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Antonio y Giovanna se conocieron hace más de 60 años y todavía disfrutan de caminar tomados de la mano. Llegaron al puerto de La Guaira como tantos migrantes europeos que escapaban de la Segunda Guerra Mundial y se arraigaron en Macuto y en sus caminerías frente al mar. Tantas cosas han pasado desde que él llegó para curarse una herida a la farmacia donde trabajaba ella. Una historia de amor con acento italiano contada por Nadeska Noriega

Fotos álbum de familia Petricca Silvestri

Antonio Petricca se cortó la mano mientras manipulaba una maquinaria pesada en una compañía de construcción donde trabajaba como obrero. Era su primer empleo en La Guaira, y no hablaba español para hacerse entender.

La herida era profunda y sangrante.

—Por segundos no supe qué hacer. Recordé que otro amigo del trabajo había dicho que había una chica que atendía en una farmacia y hablaba italiano. Entonces me fui para allá —recuerda Antonio. 

Entonces tomó su moto y llegó a la farmacia “Macuto”, para que la dependienta, la que hablaba italiano, lo ayudara. Allí vio por primera vez a Giovanna quien le dio los primeros auxilios, pero fue poco lo que pudo hacer en la farmacia. Le dijo que la herida ameritaba sutura y lo mandó a la emergencia de un hospital, el Periférico de Pariata.

Antonio le agradeció, pero quedó intrigado con esa paisana italiana que nunca le sonrió mientras le curaba. Se las ingenió entonces para aprender a hablar español y para coincidir con Giovanna, la chica italiana de la farmacia.

Él tenía 25 años y ella 17.

—La vida siempre te da caminos para salir adelante, aunque tú des todo por perdido. A mí me deparó una vida plena. La oportunidad de ser feliz llegó cuando y donde menos lo esperaba —dice Antonio, con ese acento extranjero marcado, que no ha perdido con los años.

Para ella no fue amor a primera vista. Pero Antonio tenía el don del verbo.

—No se da por vencido. Se aferra a su propósito, a pesar de los obstáculos. Lo aplicó desde niño y le sirvió para conquistarme y labrarse el futuro —dice Giovanna.

Todavía hoy, 63 años después, se sienten afortunados por haberse encontrado en aquellos días de la posguerra mundial, después de atravesar el océano Atlántico y muchos sinsabores para coincidir frente al mar caribe venezolano.

***

Antonio todavía recuerda el sonido de los motores de los bombarderos alemanes cuando pasaban por su pueblo, Montecasino, un caserío de montaña a dos horas de Roma, la capital italiana.

Pero no solo era un paso aéreo. Las tropas alemanas en su invasión a Italia usaban Montecasino como un lugar estratégico para el traslado de sus milicias. Antonio vivía en una zona de guerra.

A sus nueve años, ya era huérfano de madre. Su padre era un activista contra el líder fascista Benito Mussolini, por lo que pasaba largas temporadas preso. En lugar de juegos infantiles, Antonio debía cuidar de sus dos hermanos menores.

Era un pequeño andrajoso que iba a casa de familiares por ayuda, mientras caminaba por una calle repleta de cadáveres de quienes se oponían a la fuerza alemana invasora.

—Crecí viendo los fusilamientos en la plaza. Por eso doy tanto valor a la vida. Es lo único que no se recobra.

Dentro de la inmadurez propia de la infancia, Antonio sabía que su único objetivo debía ser mantenerse con vida. Y lo logró.

—Sobrevivimos comiendo sobras del cuartel. Esquivando el miedo. Recibiendo golpizas sin causa alguna. Fueron tiempos duros, que no se olvidan.

Lo dice y suspira.

El padre de Antonio volvió a casarse con una mujer de su pueblo, Erminia Venditti, que se convirtió en una especie de hada madrina para el joven y sus dos hermanos, a los que se sumaron otros dos hijos de la nueva pareja.

Fue testigo de la caída de Mussolini, de la ira de un pueblo que decapitaba estatuas, de la pobreza extrema, del alto costo que pagaba la Italia de posguerra.

