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Foto Lenny Ruiz

Pelea en las puertas del vagón

El Metro llega a La Rinconada, una gente sale y otro grupo entra. Hay pocos pasajeros, queda espacio. El tren no arranca. Transcurren varios minutos. Otras personas bajan las escaleras de la estación y corren para entrar en los vagones. El proceso se repite sucesivamente, mientras el subterráneo se mantiene detenido. Los vagones están cada vez más atestados. Algunos viajeros están en las puertas pero dentro  del tren, entre ellos una niña, un muchacho y un señor. Un hombre llega corriendo al subterráneo, pero se queda solo a un paso de las puertas porque no hay más lugar. Empuja al señor para acomodarse. Entra. El señor se voltea:

—Pero por lo menos pide permiso. Pero discúlpate vale.

—Pero si usted está ahí atravesado.

—Ay, bueno, quieres que nos caigamos a golpes pues.

—Ya deje, que no lo estoy molestando.

—Provoca darte una cachetada para que respetes.

El hombre se adelanta y lo empuja nuevamente. El señor levanta un puño y apunta a la cara del otro. Se agarran de las camisas. Forcejean. Los viajeros que están alrededor se mueven como pueden para evitar algún golpe. El muchacho grita:

—Dejen de pelear aquí, tengan cuidado que hay una niña.

—Verdad, me van a pegar a mí, váyanse a otra parte –dice la niña.

Los otros viajeros apretujados se molestan:

—Sálganse y peleen afuera, qué inconscientes —vocifera uno.

Los hombres se siguen amenazando y empujando. El que entró de último suelta un “ay, me voy”. Se sale y entra a otro vagón.

 Vamos como reyes

 Una muchacha entra con dos niños al vagón. El piso del tren está lleno de semillas y conchas de mamón. Da asco. La muchacha se desplaza como puede hasta encontrar sitio, pide permiso y se para cerca de una señora que luce muy seria. La muchacha saca una bolsa enorme, la pone en el piso y se sienta encima. Yo estoy en frente de todos y me acomodo porque no tengo mucho espacio para poder sujetarme. La muchacha toma a los niños, la pequeña se acuesta encima de sus piernas y cerca de las mías. 

Las puertas del vagón se cierran. El Metro arranca.

Los niños se quedan dormidos. La muchacha también.

En la parada pocos salen del vagón, son más los que entran. El tren se mueve mucho entre las estaciones. El movimiento despierta a la niña que empieza a sostenerse de mis piernas. Aprieta con fuerza mi pantalón.

Estación Los Símbolos.

La muchacha se levanta. No se sujeta de ninguna parte. El Metro arranca y ella cae encima de la señora seria que tiene atrás. La señora se molesta:

—Pero, chica, qué te pasa, cómo no te vas a agarrar, no ves que esto siempre acelera así. Agárrate, por favor, que me vas a volver a golpear.

La muchacha sonríe tímidamente.

Estación Ciudad Universitaria.

Sale más gente del vagón, los que entran se mueven hacia el pasillo central. La muchacha retrocede y pisa a la señora seria. La señora se irrita.

—Coño, chica pero dime qué te hice yo. ¿Qué te hice? Yo estoy tranquila y tú llegas aquí, te acuestas en el piso, te duermes atravesada y uno no se puede mover, están casi que en mis piernas, el niño me babea el pantalón. Te paras, me caes encima, me pisas, me ensucias los zapatos. ¿Qué te hice? Uno ya no puede salir a trabajar tranquila porque mira todo lo que sucede en el Metro.

—Ay, señora, pero no es mi culpa. Lo siento.

—De verdad, no entiendo qué te hice.

—Pero discúlpeme.

—Ya ni modo. Ya te disculpé porque no voy a llegar con esta carga al trabajo, pero ya no te quiero volver a ver.

La muchacha me ve y dice: 

—Y menos mal hay aire en este vagón, porque qué horrible hubiese sido todo este trayecto sudado. No me imagino a la señora con calor. Por eso todos se querían montar aquí, por el aire acondicionado. Nosotros vamos como reyes.

Eso ya no sirve de nada

Reviso mi monedero. Tengo un bolsillo lleno de tickets de Metro de los de color amarillo de hace tiempo, cuando todavía se vendían. Compraba muchos para no estar haciendo cola tan seguido. Los guardé allí cuando dejaron de cobrar la entrada. No se pagó durante mucho tiempo. Los volví a buscar ahora, que a veces cobran. Es aleatorio. La diferencia es que los de antes tienen la banda magnética, están bien cortados y son de un material de mejor calidad. Los de ahora parecen de mentira o de juego. Son de cartón chimbo y rectángulos irregulares.

Le entrego un ticket al miliciano —un anciano integrante del cuerpo de milicias civiles de apoyo a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana—. A los milicianos les asignan ciertos trabajos especiales. En este caso su única labor es recibir y romper tickets de Metro todo el día. Lo ve, le da vuelta y me detiene:

—Este no sirve.

—¿Por qué?

—No es de los que estamos vendiendo.

—Pero yo lo había comprado hace tiempo e igual lo van a romper.

El miliciano lo piensa y me deja pasar.

—Pero será mejor que vaya comprando tickets nuevos porque esos que tiene ya no sirven.

Rompe el ticket y lo tira en la papelera que tiene detrás del torniquete. 

Asfixiada entre tantas piernas

Las puertas del vagón se abren. La gente se empuja para entrar a un tren |abarrotado. Una mujer está cerca de la puerta sujetada de un tubo. Con uno de sus brazos está agarrando algo. El otro brazo está cubierto por una manta. Cuando entra la gente al tren, la mujer empieza a gritar:

—¡Cuidado con la niña!. Cuidado con la niña que se puede asfixiar.

La niña no se ve, parece que la que tiene debajo de la manta.

—¡Cuidado con la niña, vale! —insiste desesperada.

La gente sigue entrando y tratan de no empujarla. Otra mujer se preocupa:

—¡La niña! Cuidado, cuidado. 

El vagón cierra sus puertas. El Metro avanza.

¿Pero dónde está la niña?, me pregunto. ¿Cuál niña?, sigo sin entender a qué se referían las mujeres. Volteo y veo que detrás de mis piernas se ve la cabeza de una pequeña. Ella no se mueve porque dos personas me empujan por mi espalda. Veo que enfrente de mí hay un espacio entre varios brazos que se sujetan del tubo.

—Señora, ¿me da permiso? —le pido a quien tengo delante. Logro moverme un poco.

—Pasa a la niña —me pide la mujer que gritaba.

—¿Pero cómo hago? ¿Me da permiso? —insisto.

Quitó su brazo. Me muevo rápido hacia el pequeño vacío que hay al frente. Alguien logra sostener a la niña, la cargan y la sientan en las piernas de otra señora. Entonces la niña, casi asfixiada, empieza a respirar calmada.

Elena, Luisa y el descarado

Crónicas de sombre mesa

Presentamos nuestras #CrónicasDeSobremesa. Historias en video sobre nuestra tragicomedia cotidiana en el Metro. Así lo veo yo, Arantxa, lo oigo y lo comparto. #EsteEsElCuento

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