas de coco, gofio, tequiche y bollos son las recetas primarias que heredó.
Recuerda de su infancia el pan de horno con maíz cariaco que preparaban en una estufa de leña que hacían en un caparazón de tierra y piedras, donde metían los troncos que prendían y cubrían con latones para proteger el calor.
Las primeras hallacas las probó en una Pascua, en una casona entre las esquinas de Piñango a Camino Nuevo, en el centro de Caracas, donde su mamá trabajó.
—Allí mamá aprendió a hacer las hallacas y luego me enseñó.
Ese pastel de harina de maíz, relleno y envuelto en hojas de cambur le encantó hacerlo desde chiquita y allí nació la tradición. Desde entonces, hace más de 60 años, Angelina es una artesana de las hallacas.
—Yo fui la mujer que hizo la primera hallaca hatillana, aquí no hacían hallacas, no sabían. Hacían muchos bollitos; pero hallaca-hallaca, no.

III
Desde la casa número 4 de la calle 2 de Mayo, y a escondidas de su esposo, Angelina empezó a hacer hallacas y a venderlas en las bodeguitas de El Hatillo.
—Me casé con un hatillano de pueblo arriba —de la plaza pa’rriba—, que era de la “jai”, pero de la “jai” pobre. Él no quería que yo trabajara porque pensaba que iba a descuidar a los hijos, pero los niños no necesitan solo cuidado, mijo.
Con el apoyo de Socorro Coronado, una vecina a la que Angelina asistió de partera, vio en las hallacas una oportunidad. Le enseñó los menesteres de hojas, moliendas, masas, guisos y emprendió su aventura.
El negocio floreció de tal manera que se transformó en la épica de una familia y en un oficio heredado por hijos y nietos, que trascendió los muros de un hogar y contagió a vecinos de una calle entera en la que hoy –muchos años después–, cinco familias y tres generaciones –los León, los Coronado, los Purroy, los Montilla y los Torres– viven del comercio de la hallaca y sus derivados.
Carteles y avisos en puertas y ventanas anuncian venta de hallacas, masa de maíz pilado, masa blanca y preparada, hojas limpias y sin lavar, bollitos y guisos, productos que dan fe de un rico legado.
Angelina abre la puerta y se para bajo el umbral. Saluda a la gente que pasa, hace señas a una señora que divisa a lo lejos en un ventanal y sonríe.
—Esta es una calle con gusto.

IV
En una vieja mecedora de madera se sienta Angelina. Se mece despacio mientras conversa. Una mirada dulce y sonrisa amable delinean su rostro de abuela bondadosa.
Aretes y una cadena dorada con una pequeña cruz resaltan su tez trigueña. En sus manos laboriosas y abultadas de tantas faenas, lleva tres anillos, de brillantes y piedritas azuladas, en el dedo anular y otro plateado en el meñique de la mano izquierda, dos más en el dedo medio y tres en el anular de la derecha. Sus uñas pintadas lucen blancas florecitas.

V
Sentada frente a la peinadora, Angelina mira un portarretrato ocre con la foto de Ramón León, su difunto marido. Contempla fijamente la imagen, se le aguan los ojos y conversa con su esposo.
—“Hola, novio”. Yo hablo con él todos los días. Tan bonita su sonrisa, chico. Era una persona muy amorosa y buena.
Sobre la cama, un cuadro de la Virgen del Carmen y una repisa con José Gregorio, el Nazareno de San Pablo, Santa Lucía y un crucifijo de plata protegen a Angelina.
En la columna derecha, al lado de una mesa de noche convertida en altar, a lápiz y a tinta, hay anotaciones desordenadas de teléfonos y algunos encargos de hallacas; el trazo indica que fueron apuntados con premura y evidencian que para Angelina la pared de su cuarto también es su libreta.
Angelina se recuesta sobre su cama de cubrecama azul claro bordado de flores rojas, verdes y amarillas y espaldar de madera. Escapularios y rosarios cuelgan del borde.
—Aquí descanso un poquito. Acá están mis cositas.
Un mundo de fotos antiguas, ungüentos, potecitos, estampitas, mentol, cofres, cremas, alcanfor, remedios caseros y pastillas separan las gorras de béisbol de Ramón y un cucharón de madera de la Rosa Mística que reposa en una repisa esquinera.
Se frota las manos con una crema. Recuerda que cuando se casó, su esposo le contaba los cayos que tenía por tanto pilar con el pilón.
—Andrés, mi hijo, lo heredó, conserva ese pilón en su casa de San Carlos, está ruyiddiiiito.

