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Desde el ventanal del apartamento donde le tocó confinarse en Madrid, Leoncio Barrios contempla cómo la vida transita por la acera. En estos quince días de encierro, al menos ese vidrio transparente le permide saludar, muy de vez en cuando, a algún peatón que pasa desprevenido. Aquí relata las escenas que se develan cuando abre las cortinas. Otro capítulo de nuestras #HistoriasDeCuarentena 

 

Fotos Daniel Segovia @darsegovia

Madrid, toda España, Europa, gran parte del mundo está en cuarentena desde hace semanas por la pandemia del Coronavirus. Las exigencias para evitar el contagio son estrictas: quedarse en casa y, si se sale, a metro y medio del otro. Yo he cumplido esas normas al pie de la letra. Aún así no he dejado de ver la calle ni un solo día. Apenas, en la noche, cuando cierro mis ventanas. 

El apartamento donde me alojo, transitoriamente, en Madrid, está a ras de calle. Eso me permite abrir las cortinas de los tres ventanales, de techo a piso, que rodean la sala-comedor y hallarme, prácticamente, en la calle. Los vidrios tienen seis milímetros de espesor. A esa distancia de mí pasan los pocos transeúntes en estos tiempos de confinamiento y distanciamiento social. Muchos ni se percatan de mi presencia a pesar de la cercanía.  

Frente a uno de mis ventanales un hombre cincuentón se detiene mientras su perro orina. Prende un cigarrillo y ve hacia el cielo como buscando piedad por lo que está pasando en la Tierra. Solo ve hacia el cielo. Nadie más pasa por un buen rato hasta que un joven gordo es llevado por su perro que olfatea, olfatea y acelera el paso.  Debe haber pasado una perra en celo. Una mujer que en otros momentos pudiera ser ejecutiva de una empresa, lleva medio rostro tapado con la mascarilla, solo ve hacia donde pudiera haber una amenaza de contagio y el camino a seguir. Nadie me mira al otro lado del vidrio.

La gente de Madrid me parece que tiende a ser reservada con la vida privada, a pesar de la pasión española por el cotilleo. Las ventanas y terrazas de casi todos los departamentos que se observan desde la calle suelen estar cerradas, aún con un esplendoroso sol. Este encerramiento no tiene que ver con el Coronavirus, pareciera más bien, deberse a razones estacionales, circunstancias políticas de otros tiempos, o, digamos, a la idiosincrasia española. Hay que impedir que el de afuera vea, se entere de lo de aquí adentro hay o sucede, es el mensaje.

Ese sentido de privacidad hogareña española tiene su contraparte: casi nadie debe ver hacia adentro de las casas ajenas así tengan las puertas y ventanas abiertas, o hacerlo solo a hurtadillas. Si el paseante ve hacia dentro, pareciera que se siente indiscreto, invasor.  

Frente al ventanal de la esquina, cruza una pareja joven con bolsas del supermercado. Ella me descubre. A pesar de yo estar escribiendo, sigo viendo por los ventanales. Un voyerista nunca deja de ver. Las miradas de ella y la mía se encuentran. Ella se asusta, acelera el paso hacia su pareja, no alcanza a ver mi gesto, mi sonrisa amistosa.

A mí, que vengo del Caribe, región de puertas francas, me gustaría que los paseantes vieran más al interior de mi departamento madrileño. Sería una forma de sentirme acompañado, con gente en casa, en estos tiempos de cuarentena y soledad, pero logro poco. En el andar apurado y preocupado de los transeúntes que huyen del Coronavirus hay menos probabilidades de que vean a través de mis generosas ventanas. 

Pero yo sí veo. En la acera de enfrente, debajo de donde alguna vez hubo un aviso que en forma esplendorosa anunciaba “frutos secos” y ahora es una sombra gris sobre el gris de la pared, una pareja de bastante edad saluda a una vecina. Los tres detienen el paso y se dicen algo. Seguro hablan sobre lo que estamos viviendo. No hay mucho que decir y, en pocos minutos, cada quien sigue su ruta sin saber que yo los vi.

