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Zoila se mueve con dificultad, por momentos se paraliza y sus manos y pies envejecidos se entumecen. Son las consecuencias de la artritis que padece, pero a pesar de las afecciones que la limitan, ella enfrenta su condición. Un trabajo íntimo que retrata en blanco y negro el día a día de esta mujer y sus rutinas en soledad, pero que también revela las huellas de una enfermedad que como gota sobre piedra deteriora lentamente su cuerpo. 

Les presentamos una fotocrónica de Briggileet Loaiza que dibuja entre luces y sombras, en imágenes y texto, el perfil de Zoila y nos relata su historia.

Un trabajo producto de nuestro Diplomado HQL.

A Zoila el frío de un día lluvioso le paraliza las articulaciones. Cuando camina lo hace al ritmo de las manecillas del reloj. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Más de veinte son los pasos desde su habitación hasta la puerta principal.

El frío tortura con toques eléctricos sus huesos que van en aumento hasta explotar en sus articulaciones y quebrarlas.

Años atrás la conocían entre sus amigos como “la hormiguita. No había lugar donde estuviese quieta, siempre haciendo algo, incluso ganaba en agilidad a muchos que tenían la mitad de su edad. Pero hay algo que nunca se detiene: el tiempo.

Zoila no mide más de un metro cincuenta, su piel moldea sus venas y se pega a sus huesos haciendo de su cuerpo un paisaje en relieve de millones de memorias.

Pasa mijita me dice tomando la delantera en el camino hasta su puerta. Levanta primero una pierna y luego se esfuerza arrastrando la otra, no puede flexionar la rodilla izquierda, y justo al hacerlo la expresión de su rostro cambia. Lleva días sin salir de casa, el clima frío y lluvioso no le permiten salir.

Esto es solo parte de la vida dice sonriendo forzadamente y ofreciendo una taza de café recién colado.

Zoila vino de Ecuador a Venezuela hace 42 años, y desde entonces nunca ha vuelto a su país de origen.

Aquí está todo lo que tengo y amo —afirma con convicción.

Hoy tiene 74 años y padece una enfermedad crónica llamada artritis reumatoide, una condición que afecta el sistema inmunológico y provoca que el cuerpo ataque sus propios tejidos afectando las articulaciones, sobre todo manos y pies.

En las articulaciones se unen los huesos para permitir el movimiento. En ellas hay membranas de un líquido gelatinoso que sirven como amortiguadores y no permiten que los huesos tengan contacto entre sí, pero con la artritis reumatoide se pierde la función de las articulaciones y el esqueleto comienza a deformarse.

Ella sobrelleva un trastorno autoinmune que surge cuando el sistema ataca por error a los propios tejidos del organismo y a las células sanas que conforman las articulaciones.

Zoila necesita una aspirina llamada Arava, ésta detiene los anticuerpos que luchan dentro de su organismo. Hace lo posible para tomarla un día de por medio por que no tiene suficientes para cumplir con la receta médica completa, la toma junto con la Prednisona, un medicamento que junto a la Arava la ayudan a disminuir la inflamación.

El día que no ingiere la pastilla intenta hacer el menor esfuerzo físico posible, aunque es por las noches en su habitación cuando no soporta el dolor.

La Agencia Europea de Medicamentos dice que este fármaco contiene el principio activo leflunomida, un inmunosupresor que reduce la inflamación al disminuir la producción y multiplicación de células inmunitarias llamadas linfocitos. Esto contrarresta el avance de la enfermedad que poco a poco le resta funcionalidad al cuerpo de Zoila.

La Arava solo puede comprarse con prescripción médica, pero Zoila no ha podido adquirir este medicamento en Venezuela, son sus amigos extranjeros y otros venezolanos en el exilio quienes la ayudan con el medicamento que tiene un precio de más de 100 dólares americanos.

Por esta razón cuando se siente un poco mejor y sus articulaciones no están inflamadas ayuda con la limpieza, pero al siguiente día el esfuerzo físico y el contacto con el agua le producen un dolor tan fuerte que no puede caminar.

A veces le pido a Dios que no llegue la noche —no le tiene miedo a la oscuridad, ni a un animal nocturno, le teme al dolor en la soledad.

Con fragilidad en la voz y tratando de sentarse dice:

No puedo, no puedo hija. No puedo moverme. 

Hace unos días bajó arrastrándose las escaleras que separan su habitación del baño.

Zoila por las mañanas, después de un trozo de pan y una taza de café, toma sus medicamentos y vitaminas, pero durante dos horas y mientras actúan en su organismo, ella no logra moverse sin dificultad.

***

Manteniendo la mirada sobre un punto imaginario se acaricia la rodilla izquierda. Está inflamada. La mueve tan lentamente que casi es posible grabar el movimiento un cuadro por segundo.

Zoila camina al ritmo del segundero del reloj. Ella es parte del tiempo, no acelera ni se retrasa, solo camina junto a él.

Toma su propia mano y la lleva hasta el pecho donde la hace descansar.

Esta es la mano que más me duele. 

Su mano derecha parece mucho más grande que la izquierda por la inflamación y a medida que se hincha se tuerce y provoca que la muñeca y los nudillos crezcan de tal manera que no es capaz de sostener nada.

Zoila vino desde Ecuador con un compadre de su misma nacionalidad, y nunca ha regresado a su ciudad natal, Guayaquil.

Me fui de casa cuando tenía 15 años y nunca más supe de mi familia.

Escapó de un entorno familiar complejo, lleno de abusos y excesos. Luego de salir de casa vivió en las calles, hasta que amigo y compadre la animó a probar suerte en una tierra, en ese entonces, llena de oportunidades, Venezuela.

Se le escucha la voz quebrada pero no recuerda la última vez que derramó lágrimas, y reflexiona en voz alta:

Quizás estoy pagando lo que hice en el pasado, pero cuando llegué a Venezuela mi vida cambió. La gente me ayudó y se convirtió en la familia que nunca tuve. 

Ya no derrama lágrimas, pero llora en seco, su médico dice que puede ser alguna consecuencia de su condición.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete y seguiría siendo consciente del paso del tiempo, del tic-tac de las manecillas del reloj, de la flor marchita sobre el armario, del silencio, de la luz que entra por la ventana y de la muy suave respiración de Zoila mientras intenta apoyarse en su pierna izquierda.

Zoila no pierde la fe y la voluntad. 

Cuando el dolor es mucho, las oraciones deben ser más.

Este trabajo fue producto del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en su edición en línea realizada en alianza con el CIAP-UCAB, de marzo a junio de 2021.

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