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A los habitantes de Santa Catalina, una comunidad remota en Delta Amacuro, ahora la vida se les va remando. La desatención de las autoridades los ha aislado de la civilización y la crisis del país los ha vuelto carentes de los servicios más básicos: agua potable, electricidad, combustible, vialidad, telecomunicaciones. Para conectarse con el resto del mundo han tenido que lanzarse en curiaras por el indómito Orinoco, pero a fuerza de canaletes, como lo hacían sus antepasados

La curiara que remonta el Orinoco luce como una silueta discreta desde las pequeñas casas emplazadas en la rivera del río. Son las cinco de la mañana y aún no hay señales del amanecer. A esta hora, es difícil descubrir quiénes navegan por estas aguas del Delta.

Sólo logra verse que son seis personas, sentados uno tras otro, en una embarcación alargada diseñada para ser propulsada por un motor pero que ahora se desplaza a remo.

Los tres pares de canaletes, como denominan en esta zona a los remos, surcan las aguas del río más grande de Venezuela con el ritmo de una coreografía. Son el único elemento que rompe la quietud impoluta de la superficie, que luce como un espejo.

Acaban de salir de Santa Catalina, un pueblo al que solo se accede en transporte fluvial. Su destino es un puerto cercano a Tucupita, la capital del estado, donde buscarán a la hija del capitán de la pequeña canoa, que tuvo que desplazarse decenas de kilómetros para dar a luz en un centro de salud. Desde hace un año, la gasolina empezó a escasear y cuando llegó la pandemia desapareció definitivamente en el pueblo. Así que quienes quieren movilizarse, solo tiene la opción de viajar en curiara.

—Ojalá no llueva en el regreso, pa’ que no se nos enferme la muchachita —ruega uno de los hombres del grupo.

—Con el favor de Dios, mañana mismo regresamos a Catalina. Con la bebé sana y con la bendición de las aguas —responde Luis Ernesto, el pastor de la iglesia pentecostal, que hace las veces de capitán. Va sentado en la proa de la pequeña embarcación, lo cual le da una buena visual para narrar esta escena.

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En Tucupita, la capital de Delta Amacuro, en el extremo nororiental de Venezuela, Graciela reúne varios bultos con productos de primera necesidad que le va a enviar a su madre Aurora y a algunos de sus antiguos vecinos.

Su madre espera en Santa Catalina, municipio Casacoima, un pueblito ubicado a 63 kilómetros del hogar de Graciela, donde viven unos 2.644 habitantes, según el último censo oficial. La mitad del pueblo, aseguran quienes viven allí, se ha marchado a otros lugares para buscar mejores condiciones de vida.

La mayoría se fue a Tucupita y a otros estados del país. Otros prefirieron tomar un peñero rumbo a Trinidad y Tobago, antilla caribeña a 170 kilómetros de allí y que alberga a más de 40.000 venezolanos, dato registrado por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Muchos de ellos han partido en botes improvisados, con sobrecarga de pasajeros y sin las condiciones mínimas de seguridad para la navegación en aguas abiertas. Desde el año 2019 se han registrado cuatro naufragios de embarcaciones que partieron rumbo a Trinidad.
La tragedia más reciente fue la del peñero Mi recuerdo, que zarpó de Güiria, estado Sucre, el 6 de diciembre de 2020, y en la que fallecieron 34 pasajeros y quedaron 15 niños huérfanos.

Graciela, a sus 25 años, es una de las que emigró de Santa Catalina, pero a otra ciudad del país: hace más de cinco años, se mudó a Tucupita para concluir el bachillerato y cursar la carrera de ingeniería. Desde entonces se convirtió en el soporte principal de su familia, y, sin planificarlo, en el de varios núcleos de su comunidad originaria.

Las llamadas a su madre se han vuelto breves y erráticas pues el servicio de telecomunicaciones de la zona es muy deficiente. La antena repetidora más cercana es de Movilnet, la empresa telefónica del Estado y se encuentra a varios kilómetros del pueblo. Así que quienes pueden llamar son exclusivamente los usuarios de esta suscriptora, pero ninguna conexión dura más de 30 segundos.