A pesar de todo logró graduarse de contable y trabajaba en un banco.

—Pero no tenía futuro. Todo era muy difícil. Mis amigos habían emigrado y me escribieron cartas desde Venezuela, el país de las oportunidades.

Su padre, Augusto Petricca, no quería que se marchara. Él le prometió volver en dos años, trabajar duro para regresar a su Italia natal. Su madrastra le compró un boleto marítimo con sus ahorros, en clase económica, para que Antonio cruzara el océano. 

El 30 de abril de 1953, desembarcó en el puerto de La Guaira. Un amigo del pueblo le había conseguido un empleo como obrero, en una empresa en la zona costera de Venezuela, en la parroquia Catia La Mar del entonces Departamento Vargas.

Con los amigos, Antonio frecuentaba el caribeño Paseo de Macuto, donde había muchos restaurantes italianos para sentirse un poco en casa. La fortaleza que se hizo sustento para sobrevivir los rigores de la guerra y la miseria, se incrustó en la genética de este italiano, lo que le permitió iniciar cada trayecto de vida siempre con esperanza.

—Esa esperanza se hizo real cuando encontré a Giovanna.

***

Giovanna Silvetri Massi nació en 1939, en un pueblo llamado Assab, en Eritrea, un país en las costas del noreste de África, una colonia italiana para la época, donde el calor puede alcanzar los 45 grados centígrados en la sombra.

Su padre, el italiano Luigi Silvestri, era un militar experto en artefactos explosivos que fue enviado en 1937 como parte de la custodia de las colonias en ultramar. Su madre, Placidia Massi, llegó tras su marido a África un año después, en compañía de su hija mayor, María Teresa.

Al declararse la guerra, el padre de Giovanna decidió solicitar la baja del ejército. Su vida de civil comenzó con un negocio familiar, un restaurante que bautizaron con el nombre de Miramare, frente al mar, en italiano.

A pesar de estar en el continente africano, los rigores bélicos de la Segunda Guerra Mundial alcanzaron a los Silvestri Massi. Debieron huir, trabajar duro y hacer lo imposible por cuidar de sus hijas. En medio de aquellas penurias, la madre de Giovanna estaba embarazada de su tercera hija.

Los ingleses llegaron a Assab. Giovanna y su familia fueron llevados a un campo de concentración llamado Amaressa. Allí nació su hermana Bruna. En ese campo vio a su madre despedir, frente a una cerca de alhambra, a su padre que fue detenido, pues su nombre aún aparecía en la lista de los militares activos.

Giovanna tenía apenas cinco años cuando sintió el duelo de la separación. Viajó de regreso a Italia en barcos humanitarios enviados por el Papa Pío XII para rescatar a los italianos desterrados de Eritrea.

—Mis recuerdos son como imágenes sueltas, porque era muy pequeña. Pero si recuerdo a mi madre explicándonos lo que pasaba. El único modo de entender lo que vivíamos, era conociendo los detalles —cuenta Giovanna.

Durante los siguientes cinco años, el padre de Giovanna fue un prisionero de guerra. Cuando regresó a casa, ni sus propias hijas le reconocían. Giovanna no entendía el por qué, pero su padre no estaba feliz.

—Lo más difícil de esos años, además de la ausencia paterna, fue acostumbrarme al frío del invierno en Ascoli Piceno, la ciudad amurallada más vieja de Roma, donde vivíamos.

En 1949, Luigi Silvestri, el padre de Giovanna, decidió emigrar a Venezuela. Sus primos y parientes estaban en el negocio de pensiones y restaurantes, y le tendieron una mano. Dos años después, mandó a buscar a su esposa y sus tres hijas.

Giovanna no quería dejar a sus amigos y su estabilidad en Italia. Pero la decisión estaba tomada. Aprendió desde entonces sobre el desapego, para sortear el duelo por los cambios imprevistos.

Y a los 12 años debió empezar en un nuevo país. Con otro idioma y un nuevo clima. Lo que más le gustó era estar cerca del mar, como en su África natal.

