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Foto Alejandro van Schermbeek / AVS Photo Report

En un sitio de oscuridad y encierro el rugby penitenciario es un camino de liberación en la vida de muchos hombres. El deporte genera un ambiente de disciplina y valores que disminuye la violencia y se convierte en un acto de redención. Esta es la historia de Jorwin y Larry, los entrenadores que dejaron atrás un entorno violento al conseguir su nueva vocación

Los alcatraces aparecen uniformados en la cancha de concreto. Deberían jugar en un campo de grama, pero aún no existen esos lujos aquí. El entrenador da la orden de formar a cinco jugadores en una línea para comenzar a practicar los pases. En el rugby, esto se hace hacia atrás: le dan el balón al primero de izquierda a derecha y éste debe pasarlo a su compañero y así sucesivamente. Luego corren al otro lado de la cancha del Centro Penitenciario de Aragua, mejor conocido como Tocorón.

Sí, la escena sucede en una cárcel de alta peligrosidad. Y el equipo lo integran varios reclusos que visten calzado desgastado por tanto roce con el cemento. Lucen emocionados mientras entrenan con el balón ovalado y han aprendido —son como 50 jugadores en la práctica— a ser disciplinados cuando llega la hora de entrenar rugby. Trotan. Se estiran. Corren.

Es jueves y como cada semana, es día de rugby en Tocorón. Los dos entrenadores, Jorwin Contreras y Larry Brito, están de visita para dirigir el entrenamiento. Lo paradójico es que Jorwin estaba hace dos años interpretando el rol contrario, el de atleta penitenciario. Estaba recluido.

El juego de hoy se desarrolla en uno de los 18 centros de reclusión que participan en el Proyecto Alcatraz, una iniciativa social y deportiva en la que entrenan 700 privados de libertad en 10 estados de Venezuela.

Cortesía de Fundación Santa Teresa

Jorwin, a sus 29 años, ha estado preso en tres oportunidades. Pero eso quedó atrás. Ahora hace equipo con Ana Laura Jiménez, la psicólogo que lleva tres años trabajando con jóvenes que tienen problemas de conducta dentro y fuera de las cárceles. En un país en el que según el Observatorio Venezolano de Prisiones la población recluida asciende a 46.775, la demanda de trabajo de los alcatraces es alta.

El primer cambio. Fragmento: Ana Laura Jiménez

Según la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH) en las reglas mínimas de trato de un recluso se establece que tienen derecho al ejercicio físico, pero esto no significa que en los centros penitenciarios existan las condiciones idóneas para practicar deporte. Tampoco hay mucha motivación entre los reclusos para ejercitarse. Pero con el rugby pareciera romperse ese hábito: los primeros cambios de los reclusos una vez que se inician en el juego comienzan a notarse de inmediato.

—Lo primero son ganas de salir de la celda o de la letra donde viven muchos de ellos en el nivel de depresión o de anomia. 

Para Jorwin su padre siempre fue su ídolo y cuando murió fue un golpe muy duro para él. Desde ese momento no le importó más nada en la vida. Su padre le enseñó el oficio que ama, el de electricista. Una de las anécdotas que más recuerda es que después de la tragedia del deslave en el estado Vargas, en diciembre de 1999, lo acompañó a trabajar en restablecer el cableado que suministra electricidad a la zona costera. 

—¡Imagínate! para mí fue lo máximo trabajar junto a mi héroe, mi padre, en mi pasión: la electricidad.

Foto Alejandro van Schermbeek / AVS Photo Report

Con lo recaudado de este trabajo, a los 11 años, Jorwin se compró su primera moto. Lo dejaron tenerla por sus buenas calificaciones escolares. Su primera vez en prisión fue cuando cumplió 16; estuvo detenido por burlarse de un policía y terminó en un retén de menores, de donde logró salir a los 30 días justo para su graduación de bachiller.

A los 18 años fue encarcelado por segunda vez, por lo que él describe como una broma pesada que se salió de control y terminó en el Internado Judicial del Rodeo II, en el estado Miranda. Estuvo rodeado por bloques de concreto de los que Jorwin sabía que no escaparía tan pronto. Allí pasó dos años y al salir los reclusos tienen un ritual: hacerle la cruz al penal para evitar volver tras las rejas. 

Jorwin recuerda que al poner un pie más allá del portón siguió la tradición, se volteó y le hizo la cruz a la prisión. Pero a los tres días de cumplir un año en libertad cayó nuevamente detenido. Esta vez en Tocorón.

