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Íbamos rodando por la vía alterna para salir de mi urbanización y aún no había amanecido. Pasamos frente al Farmatodo que está en la entrada de Nueva Casarapa, en las afueras de la capital, y los obreros ya estaban trabajando. Vi sus sombras en los pilotes sobre los que haría el recorrido el Metro Caracas-Guarenas-Guatire.

Mientras más cerca pasaban los carros, las sombra se hacían más grande. Iba entre distraída y dormida, segura de que llegaría tarde al colegio por el tráfico, y con la cabeza pegada al vidrio cuando mi mamá me dijo: 

—Si siguen a este ritmo, creo que vas a poder ir a la universidad en Metro. 

Eso fue en 2011. Yo cursaba tercer año de bachillerato y en menos de un año se cumpliría la fecha de inauguración del sistema ferroviario, anunciada por el gobierno de Hugo Chávez, que uniría a la Gran Caracas con dos de sus ciudades dormitorio.

—¿Cuándo es la fecha de inauguración? —preguntó Hugo Chávez el 18 de marzo de 2007.

—Cinco años —dijo uno de los encargados de la obra—, para mediados de julio de 2012. 

Esa conversación fue transmitida en el programa dominical Aló Presidente. Ese domingo se aprobó una inversión inicial de 2 millardos de dólares y comenzó una carrera entre la liebre y la tortuga.

Con el pasar de los meses, la cantidad de obreros en la vía y de máquinas —moviendo escombros y batiendo cemento para levantar los pilotes del sistema aéreo del Metro— comenzaron a disminuir . 

Sin embargo algunas madrugadas trancaban la salida hacia la autopista Gran Mariscal de Ayacucho y, para poder conectar con ella, había que seguir por la avenida Intercomunal que recorre los municipios Plaza y Zamora.

A mi mamá no le gustaba conducir por el canal rápido porque, sin estar señalizadas o iluminadas, aparecían en algunos tramos de la vía entre tres y cinco piezas de concreto que sobrepasaban el capó del carro y que eran casi igual de anchas que el parachoque. 

Me gradué de bachillerato en 2013, el mismo año que murió Hugo Chávez y Nicolás Maduro quedó como Presidente encargado de Venezuela. Y un año después inicié mis estudios en la Universidad Central de Venezuela. Pero los pilotes del Metro seguían sin rieles, con las cabillas al sol y chorreando óxido cada vez que llovía.

La obra del Metro de Guarenas-Guatire, así como la línea 5 del Metro de Caracas, la línea 2 y Línea 3 del Metro de Los Teques —con la que la capital se conectaría con otra de sus ciudades dormitorio— y el Cabletren de Petare, estaban siendo realizadas por la constructora brasileña Odebrecht, empresa que a través de contratos de obras de infraestructura pública se involucró en delitos de lavado de activos, corrupción y sobornos a funcionarios de gobiernos de, al menos, 12 países.

Todas las obras se inauguraron sin estar totalmente terminadas. De la línea 5 solo Bello Monte abrió en 2015. El resto —Las Mercedes, Tamanaco, Chuao, Bello Campo, Miranda II, Montecristo, Boleíta, El Marqués y Warairarepano— no están terminadas. Según el proyecto original de 1987, debieron estar listas en 2010. Es decir, tiene nueve años de retraso. 

Entre tanto, del Metro de Los Teques, que conectaría los altos mirandinos con dos zonas de Caracas, solo terminaron las estaciones Alí Primera —que presta servicio desde 2006—, Guaicaipuro —a partir de 2012— e Independencia —en 2014—. Las estaciones Los Cerritos, Carrizal, La Carbonera, Las Minas y San Antonio de la Línea 2 y Rosalito, El Limón, Potrerito y La Mariposa de Línea 3, que conectaría con La Rinconada, siguen proyectadas en papeles. Del Cabletren de Petare, solo funcionan las estaciones Petare II, 19 de Abril y 5 de Julio que se inauguraron en 2013, pero las estructuras de las estaciones 24 de Julio y Warairarepano esperan por ser terminadas.

En 2015, pintaron algunos pilotes de la avenida Intercomunal entre los municipios Zamora y Plaza, y también ensamblaron rieles para que el 22 de octubre —a menos de dos meses de las elecciones parlamentarias— se hicieran pruebas a la estructura con la promesa de que el proyecto “pronto” estaría operativo.

Así fue como una grúa elevó un vagón que días después sería halado por un camión de carga como si fuera un container, para recorrer los cuatro kilómetros de rieles recién ensamblados.

—El año que viene van a inaugurar el Metro —soltó mi abuela mientras montaba el café de la tarde, sin separar la mirada de la greca.

Cuando le pregunté por qué lo decía, contó que esa misma tarde Maduro se montó en el tren y anunció que para 2016 estarían operativas dos estaciones: Guarenas II y Guatire I. Sin embargo, las estructuras para los andenes no se veían en obra limpia y aún no se habían realizado instalaciones eléctricas.

 Tres, seis, diez pilotes… Desde un carro distinto al de hace ocho años, sentada en el asiento de copiloto como aquella vez, veo los mismos pilotes, pero sin sombras reflejadas en ellos porque ya nadie trabaja aquí. Algunos están grafiteados y otros con pintura gris para tapar la propaganda electoral de años anteriores, con su óxido chorreado de vigas y rieles expuestos al sol y al agua. Recuerdo aquel comentario de mi mamá al pasar frente a Farmatodo.

Estoy a meses de terminar mi carrera universitaria de cinco años —el mismo tiempo que inicialmente, en 2007, habían anunciado para la inauguración del Metro— y, aunque inicié la universidad siete años después de esa promesa, sé que me graduaré sin verla cumplida.

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