VI
Al subir las escaleras la casa se transforma en una pequeña fábrica. Un gran espacio de paredes blancas, techo de acerolit y varios tragaluces es el laboratorio de Angelina y sus ayudantes.
La primera estación la marcan cuatro grandes reverberos de gas que hacen de fogones, un entramado de hierros cuyas candelas abrazan los calderos donde se sofríen aliños, sancochan carnes, preparan guisos, onotan aceites y cocinan hallacas.
Cinco molinos de hierro dan fe de una brega sin duda quijotesca. El maíz blanco pilado lo traen de Coche, en otros tiempos provenía de los conuqueros de San Andrés. En época de zafra, de octubre a diciembre, la molienda no se detiene.
—Aquí molemos el maíz, cuando están prendío suena tan, tan, tan, tan, tan. El primer molino lo mandó a hacer mi esposo hace 40 años con un herrero de La Unión. Se llama “el solitario”, aunque le digo “solito”, es el más chiquito y al que más cariño le tengo.
Frente a una vieja balanza de peso, marca Balven, una gran mesa ovalada de rattan es la estación principal. Aquí está la base de operaciones de Angelina.
Reposan allí pilas de hojas de cambur ya limpias, pañitos con dibujitos de honguitos rojiverdes, tablones de picar, cuchillos, un pabilo suelto enredado en una secuencia de hileras.
Al fondo sobre un largo mesón de cemento con una cortina de faralaos se apilan algunas pacas de Harina PAN, sacos de azúcar, cajas de aceite Mavesa y garrafones azules que contienen manteca.
Angelina curucutea en un antiguo estante de madera oscura sobre el que hay una cruz de listones hasta que consigue el utensilio buscado. Se para en el medio de aquella factoría, agita las manos con un cucharón batuta y dice:
—Estamos listos.

VII
No hay receta secreta para Angelina. Su placer verdadero es enseñar.
—Hay que trasmitir lo que se sabe porque esto debe continuar. Cada uno le dará un sabor especial.
Se muele el maíz pilado previamente lavado y cocinado, primero se le agrega agua y sal, luego caldo de gallina, manteca con onoto, un toque de azúcar, un chorrito de vino y se amasa hasta obtener el punto ideal.
En una ponchera roja las manos veteranas de Angelina se sincronizan en un movimiento continuo cuya presión logra una masa perfecta y lisa. Luego hace unas bolas uniformes que amontona en una bandeja naranja con total simetría.
—El secreto de una buena masa es que ella no se “colta”, no se abre, pues, y te queda suavecita. Uno va amasando y amasando, se le va echando consomé o manteca hasta que quede así.
VIII
Cebollín, cilantro, ajoporro, cebolla, ají dulce y pimentón picaditos en aceite achotado.
—Tomate, sólo un poco para que dé el punto ácido pero no empiche.
Se sancocha la carne de res y la carne de cerdo.
—Se pica bien picada, en cuadritos ni muy grandes ni muy chiquitos. Que no se vaya a esguañangá. Se agrega al sofrito y se pone a cociná.
La gallina se cocina aparte, se une con los adornos al momento de colocar el relleno sobre la masa.
Con una cuchara Angelina menea el guiso, crea una alquimia de la que emerge una explosión de olores.
Un poco de vino da el toque dulzón. Si el cliente quiere un punto dulce adicional, entonces Angelina le agrega una ralladita de papelón.
Sólo Angelina prueba el guiso, jamás con la mano sino con su paleta de madera.
—Le pruebas la sal, vas sazonándolo y acomodándolo. Ese guiso se cocina hasta que hace bastante espuma, después que hierve tienes que esperar como una hora y media y lo dejas reposar.

IX
En una bandeja de aluminio clasifica en orden los adornos que coronarán el guiso: aceitunas, pasitas, tiritas de pimentón, aros de cebolla y trozos de gallina o pollo. Las alcaparras, lavadas, se las pone directamente en la cocción del guiso.
Las hojas vienen de Quinta Crespo. De ese otro proceso se encarga el hijo de Angelina, Luis Eduardo o “Cara ‘e Mango”, quien las lleva a un galpón, las limpia, las corta y las trae ya listas para usar.
—Mis hallacas llevan una hoja grande, una chica y la faja, van fajaditas.
Las manos prodigiosas de Angelina envuelven la hallaca en un bultito impecable y con esmero la amarra con pabilo, dos hilos verticales y dos hilos horizontales. Donde hace el nudo culmina con un lacito lo que le da su estilo.
—Debe quedar bien acomodaíta para que no se vaya a esbaratá. Tensa, mas no apretá.
Las pone a cocinar en agua o al vapor.
—Después que está hirviendo el agua con fundamento, las dejo una hora. Le pongo un poquitico de hojas encima pa’ que no borulle. Chico, esto ya está.

X
Un haz de luz traspasa desde una escalinata que da a la azotea, ilumina el rostro y las manos de Angelina justo al momento de terminar las hallacas. Con ese halo divino Angelina parece un ángel.
Al fondo del mesón, en un cartel de marco rojizo y bordes de mariposas, Angelina lee la frase: “Quien tiene magia no necesita trucos”. Eso es lo que tiene Angelina en su sazón, magia.

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