—Ellos salieron en la madrugada, pero se fueron a canalete. La gente del pueblo no ha podido cargar gasolina desde hace meses, mija, entonces les han tenido que sacar los motores a las curiaras. Si el río deja que vayan con bien, llegan al puerto como en 20 horas —cuenta Aurora, con rapidez, desde el otro lado de los caños.

—Ellos salieron en la madrugada, pero se fueron a canalete. La gente del pueblo no ha podido cargar gasolina desde hace meses, mija, entonces les han tenido que sacar los motores a las curiaras. Si el río deja que vayan con bien, llegan al puerto como en 20 horas —cuenta Aurora, con rapidez, desde el otro lado de los caños.

Aunque su madre no le explica todos los detalles, por pudor y las limitaciones que pone el tiempo en cada conversación, Graciela intuye que ya no tiene mucha comida, ni productos de aseo personal. Enviarle dinero no es una opción. La ausencia de internet le impide hacer cualquier transacción electrónica y el efectivo no le alcanza para cubrir todas las necesidades de su familia. En las comunidades del Delta del Orinoco les ponen precio a los alimentos como si se tratase de los metales preciosos que abundan en la zona.

Así que la joven prefiere comprar ella misma los productos y esperar a que alguien venga del pueblo para enviar la encomienda. Pero sabe que esta vez la espera será larga, las limitaciones para movilizarse que trajo la cuarentena para contener contagios de coronavirus, y la escasez de gasolina en todo el país, han dejado a su lugar de nacimiento prácticamente aislado.

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Los hombres más ancianos del pueblo aseguran que en los tiempos de la colonia se cosechaban frutos similares a las castañas en lo que ahora es el municipio Casacoima. Estos eran llamados “catarinas” por los indígenas nativos, los warao. Los españoles asociaron el vocablo con “catalina” y bautizaron el caserío en honor a la santa homónima.

Una segunda historia relata que hubo un enfrentamiento en la zona entre conquistadores españoles y aborígenes. Los primeros llevaban consigo muchos objetos de valor, entre ellos, un óleo milenario con la imagen de Santa Catalina de Alejandría, actual patrona del pueblo. Para evitar que se ultrajara esta figura, los soldados enterraron el cuadro de la santa con los demás objetos de valor y sacrificaron a dos indígenas, porque se creía que así el tesoro nunca sería encontrado.

Esos son algunos de los relatos predilectos de El Charro, quien, en un registro audiovisual enviado por su familia, aparece mirando absorto, y sin expresar palabra, una partida de dominó que llevan sus hijos y nietos en la entrada de la casa. Sus manos y su torso tiemblan con fuerza a causa del Parkinson, enfermedad que le fue diagnosticada hace un año, pero sus ojos se mantienen fijos sobre las piezas que chocan contra la mesa de madera. 

Aunque parece que está atento a la estrategia de los jugadores, su mente no está del todo allí. Su carácter nostálgico lo lleva siempre a rememorar tiempos pasados, los de su juventud. 

Se llama Oswaldo Simoza, pero en el pueblo pocos lo conocen por su sobrenombre. Los más ancianos, y los entrados en la mediana edad, aún tienen fresca en la memoria su imagen con una guitarra a cuestas y un prominente cabello afro. El Charro formó parte de “Las Pirañas” en las décadas de los 70 y 80, una agrupación de música latina cuya presencia era infaltable en cualquier festejo de Santa Catalina. 

Pero los años pasaron, el grupo desapareció y los festejos en el pueblo empezaron a ser menos frecuentes. La mediana calidad de vida que pudieron alcanzar con la bonanza petrolera de los años setenta se fue desvaneciendo de a poco.

Hace una década la bomba que extraía el agua del río, y la distribuía entre las tuberías del pueblo, se averió. Esto dejó a sus pobladores sin acceso al agua desde sus grifos. Desde entonces se hizo común la construcción de aljibes en cada hogar para extraer el agua directamente del río Orinoco. 

En 2017, la planta eléctrica a gasoil que iluminaba al pueblo durante las noches recibió sus últimos litros de combustible. El gobierno dejó de encargarse del carburante, así que este empezó a ser pagado por los mismos pobladores. Pero la escasez de gasolina no les permitió seguir desplazándose para comprarlo, así que el pueblo se quedó sin luz desde entonces.