—En Macuto me sentí feliz, pero no quería encariñarme. Tenía miedo que otra vez tuviéramos que irnos.
Era una joven seria y de carácter férreo. Esa formalidad y sensatez la llevaron al empleo que la marcaría: asistente de farmacia, no solo porque frente al mostrador conocería al amor de su vida, sino porque la farmacia sería la carrera que le daría trabajo y prosperidad, por más de 40 años.

Giovanna es un nombre que olvidan muchos clientes en la farmacia macuteña. Entonces, en un guiño con el Caribe, se transformó en Juanita, el nombre con el que muchos la conocen.

Juanita, la de la farmacia en Macuto, la que habla dos idiomas, la de escasa sonrisa.

—Sonreír se hizo más fácil cuando encontré a Antonio.

***

Después de que sanara su herida en la mano, de regreso a la barraca de la empresa para la cual trabajaba, Antonio le contó a sus amigos Giovanni Palazzese y Tonino Galante, lo que le ocurrió en la farmacia. Y de esa chica que lo cautivó, que aunque era paisana, se portó seria y lejana.

Giovanni le comentó a Antonio que sabía de quién le hablaba. Giovanna era la hermana de Bruna, la joven que él cortejaba.

Entonces le pidió a su amigo que lo llevase con él cuando fuera a visitar a Bruna. Quería ser presentado con Giovanna y así sucedió.

Comenzaron a salir, recorrían el Paseo de Macuto, la caminería frente al mar que frecuentaban los enamorados en la década de los 50.

Placidia Massi, la madre de Giovanna, que conocía los rigores de estar en un país ajeno, les permitió a las hijas que invitaran a los jóvenes migrantes a su casa. No quería habladurías en el Paseo de Macuto.

Giovanna y Antonio se hicieron novios y durante dos años de romance ella se formó para dar mejor atención en la farmacia y él pasó de obrero a empleado. Antonio no solo conquistó a Giovanna, sino a sus cuñadas y su suegra, quien se convirtió para él en otra madre.

El 26 de abril de 1958 Antonio Petricca y Giovanna Silvestri se casaron en la iglesia de Macuto. Y desde ese día han estado juntos, en las buenas y en las malas. Él también comenzó a llamarla Juanita.

—Él siempre tiene una palabra oportuna y cuando uno se siente sin fuerzas o apagado, él dice que si nosotros enfrentamos tanto y logramos lo que nos propusimos, uno debe seguir adelante. Y eso lo aplica para el trabajo, la familia y el país —dice Giovanna.

Han estado juntos en el nacimiento de cada hijo: María Antonietta, Sonia y Augusto. Construyeron una casa propia, la misma que aún habitan y levantaron un negocio próspero, la famosa Farmacia Los Cocos, que estuvo por más de 30 años en los locales externos del Hotel Macuto Sheraton en Caraballeda y por otros quince en la urbanización Caribe, siendo un punto de referencia obligada en el litoral central venezolano.

Han permanecido juntos para recibir a su único nieto Wilson Antonio. Juntos para alegrarse por el nacimiento de sus bisnietas Aria Francesca y Alessia Rose. Juntos en las videollamadas que hacen a diario, pues ahora son ellos los que desde su hogar en Caraballeda han despedido a dos hijos y al nieto, que son parte de la diáspora venezolana.

Uno al lado del otro para enfrentar la tragedia de Vargas en 1999, la catástrofe natural más grande que se registró en Venezuela en un siglo, y quedarse para ser parte del proceso de reconstrucción, aunque el entorno de su vivienda y el local de la farmacia, se vieron severamente afectados.  —Vivimos sin agua y sin luz, pero no quisimos abandonar nuestra casa. Y las deudas del negocio las enfrentamos hasta saldarlas. Eso no era lo más importante. Lo más importante es que estábamos el uno con el otro y estábamos bien —reflexiona Antonio.  Años después, Antonio y Giovanna decidieron que era la hora del retiro. La crisis obligaba el cierre del negocio familiar y llegó el momento de dedicarse a una etapa más sosegada y a cuidar la salud de ambos. Todavía les gusta caminar tomados de la mano, como lo hacían en la época dorada del Paseo de Macuto.
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