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Para bailar al son que nos toquen

Extractos del libro de Marcy Alejandra Rangel

Por Historias que Laten

Foto Lorena Tasca

Esta es una invitación a amar la danza contemporánea venezolana desde distintos escenarios y protagonistas. Una entrada libre para apreciarla desde la fuerza del testimonio plasmada en papel, una primera puerta a una experiencia multisensorial que incluye galería fotográfica, encuentros, intercambios, fiestas. La autora de esta movida -y vaya que sabe cómo ser anfitriona- es Marcy Alejandra Rangel, a quien conocemos desde sus inicios como cronista y ahora admiramos por su visión de productora cultural. Aquí les presentamos las historias de Carmen Ortíz y Rafael Nieves, dos de los más de veinte perfiles que reúne en su libro Al son que nos toquen, una crónica de largo aliento que documenta la trayectoria de este arte escénico en Venezuela desde las voces de quienes han dirigido las compañías de danza contemporánea más importantes del país.

Quienes conocen a Marcy Alejandra Rangel pueden dar fe que su personalidad es un huracán que moviliza y conecta, porque su naturaleza es así: creativa, social e intranquila. Por eso el título de su libro, Al son que nos toquen, calza perfecto con lo que quiso expresar con este proyecto: los venezolanos conocemos bien el arte de resolver, sobre todo en un medio tan retador como la danza.

La frase es el gancho para abrir la portada de este producto editorial que es una pieza de colección en sí misma. En más de cien páginas en formato horizontal, con fotografías impecables intercaladas en cada perfil, el libro cuenta la historia de la danza contemporánea en Venezuela desde las vivencias de sus protagonistas. Un hermoso y esmerado proyecto de esta periodista -Marcy Alejandra, como le decimos cariñosamente- que es también cronista, gestora cultural y bailarina venezolana radicada en Bogotá.

No sólo documentó y escribió una exhaustiva crónica cultural, que comenzó como una tesis de periodismo hace una década en sus días de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), sino que fue el motor que movilizó una plataforma de promoción y experiencias en torno a la danza en Caracas.

La presentación del libro Al son que nos toquen en Caracas se convirtió además en una especie de off festival o un punto de encuentro de la escena dancística, teatral, musical, editorial y periodística de la ciudad, a través de distintas actividades culturales que se prolongaron por cuatro días.

El bautizo del libro, que comenzó con un performance de la agrupación Sarta de Cuentas, contó con las palabras del periodista Simón Villamizar, quien resaltó la mirada de cronista de Marcy Alejandra, esa peculiaridad que tiene como periodista de cultura de saber apreciar detalles que otros no ven. Dados los discursos, el foco del Astrolabio Café de Bello Monte lo tomó Alfredo Naranjo y El Guajeo, quienes al ritmo de su son caribeño armaron la fiesta.

Poesía en movimiento y salsa.

Celebrar y bailar, ese fue el sentimiento de la noche del bautizo porque de qué otra manera se puede presentar un libro de danza en una Caracas cuya escena cultural y nocturna se reactiva, y pareciera que comienza a superar los días aciagos de la pandemia.
La producción del libro tiene una cuidada curaduría editorial: fue impreso siguiendo una técnica artesanal en Gráficas Acea, con la coordinación editorial de Rodnei Cáceres, el diseño de Yonel Hernández, y el montaje y diagramación de Eddymir Briceño.

El libro tiene un valor documental incuestionable porque es un trabajo de largo aliento que registra los testimonios de más de 20 directores de compañías de danza contemporánea y bailarines destacados del país, y es el primer texto que se edita en Venezuela sobre la historia de este estilo de la danza desde que se publicó Movimiento Perpetuo de Andreína Womutt.

El libro además promueve una colección de arte fotográfico en NFT que servirá para otorgar becas a estudiantes de danza. Porque la imagen tiene un rol protagónico en esta obra, que incluye el trabajo de registro de más de 40 años de cobertura de espectáculos del fotógrafo suizo Roland Streuli.

Las actividades de “las fiestas patronales” de la danza -como las llamaron algunos- se extendieron a escenarios tan diversos como la UCAB y el bar Modo Caracas, entre otros lugares, con clases y espectáculos de baile que ocurrieron el mismo día internacional de la danza, el 29 de abril, espacios no convencionales y públicos que estuvieron expuestos por vez primera a presentaciones de danza contemporánea, artes circenses y hasta break dance en coreografías colectivas. Unas 1500 personas vieron danza en cuatro eventos durante el último fin de semana de abril.
Un libro que parecía utopía, pero que es tangible y trasciende sus páginas impresas porque fue goce, movimiento y encuentro en un proyecto cultural que bailamos al son que nos toquen.

Para adentrarnos en el libro, presentamos dos perfiles, dos capítulos de Al son que nos toquen, un material exclusivo para Historias que laten, gracias a la cortesía de su autora, Marcy Alejandra:

Carmen Ortíz bailó desde niña por afición. En su adolescencia cambió la carrera de 100 metros planos por el tumbao del ritmo que sonara. Al oeste de Caracas movía sus pies y su cuerpo en la década de los 90 como miembro de una institución formal de danza.
También Rafael Nieves se entregó al baile luego de un paso fugaz por la academia militar, entonces se quitó las botas y las cambió por zapatillas.

Carmen Ortíz

Sarta de cuentas

Carmen Ortiz es una mujer de piel oscura y afro a quien la danza le inquietó desde los 8 años de edad, cuando organizaba actos culturales con las niñas de su edificio. Invitaba a los vecinos para que presenciaran el resultado de unos rigurosos ensayos en los que se preparaba el joropo que veía de Yolanda Moreno en la televisión. También sabía bailar salsa desde los 5 años de edad y su hermana la llevaba a las competencias de calle que se hacían en Caricuao, donde se crió, con un vestido blanco y unos zapaticos de tacón rojo.

Rafael Nieves

Caracas Roja Laboratorio

Rafael Nieves es un bailarín que encontró en la danza su manera de hacer teatro. Comenzó como coreógrafo en el año 1999, después de romper con su familia y los estereotipos que tenía en cuanto a la masculinidad: de las artes marciales y el militarismo —llegó al segundo año del internado en la Academia Militar de Venezuela—, pasó a las artes. «Era muy solo, muy abandonado a nivel familiar y pude leer mucho. Nunca les había prestado atención a textos teatrales. Empecé a ir a grupos de lectura, de cuentacuentos y títeres, que me gustaron muchísimo. Yo me controlaba la ansiedad a través de las manualidades».

Galería de fotos

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