Mi abuela Tata solía llevarme al centro de Caracas algunas tardes a pasear -en realidad era para acompañarla a comprar terminales de lotería- y un recorrido fijo era visitar las vitrinas en el pasillo de las novias, en el Bloque 2 de El Silencio. A mí me gustaba voltear a ver la fuente de la plaza O’Leary mientras ella se paraba, hipnotizada, a imaginar que se probaba uno de esos vestidos de boda o de gala.
Luego me tomaba de la mano y camino a la parada del carrito que nos llevaría de vuelta a casa, susurraba para que esa noche, en la radio, anunciaran que su número fuese el ganador del día. No importaba si perdía – bueno, a ella sí le importaba y mucho-, el ritual de ir al pasillo en el centro se repetía esa semana y la siguiente. Hasta que escuchaba en la emisora que salió el terminal que había comprado aquella tarde, iba a cobrarlo, y lo invertía de nuevo. Y así.
Persistente la Tata, como esas tiendas que todavía hoy, después de más de cinco décadas, aún permanecen hilvanando a la medida vestidos para novias, quince años, bautizos, primeras comuniones.
Cuando iba con mi abuela ese pasillo me parecía infinito, con una docena de tiendas de vidrio donde desfilaban unas muñecas gigantes que se parecían a las barbies que me regalaban en los cumpleaños. Mucho después me enteré de que ocho de esos locales eran propiedad de una mujer llamada Sahía, una costurera que migró desde Siria en los años 60 y se dedicó a la confección y venta de esos vestidos que parecían de revista.
Ahora quedan menos tiendas abiertas pero allí están, cosiendo con dedal -insistiendo como la Tata- para ganar su número en la lotería. Siguen vistiendo a maniquíes en la vitrina, y a mujeres y niñas de verdad. Siguen poniendo avisos en la puerta: Se solicita costurera.
Por eso me conecté tanto cuando ví las fotos que publicaron Marcelo Volpe y Maxwell Briceño sobre el legado de estas modistas tradicionales en El Silencio, y quisimos compartirlas con ustedes.
Aquí le dejamos esta fotogalería con el trabajo documental de estos dos fotógrafos que admiramos.
A ver si también les traen recuerdos como los de mi abuela Tata.
Texto Liza López / Fotografías Marcelo Volpe y Maxwell Briceño

