Los pocos afortunados que logran iluminar en las noches son los que han podido adquirir plantas eléctricas o quienes tienen acceso al colegio de los hermanos Maristas, que cuenta con un transformador de energía solar. 

Los pocos afortunados que logran iluminar en las noches son los que han podido adquirir plantas eléctricas o quienes tienen acceso al colegio de los hermanos Maristas, que cuenta con un transformador de energía solar. 

En medio de este contexto, la enfermedad de El Charro empeora. Desde hace cuatro meses no toma su medicamento y las limitaciones de la pandemia dificultan aún más cualquier traslado a motor que se haga a través del río. El temblor de sus extremidades ya casi no le permite andar. 

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El sol del mediodía arremete sin piedad, pero los pasajeros de la curiara deciden seguir la marcha. La marea subió a eso de las once de la mañana, y sin embargo, el río se mantiene calmo. 

Así lo describe el pastor Luis Ernesto, que va al frente, junto a uno de sus hijos. Su semblante no ha perdido la expresión de quietud durante todo el viaje. Aunque no se considera un veterano, los años le han dado experticia recorriendo el río Grande, caño del Orinoco que comunica a Santa Catalina con su destino final, el puerto de Volcán. Un trayecto de casi 40 kilómetros del cual no han recorrido ni la mitad. 

Su hija lo espera del otro lado con una bebé recién nacida. Hace dos meses la joven viajó a la capital para recibir atención médica durante el parto. Desde hace casi una década el ambulatorio abandonado de su pueblo dejó de tener personal e insumos médicos para ejecutar incluso los procedimientos más sencillos. Así que quienes necesiten cualquier tipo de asistencia deben atravesar el río rumbo a la capital de la entidad, o hacia Piacoa, puerto del estado Bolívar ubicado a 30 kilómetros de Santa Catalina. 

Durante el camino los viajeros se han topado con varios grupos desplazándose en botes a canalete. Algunos van, igual que ellos, hacia los embarcaderos cercanos a Tucupita. Otros se dirigen a Barrancas del Orinoco, en el estado Monagas, puerto desde el que zarpan los peñeros a motor que comunican a Santa Catalina con el resto de la civilización.

—Parece que es buen día para la pesca —dice uno de los viajeros, que observa la placidez de un puñado de pescadores artesanales que aguardan el momento de recoger las redes.

Aunque los navegantes no conocen sus nombres, identifican la familiaridad en las facciones de sus rostros. Saberse de la misma tierra los solidariza y los invita a protegerse.

Es poco común ver a un foráneo recorrer esas aguas, pero no siempre ha sido así. A 30 kilómetros de Santa Catalina, en dirección al este, se encuentra Guasina, la isla en la que funcionó una prisión construida en 1939. En la memoria colectiva quedaron grabadas las imágenes de peñeros, repletos con prisioneros del entonces presidente Marcos Pérez Jiménez, transitando por esos mismos caños rumbo a esa cárcel. O las escenas de presos políticos que eran arrojados al Orinoco, por las fuerzas de seguridad del Estado, con los grilletes adheridos a sus tobillos.

Por estos días, los sobresaltos son otros. Los pescadores del río bregan a contra reloj para que la gasolina de sus tanques les alcance hasta el final de la jornada. Por esos caños solo se comercia combustible ilegal y su valor oscila entre los 2 y 3 dólares por litro. Así que cada día de pesca implica un gasto de al menos 30 dólares, sin contar la inversión en el aceite de enfriamiento.

Por eso Luis Ernesto se vio obligado a desinstalar el motor de su curiara y decidió embarcarse a canalete. Costear la gasolina no es una opción para su familia, mucho menos pagar entre 50 y 70 dólares por un asiento en una lancha comercial a motor. Su confianza queda puesta sobre la fuerza de sus brazos y la corriente del río. Si las aguas los ayudan, pueden llegar al puerto antes de que vuelva a amanecer.

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Graciela ya logró reunir en Tucupita unos 15 kilogramos de productos para enviar a su mamá. Principalmente consiguió cereales y artículos de limpieza. También hizo una recolecta de encomiendas entre sus vecinos que enviarán a sus familiares en Santa Catalina.

