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Yo entro todas las semanas al Metro de Caracas. La sola idea de ver a la gente dentro del sistema se mete en mi cabeza y necesito saber qué está pasando allí, debajo. Me quedo en los andenes viendo cómo pasan uno, dos, tres trenes y voy notando la gente que baja y sube de los vagones. Algunos vagones vienen muy llenos y el vapor se nota en los rostros de aquellos que salen. A veces peco de egoísta y con malos pensamientos e imagino ver aún más llenos los trenes para capturar la inquietud, el desespero. Otros rostros, sencillamente ya rendidos, no denotan nada. Solo se apean impávidos y siguen el camino.

Me monto en un vagón, al fin. A veces no sé si va en dirección hacia Palo Verde o Propatria. Pero no importa, esa incertidumbre puede cobrar buenas imágenes. Total, la gente viaja en cualquier dirección. No es la dirección del tren lo que me mueve, mi dirección es la gente. 

Hay un reducto del vagón que me gusta para empezar: ese mini pasillo que comunica a los vagones. Es el punto más relajado del tren; desde allí observo en ambas direcciones. Generalmente la acción se arrima en las puertas. Si tuviese que medir la intensidad de un viaje en el Metro, diría que allí está el punto de cocción; es allí donde se generan más emociones. Entre los asientos rojos aparece un punto medio, vamos más tranquilos, los vendedores pasan con sus ofertas.

Siempre habrá alguien que me pregunta algo. No interactúo con nadie, no me gusta que me hablen, pero es inevitable. Si me preguntan tendré que responder y al hablar todos me mirarán (mi tono es muy grave y fuerte) y ya no pasaré desapercibido: tendré que moverme o bajarme, no sin antes apuntarlos a todos desde el andén como si de un acto de venganza se tratara. 

Después de tantas veces viajando y haciendo imágenes siento que el temor de la gente hacia el sistema del metro (casi mitológico), los olores, su gente, y todo ese misterio urbano que rodea el subterráneo de Caracas, me coloca en el lugar más privilegiado para hacer mi “trabajo”. 

No trato de documentar nada de ninguna manera. No hay una historia que transite de imagen en imagen. Es solo mi presencia allí la que fabrica esas imágenes. Sin eso no existirían en el imaginario. Me siento parte integral del Metro de Caracas y es lo que vivo allí lo que intento mostrar. Allí, en el subterráneo, viven y cohabitan la bella y la bestia, y de vez en cuando, cada uno se deja ver a su manera. 

 

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