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Tengo la Metro tarjeta en la mano. La recargué hace un par de días y prácticamente no la he podido usar. Estoy en la cola de los torniquetes decorados por una alfombra amarilla y marrón hecha de tickets rotos. La fila es larga y avanza lento.

Son seis torniquetes en la estación Teatros, de la línea 4 del Metro de Caracas, y las personas podemos ingresar tan solo por uno. Ese único acceso es custodiado por una señora de cabellos canosos y espalda encorvada que recibe cada boleto, lo examina, lo rompe y permite el paso.

Una mujer pasa por la derecha empujando una silla de ruedas donde un anciano va sentado con la vista intranquila. Mira hacia los lados buscando algún rostro conocido. Su acompañante suelta la silla, camina hacia la puerta de servicio junto a la casilla de atención al cliente. Golpea el vidrio como a una puerta de madera.

━¿Qué pasó? grita un hombre desde adentro de la casilla con camisa roja y el logo del Metro bordada en el pecho, que solo estira el cuello para interrogar a la mujer. 

Ella señala al señor en silla de ruedas y el funcionario sacude su mano derecha en el aire con desdén y se da la vuelta. Suena un zumbido. La mujer hala la puerta de servicio y la abre, ella retrocede unos pasos, toma el control de la silla de ruedas y nos dejan atrás.

Tres personas más, tres tickets examinados y rotos. Mi turno. 

Levanto la tarjeta y la custodia del torniquete me mira con desprecio, me tuerce los ojos y me indica que pase. Camino hacia las escaleras mecánicas que bajan al andén y noto que las personas se mueven de derecha e izquierda entre tropiezos. Están esquivando a la mujer y al anciano en silla de ruedas. Las escaleras mecánicas están fuera de servicio y el ascensor para personas con movilidad limitada tiene un cartel que indica que no funciona. 

Retrocedo y me dirijo a la caseta de atención al público, toco el vidrio y los tres funcionarios del Metro que conversan y ríen tras las paredes de cristal parecieran no escucharme o ignorarme. 

¡Epa! digo en voz alta, ahora golpeando el vidrio con la mano abierta y con fuerza.

Uno de ellos voltea en su silla de oficina con ruedas, mueve la cabeza para preguntar qué quiero. Le pido que se acerque. Mueve la silla hasta el vidrio y le explico la situación con el señor de la silla de ruedas.

Esas escaleras no sirven me responde, pero el ascensor sí. Solo que hay que bajar al andén y llamarlo. Cuando llegue hay que mandarlo para el piso de arriba y allí sí abre bien. 

Se levanta para salir de la caseta y yo me volteo para ir a las escaleras cuando escucho un “¡epa, chamo!”. Es el operador. 

Dime respondo.

¿Tú vas bajando?

le contesto un poco confundido por su pregunta.

Ah… Entonces marca el ascensor tú, ¿sí va? 

¿Cómo?

Sí vale, lánzate. Es que estoy cansado.

Se da la vuelta, entra a la caseta, se tira en la silla y se arrastra rodando hacia sus compañeros que lo esperan para seguir con las risas del turno de trabajo.

 

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