Foto Alejandro van Schermbeek / AVS Photo Report

Allí, un día casi por azar, “gracias a Dios”, como él dice, conoció el rugby y fue uno de los fundadores del equipo penitenciario. A los meses de practicarlo recibió la visita del equipo de Proyecto Alcatraz, quienes lo invitaron a participar en el primer festival de rugby penitenciario en la Hacienda Santa Teresa, en el Consejo, en los valles del estado Aragua. 

—En ese torneo yo anoté el único try que recibió el equipo de la casa, Alcatraz Rugby Club. Pero para mi sorpresa, al abrazar a mis compañeros luego de la anotación, levantaron en hombros a otro miembro del equipo por error y la prensa reseñó que fue otro quien logró anotar. Yo fui el anotador de corazón.

Jorwin recuperó nuevamente su libertad en 2016, y esta vez sería diferente. Se prometió cambiar. Le surgió una oportunidad que no desaprovechó: jugar rugby con Carontes Rugby Club y consiguió un trabajo en el departamento de tierras de la Hacienda Santa Teresa, donde estuvo por dos años.

No hay ningún favorito. Fragmento: Jorwin Contreras

Luego recibió una propuesta que sería su llave de transformación definitiva. La gerencia de Proyecto Alcatraz lo invitó a formar parte del grupo de trabajo penitenciario. Su rostro revela emoción y orgullo:

Me ofrecieron ser entrenador en el sitio en el que el rugby me hizo libre, en los penales.

Para Jorwin enseñar a volar a otros a través del rugby más allá del encierro es un apostolado con el que se siente comprometido. Para él, todos los penales y equipos penitenciarios son espacios de liberación gracias al deporte que enseña.

Foto Alejandro van Schermbeek / AVS Photo Report

Todos, no hay ninguna excepción. A pesar que Tocorón R.C es la casa en donde me nació esta pasión, y mis hermanos están allá. Aunque comencé como entrenador de rugby penitenciario, no se me permitía ir a ese recinto.

Por lo general el rugby llega primero a las prisiones antes que Alcatraz. Se va pasando o cultivando de manera informal. Quienes lo practican y son trasladados a otros centros de detención conforman un nuevo equipo o difunden sus reglas y valores en otros detenidos. Luego Proyecto Alcatraz detecta las posibilidades y hace una visita con un equipo central conformado por entrenadores, psicólogos y gerentes para formalizar el proceso de integración al programa.

Foto Alejandro van Schermbeek / AVS Photo Report

Al entrar en Tocorón el olor en el ambiente es tan penetrante, que queda tatuado en las fosas nasales. Imposible de olvidar. Y cada jueves, cuando llegan los entrenadores uniformados de Alcatraz, ese aroma por momentos se desvanece. La mente y el cuerpo se distrae con algo más amable. 

Los jugadores son jóvenes que tienen serios problemas de conducta, cuyos cargos penales suelen resultar de ser muy agresivos, comenta Ana Laura Jiménez, la psicóloga de Alcatraz. 

En ese monstruo que es la prisión se les dibuja una sonrisa en el rostro apenas ven llegar a su entrenador un día de práctica.

En las actividades psicoeducativas de Alcatraz trabajan varios aspectos para combatir la “prisionalización” —como se conoce al efecto del desarraigo o ruptura con el mundo exterior— para que los atletas mejoren su comportamiento y sus habilidades sociales y psicológicas. Entonces, se produce una liberación emocional: comienzan a dar muestras de afecto, abrazos, regalos de artesanías. Demostraciones que no son permitidas en ese entorno hostil porque es una vulnerabilidad, es parecer débil ante los otros. Los reclusos tienen que ser fuertes en su ambiente. Por este motivo los momentos compartidos con el equipo de la práctica del rugby y en los espacios relacionados con Alcatraz se convierten lugares seguros para expresarse con distensión y ser quienes son realmente.

Jorwin da fe de este cambio cuando es recibido en los centros de reclusión. Los hombres poco a poco se transforman en atletas, lo que se nota en sus cuerpos definidos, lo reciben con una alegría insospechada.

—Yo lo asemejo de la misma manera a como nos reciben nuestros niños al llegar a casa, después de culminar nuestro horario laboral.

Los jugadores de rugby penitenciario se convierten en una hermandad dentro de los centros de reclusión. La mejora en el comportamiento es notable y los niveles de violencia disminuyen.

Tocorón fue el inicio. Fragmento: Larry Brito

—Yo nunca he recibido una agresión de un privado de libertad —dice Ana Laura.

Esto es revelador en un ambiente de gran conflictividad. El Observatorio Venezolano de Prisiones muestra una cifra contundente: desde el año 1999 hasta la fecha han muerto por violencia 7.270 personas dentro de las cárceles venezolanas.

