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Una piscina al aire libre. Una cocina, una mesa de comedor y unas habitaciones casi al aire. Casi libres. Antes, en la entrada, bordeando el camino que conduce a la piscina, luego al comedor, la cocina y las habitaciones, está la mano del hombre que acarició a la tierra y ella respondió a esa muestra de amor con la germinación de árboles frutales: ñame de palo, naranjas, limones, cambures, lechosa, pomalaca, mango y tamarindo. Ah, y una mata de taparas, cuyos frutos asemejan unas pequeñas curiaras, lisas y ovaladas, convertidas en herramientas utilitarias en la cocina de Hans Soldner.
De una de las habitaciones sale él. Camina con firmeza. Su cuerpo sólo es cubierto por un raído pantalón gris corto de algodón, está descalzo. Se sienta y dice algo sobre el camino a Choroní, en las montañas, las lluvias y sus consecuencias. Nada de eso le sorprende luego de cincuenta y cinco años viviendo en este pueblo aragüeño.
–Eso ha sido toda la vida. Ahí donde está el derrumbe ahorita, hace muchos años fue el derrumbe de platino. Así le llamaron en aquel entonces por la plata que agarraron y por lo grande del derrumbe. Muchos días de trabajo. Fue en el primer período de gobierno de Carlos Andrés Pérez. Se inició la construcción de la carretera de concreto y asfalto. Y ahí se empezó a echá a perdé la cosa.

***

Hans busca algo. Su estatura sobrepasa la media de los hombres venezolanos en una piel que resiente el trato del sol de la costa. Pelo canoso. En su rostro sus ojos resaltan: guardan el color y la pasión por el mar. Un cuerpo de sesenta y tres años asoma el sobrepeso abdominal que pese a una artrosis en la rodilla derecha, no impiden que los movimientos se den con rapidez. Trae un cuaderno. En él hay rastros de que ha sido tocado y acariciado muchas veces. Es el diario de visitas del Hotel Alemania, propiedad de su madre Rosa, que luego se llamó Posada Hans por problemas legales. El mismo que perteneció a sus padres. El primer hotel de Choroní.
Hans de pie, directo a la cocina. Lo espera una mesa grande, resistente, de madera. Sobre ella, casi al centro, un bol con agua y trigo. Cerca, otro bol pequeño que servirá de medidor desde donde se agregarán los otros componentes del pan integral que hace un mes no prepara. Decir y hacer. Muchos movimientos, ejecutados por quien conoce y reconoce el espacio y la ubicación de ingredientes, utensilios, lavaplatos. De un lado a otro. De aquí el afrecho, avena, azúcar, de allá sal y levadura. Linaza molida y también sin moler. Poca.
–Licuo la linaza para que esté disuelta en el pan –pierde la mirada y habla para sí- Me hace falta mi pan integral. Le coloco un pedazo de queso y ya tengo mi cena.
Un movimiento y dos pasos. Un pequeño grabador. En el aire retumba la voz de Chavela Vargas. Sonríe con la mirada. Con la travesura de un niño en la voz pregunta: ¿A quién pertenece esa voz? Luego cuenta que gracias a Internet ha construido su archivo musical.

***

Hans hace círculos en el bol con una paleta de madera. El bol que contiene los ingredientes del pan. Una paleta movida con la fuerza de quien parece desafiar a los mecánicos estadounidenses Schmidt y Osius, creadores de la batidora.
–Comencé a hacer pan sin rodillo una vez que se fue la luz en el pueblo. Y desde ahí no lo he vuelto a utilizar.
Saca la masa del bol. La coloca en la mesa. Cuenta que llegó a Venezuela en el cincuenta y tres. Su familia huyó de un Hitler obsesionado con la unificación alemana y la supremacía aria que por fortuna fracasaron.
–Mi papá estuvo de parte de Hitler obligado, en el Frente Ruso. Se salvó de broma. Cargó de por vida cuestiones en el cuerpo que no fue necesario operarle. Uno de los doctores le decía no beba, no haga esto. Y yo le decía olvídense, eso después de la guerra, eso es extra. Y murió de viejito, ochenta y pico de años.
Acá eran los tiempos de la Seguridad Nacional que perseguía y reprimía hasta la muerte. Quizás para Alfonso, su padre, por cargar en el cuerpo pedazos de granada a los treinta y tres años y en la mente imágenes cruentas de la Segunda Guerra Mundial, los asuntos políticos del trópico pudieron pasarle inadvertidos. Y a Rosa, su mujer, 7 años mayor que él, el clima de estas tierras le aliviaba la fatiga. A ninguno le gustaba el frío. Hans aún no cumplía cinco años. Cuenta que nació en la ciudad sureña alemana Burghausen, cerca del río Salzach, cercano a la frontera con Austria, la que Hitler quiso anexar a Alemania. De Alemania para Timotes. Cerca de otro río, el Motatán en Mérida.
–Había una pareja de alemanes que buscaban gente. Era cuando Pérez Jiménez. Tenían un hotel, Aliso, en Timotes y nosotros nos fuimos para allá. Luego estuvimos en El Hatillo en Caracas y en el hotel Selva Negra en la Colonia Tovar. Fueron tres años en esos tres lugares. De ahí a Choroní. Esto eran haciendas alrededor. Se cosechaba cacao. Eso lo abandonaron después.