Otros paseantes se sorprenden al descubrir un departamento, a ras de calle, con grandes ventanas y cortinas descorridas. Todo a la vista pública. En el medio de aquel espacio interno, amoblado, decorado exquisitamente, un señor, yo, en diálogo con el ordenador, el móvil, el televisor, un libro, la nada. La gente se turba si veo que ve. Ver o dejarse ver resulta amenazante, pudiera serlo, inclusive, más que el Coronavirus.

Madrid es una ciudad silente a pesar de sus casi 7 millones de habitantes.  Eso dicen quienes viven en ella y yo coincido. Usualmente, pocas bocinas de autos, motores de motos, nada de alta cilindrada, a diferencia de otras grandes ciudades.  Poco se oyen sirenas de bomberos, patrullas policiales o ambulancias. Bueno, así era antes. Ahora, con la emergencia sanitaria y el confinamiento, lo único que se oye a cualquier hora, en cualquier barrio de Madrid, es la sirena de una ambulancia o patrulla, da igual.  Suena a miedo.

Frente a uno de los ventanales pasa una señora de cuarenta y tantos, me ve frente al ordenador. Se extraña. Esto no es un espacio de coworking, nadie alrededor de mí. Se detiene un poco, la saludo con la mano pero con un gran vidrio entre ella y yo. Es la única forma de saludarse con la mano en estos tiempos del Coronavirus. Ella sonríe y me sorprende, yo sonrío y no se sorprende, sigue.

Cada día que pasa de la cuarentena menos gente cruza frente a los ventanales. Me amenaza el aburrimiento. Los pocos transeúntes llevan bolsa de supermercado o perros. Pasear mascotas y las compras de comida son de las pocas razones que las autoridades admiten para que camines por una calle de Madrid en tiempos del Coronavirus.

Por la acera, veo una señora muy mayor que debe ser vecina porque pasa siempre casi a la misma hora. Va y viene. Lleva dos perros, los más feos entre los que cruzan frente a mi ventana. Interrumpo el trabajo para pensar cómo hay gente que puede tener perros tan feos y sacarlos con todo desparpajo, aunque ahora, poca gente los vea. Pero sí, la hay. 

Con tanta variedad de perros paseantes he encontrado un pasatiempo: identificar la raza. Los labradores, dálmatas, golden, los shnauzer, salchichas son numerosos.  Hasta un ovejero, en pleno centro de Madrid, pasó frente a mi ventana. Me extraña ver pocos poodles, tan populares en mi país. Tampoco he visto a un perro pekinés. A lo mejor si alguien lo tiene, no los está sacando por lo de la xenofobia china después del Coronavirus. Otras razas me cuesta identificarlas. Son perros raros. Recuerdo que hay cruces de razas y razas exóticas. También que los hay bellos, bonitos y feos.  No sé qué sería de mi vida en estos tiempos de confinamiento si no pasearan tantos perros en Madrid. 

La señora de los perros feos pasa tan cerca del ventanal y mi silla está tan cerca del vidrio que estamos como a seis milímetros, uno del otro.  Ella parada mientras sus perros orinan o huelen algo y yo sentado frente al ordenador. Es ella quien inclina la cabeza en gesto de saludo y deja caer una casi sonrisa. Me alegro de que alguien me tome en cuenta, sepa que existo. Así sucede por varios días, a veces, varias veces al día.

La aparición en la televisión de representantes del equipo técnico gubernamental que vigila la epidemia, informa pero no calma mucho. Cada día más casos de Coronavirus, más confinamiento, más crisis, más miedo. Vamos por el día 19.

Un hombre treintañero, moreno, cruza la calle hacia uno de los ventanales de mi apartamento. Prácticamente se abalanza hacia el vidrio, pega el rostro lo más que puede, inclina la cabeza para ver más hacia adentro. Se esfuerza en ver más y más.  Trata de descubrir y no me descubre. Todo es muy rápido. No resulta amenazante, es casi cómico. El hombre sigue, aceleradamente, su camino.

Ahora soy yo quien se acerca al ventanal. Pego el rostro al vidrio lo más que puedo, inclino la cabeza para ver la calle más allá, a la izquierda, a la derecha, al frente. Veo una ciudad fantasmal. A lo lejos, diviso a una señora con su perro. Y más lejos, oigo una sirena de ambulancia o patrulla, da igual. Es el único eco de fondo en cualquier barrio de Madrid en estos tiempos. Suena a miedo.  

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