A Larry Brito este número le retumba en la cabeza, pues su hermano perdió la vida por involucrarse en el mundo de la delincuencia. Es el menor de nueve hermanos y desde muy pequeño le tocó sacar adelante a su familia.

A los 14 años trabajaba en el campo para ayudar a su mamá y logró que la situación económica mejorara en su hogar. Amante de los deportes, Larry recuerda que esto lo mantuvo alejado de las drogas y las bandas delictivas que lo rodeaban.

Cortesía de Fundación Santa Teresa

Su hermano, por el contrario, no pudo escapar de esa realidad. Él estuvo recluido en Tocorón y Larry menciona que nunca lo quería visitar, porque había jurado que no pisaría la cárcel. Tenía miedo de visitarlo, sin saber si la siguiente semana lo encontraría vivo o muerto. En aquél entonces había un enfrentamiento entre los reclusos y las autoridades.

Dije que nunca iba a entrar a un centro penitenciario, ni tampoco visitar a mi hermano, no sabía si al salir no lo volvería a ver. 

A pesar de que tuvo un juicio justo y el hermano de Larry salió en libertad en el año 2015, siguió en el delito. Por esa razón perdió la vida, dejó a su familia en un profundo dolor. Según Larry no aprovechó la segunda oportunidad al quedar libre.

Esto fue una motivación para que Larry se aferrara al rugby. Quería devolverle la sonrisa a su madre. Ese mismo año quedó campeón con su equipo Alcatraz Rugby Club y viajó con la selección nacional de rugby al suramericano de la disciplina en Lima, Perú.

Pero la vida da muchas vueltas. Le ofrecieron ser entrenador de rugby penitenciario de Proyecto Alcatraz. De prometerse no entrar más nunca a una prisión, por la historia de su hermano, aceptó trabajar en lo que considera hoy su mayor pasión. Esa convicción de no pisar un penal quedó en el pasado.

Foto Alejandro van Schermbeek / AVS Photo Report

Si tengo algún otro compromiso y no puedo asistir a los centros de reclusión, extraño ir y ver a los muchachos.

Es así. El desafío de entrar a Tocorón quedó atrás. Ahora pasa cinco días a la semana en prisión y se esmera porque sus entrenamientos sean dinámicos y divertidos. 

—Mientras los entreno, les insisto en que se mantengan enfocados en el objetivo que se quiere lograr.

Al ser recibido por los jugadores, los abrazos van y vienen. 

—Siento una satisfacción enorme porque veo que, así como el rugby y Proyecto Alcatraz, cambiaron mi vida a través de esta disciplina deportiva, yo estoy logrando lo mismo con cada uno de estos jóvenes y eso para mí es algo único. 

El cambio no solo ocurre en los detenidos. Los entrenadores también pasan por una transformación importante. La psicóloga puede notarlo en aquellos que como Larry tienen más tiempo en el proyecto. 

—Mejoran sus capacidades técnicas y el manejo de los grupos, además de sus características personales positivas y desarrollan empatía y comprensión.

Al darles acompañamiento psicológico en su rol de entrenadores también aprenden a responder en situaciones de riesgo. 

Foto Alejandro van Schermbeek / AVS Photo Report

—El cambio más evidente que puedo notar es el sentido humanitario y de pertenencia que tienen. Crean vínculos. En cada penal que visitan son líderes que inspiran, pero más aún su amor a este deporte los ha llevado a hacer familia en cada centro.

Para Jorwin no es fácil dejar a los que hace un tiempo eran sus compañeros y vecinos de celdas. 

—Me cuesta dejarlos, pero me voy con una gran satisfacción porque sé que hago bien mi rol y lo noto en su desempeño.

Larry considera que está sembrando en ellos algo que les servirá para toda su vida. 

—En cada entrenamiento, en cada visita veo que estamos logrando ese gran cambio en cada uno de ellos para que luchen por un futuro mejor. Y demuestren que no importa qué tan grande sea el obstáculo, solo tenemos que creer en nosotros y en nuestras fortalezas para ser un ejemplo a seguir.

Al finalizar la práctica de hora y media y la charla de valores —disciplina, respeto, trabajo en equipo, humildad y espíritu deportivo— los jugadores unen sus manos, lanzan un grito de guerra y estiran los brazos hacia el cielo. Al salir de la cancha de concreto vuelven a su encierro entre cuatro diminutas paredes. Se quedan, eso sí, con la convicción de encontrarse un poco más cerca de la libertad.

Foto Alejandro van Schermbeek / AVS Photo Report

Este trabajo fue producto de la segunda cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de mayo a julio de 2019.

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