***

La masa del pan está casi lista. Los dedos de Hans se hunden en ella. La harina de trigo también. En la mesa hay manchones de un polvo blanco. Las manos de Hans ponen la masa en el polvo blanco. La masa se mueve en círculos. La masa se reparte en partes iguales. La deja en reposo algunas horas.
–Voy a hacer cuatro panes. Cada pan tiene un costo de sesenta bolívares. Es un pan integral de verdad. Voy a hacer tortas también. Hay unos cumpleaños por ahí. Tengo unos encargos -suena una canción en inglés y Hans se interrumpe para decir: – Me gusta esa canción, se llama “El amor me hace libre”.
Se le ilumina el rostro. Sus ojos, donde se aloja parte del mar de Choroní, parecen viajar hacia el pasado. Menciona que tres mujeres en distintos momentos compartieron su amor: Ana a los veintidós años. Nació Gabriela. Maribel a los veintiocho. Su relación más larga. Doce años. Ningún hijo. Con Adelys se casó a los cuarenta y tres. Nació Rosángela. Rol de padre y madre con ella.
–Su mamá me la dejó a los seis años. Se fue a Alemania. Ella quería un alemán de Alemania, no un alemán de Choroní.
De Rosángela dice que le gusta la cocina, como a él.
– Esa siempre estuvo pegada a mí. Pa’donde yo iba, ella detrás. Esa caraja cocina sabroso. Sí, esa caraja que es mi hija.
Vuelve al grabador. Coloca una canción y pregunta ¿quién canta?
– No. No es Vicente Fernández. Es otro mexicano. Un tenor: Fernando de la Mora.
En la mesa está la masa del pan en reposo. Y ahora esperan los ingredientes de las tortas: huevos, harina y aceite vegetal en vez de mantequilla. Hans en el lavaplatos. Da unos pasos. Va hacia un estante de concreto, toma un libro. Un recetario rojo pequeño, en alemán. “En letras góticas”, afirma con orgullo. Un regalo de Rosa, su madre.

***

A Hans le gusta el mar. Parte de él lo lleva en sus ojos. Le brillan al mencionarlo. Hace tres días lo visitó. Será por eso que mandó a hacer una piscina en su casa. En ella nada todos los días. Confiesa que pescar en Choroní ya no es como antes. Muchas lanchas en un puerto que no es puerto dificultan la faena. Parece sufrir por ello. El contacto con el mar le permite ejercitarse. Antes nadaba de Playa Grande a Puerto Colón.
–Me alegra ver el mar bonito, relajado. También lo respeto. Me gusta ir con otra persona a pescar. Si aparece un pescado grande la otra persona ayuda.
De carites, atunes, pargos, meros, catalanas, quiguas y langostas conoce Hans. Un mero guasa de doscientos kilos se dejó atrapar por él en uno de esos viajes de pesca por Tuja, Valle Seco y Cepe. El mar también le ha dado sus sustos. Relata que el bote se le ha llenado de agua en dos oportunidades. Que una rodilla golpeada con una piedra en Valle Seco le dejó una rótula rota. Eso sumado a la artrosis ocasiona su dificultad al caminar.

***

De Hans dicen que no tiene maldad. Que es como un niño. Que la gente se aprovecha de él. Que las mujeres quieren sacarle plata. Que son unas interesadas con él. Que cocina sabroso.
Hans en la mesa. La mesa donde están los ingredientes de la torta. Los mezcla. A pulso los bate. Con impulso llena unos recipientes cuadrados, no redondos. Son cuatro. Van al horno. Al rato cuatro tortas para la venta. Horno caliente. La masa de los panes, después de cuatro horas en reposo en otros recipientes, entra en el horno.
Y Hans dice a él que lo que le apasiona es la pesca, pero de eso no puede vivir. Que tiene mucho tiempo solo. Que le encanta cocinar para los amigos. Que si aparece una mujer, él le cocina y ella que friegue. Que las mujeres de su vida son de Choroní. Que él es choronicero. Que él le habla a las matas y ellas reviven. Que quiere montar un restaurant, donde sea cocinero y anfitrión. Que se lo dejará a su hija. Que ella cocina bien. Que el mejor pie de manzana del pueblo lo hace él. Que el único que hace pescado ahumado en Choroní es él. Que participaba en sus fiestas de antaño, en los tiempos en los que armaba la parranda con “Kerosene”, Rodrigo, Jhony y “Chichito”. Que a los alemanes del norte o del sur les gusta el clima de Choroní. Que algunos de ellos se convirtieron en posaderos: Carl, Ulf, a otro que llama el alemán bonito porque no recuerda su nombre y Rolf, su amigo. Que a Rolf le encanta su pie de manzana. Que los une una relación de lealtad y cariño. Que en la montaña hay otros alemanes. Que también hay posaderos suizos y holandeses en el pueblo. Que cuando muera quiere que sus cenizas las rieguen en el mar de Choroní. Eso sí, una muerte repentina. Que sentado frente a su piscina sería una buena despedida.

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