Ella se encargó de llamar a cada uno, advertirles sobre el viaje de Luis Ernesto y la posibilidad de trasladar las encomiendas en su curiara. Una de ellas sería la de El Charro, que espera varias cajas de Levodopa, el fármaco utilizado en el tratamiento del Parkinson, que lleva meses sin ingerir.

El hermano menor de Graciela es el encargado de llevar los envíos desde Tucupita hasta el puerto de Volcán para entregarlos al grupo que viene desde Santa Catalina. Así que a las seis y media del día anterior, a la llegada de los viajeros paga 0,5 $ por una cola en camioneta hasta el embarcadero. El viaje debe ser de noche porque es más fácil sortear las alcabalas de la guardia que han sido dispuestas para restringir el paso intermunicipal por la cuarentena.

A esa misma hora, pero en un camión que transporta gasoil, la hija de Luis Ernesto y la bebé recién nacida se desplazan en un aventón desde Tucupita hasta el embarcadero al que llegará su padre. El recorrido es de 22,7 kilómetros.

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Justo a la medianoche se empieza a percibir un pequeño punto que se mueve en las aguas del puerto de Volcán. Es la curiara que viene de Santa Catalina.

Su llegada es discreta. El tiempo para descansar es limitado. El reencuentro familiar se consuma con un abrazo y casi de inmediato empieza la carga de las encomiendas en la embarcación, que ahora regresa al pueblo con ocho personas a bordo y más de 50 kilogramos de equipaje.

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El pastor Luis Ernesto cuenta que la partida desde el puerto de Volcán está decorada por un cielo denso, con un tono morado que solo puede significar la proximidad de un torrencial aguacero. Aun así la curiara zarpa de regreso a casa.

Dice que esta vez la noche se siente distinta y la atmósfera casi puede palparse. Los viajeros no conversan, solo escuchan. Aguzan los oídos esperando cualquier atisbo de movimiento que no sea el de sus propios canaletes.

En el regreso no esperan encontrar pescadores. Incluso prefieren no toparse con nadie. Los viajeros saben que, a esas horas, en los alrededores de los puertos son comunes las apariciones de los “sindicatos”.

En julio del 2020, la Organización de las Naciones Unidas publicó un informe sobre el control criminal de la región minera en esta zona. Allí señaló que “los sindicatos” son grupos que controlan quién entra o sale de las áreas mineras, imponen reglas, aplican castigos físicos a quienes infrinjan sus leyes y sacan beneficios económicos a través de la extorsión.

Aunque las minas de extracción de oro quedan a decenas de kilómetros de allí, estos piratas de río, como también los llaman los lugareños, tienen el dominio de todos los caños. Quien se encuentra con ellos, en el mejor de los casos, termina desprendiéndose de su dinero en efectivo o de parte de su mercancía. Pero los pobladores aseguran que no hay protesta que valga, o que se escuche, en los organismos encargados de la justicia.

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Han pasado cinco horas, los “sindicatos” no aparecen, pero las nubes empiezan a descargarse. Los navegantes mueven la curiara hasta la rivera del río y bajan la velocidad. El Orinoco se empieza a poner bravo.

Mientras unas manos mueven los canaletes, otras sostienen la carpa que los cubre de la lluvia. La bebé va cubierta y acurrucada en los brazos de su madre.

Luis Ernesto está exhausto. Sabe bien que hasta llegar a Boca Grande, a varias horas de allí, estarán navegando a contra corriente. Pero su cuerpo no se detiene. Lo mueve su familia, saber que en el pueblo lo espera gente que depende de él.

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—Por razones de Dios llegamos bien —cuenta desde una silla en el porche de su casa, en Santa Catalina. Fue solo otro reto que tuvimos que afrontar por necesidad y por ser solidarios con la gente de la comunidad. Pero si me piden que vuelva a viajar lo hago. Si alguien necesita trasladarse por salud o por alimentos, lo llevamos. Aunque al pueblo lo han dejado desatendido y abandonado, nosotros, pase lo que pase, nos seguimos acompañando -—dice el pastor Luis Ernesto siempre presto a zarpar de nuevo.