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Esta es la historia puertas adentro de la Tintorería Súper Hollywood y de su cartel recién restaurado. Del arraigo de los Merola, unos migrantes italianos que llegaron a Venezuela en tiempos de posguerra y vieron desde su local, uno de los más antiguos de Chacao, cómo emergió la Caracas moderna con sus letreros, convertidos décadas después en un patrimonio visual de la ciudad. El relanzamiento de una marca, desde un concepto muy creativo e innovador, nos recuerda cuán importante es preservar nuestra identidad y cultura urbana. Salud por eso. 

Crónica Liza López

Fotografías Daniel Hernández @danielimagengrafica / Natasha Lashly @natylashly @pinacoleando

Cuando bajaron el letrero de la Tintorería Súper Hollywood en Chacao, ocurrió una revelación. Se dieron cuenta del valor que tiene para varias generaciones un cartel que permaneció allí por casi 70 años, aguantando el óxido del tiempo y del esmog.

Foto Natasha Lashly

Aquella escena de la grúa quintando el anuncio a inicios de septiembre removió también muchas emociones: el sentido de pertenencia de los caraqueños que habitan o transitan por la avenida Francisco de Miranda, el arraigo de los migrantes que hicieron suya Caracas a mediados del siglo 20, el de sus hijos y nietos, la importancia de preservar la memoria urbana. 

Pero sobre todo pasó que el dueño de esta tintorería, Aniello Merola, entendió que ese apego que él siente por lo que representa este cartel, es un afecto compartido. 

Muchos le escribieron alarmados porque pensaron que era el fin de una era para el negocio. Algunos clientes se acercaron para preguntarles qué estaba pasando. 

—Cuando desarmamos el aviso, la gente pasaba y nos decía ‘noooo, ¿por qué lo quitaron? Por favor regáleme la letra W, véndame la A, yo quiero llevarme la T de recuerdo… Fue allí cuando me di cuenta del impacto que tenía este cartel en la comunidad de Chacao.

Fotos Natasha Lashly

Él quería decirles que no se preocuparan, que lo habían quitado para restaurarlo, que pronto lo verían de nuevo allí colgado con luces nuevas, anunciando nuevos comienzos.

Pero no podía decir nada. Hasta que sucediera lo que sucedió un mes después.

*

La historia de esta tintorería se remonta a la época de la postguerra, cuando Chacao era todavía un poblado con una sola calle, rodeado de haciendas de café. 

El padre de Aniello Merola, Antonio, y sus tíos Felipe y Bartolo Merola, migraron en 1949 muy jóvenes a Caracas desde Salerno, una provincia costera al sur de Italia, buscando mejores oportunidades que las que había dejado en su país la crisis profunda de la segunda guerra mundial. 

Se instalaron primero en Catia, donde comenzaron a trabajar en una tintorería. Poco después, en 1952, compraron un local, uno de los más antiguos de Chacao, para fundar su propio negocio.

En esa época, gran parte de los comercios dedicados al lavado, almidonado y planchado eran manejados por la comunidad china, tanto en Venezuela como en otros países.

Foto Daniel Hernández

Pero los Merola habían decidido innovar en este negocio y atender a la nueva clientela con su acento italiano. Fue así como a los dos años de mudarse a Chacao, vieron cómo se construyó frente a su local el tramo de la avenida Francisco de Miranda para conectar el este y oeste de la ciudad. 

Luego se fue urbanizando todo alrededor y construyeron el edificio de tres pisos que todavía se mantiene en pie.

Foto Daniel Hernández

El tío Bartolo regresó a Italia, y los otros dos hermanos se quedaron en Caracas levantando el negocio del lavado especializado de prendas de vestir. Su padre Antonio dirigía el local, y su tío Felipe emprendió una fábrica de jabones y químicos para tintorerías. 

Foto Natasha Lashly

A mediados de los años 60, los hermanos Felipe y Bartolo vendieron sus acciones y entraron al negocio familiar los primos Nicola y Ángelo.

En esos primeros años, montaron el letrero para que se viera gigante y desde lejos, el nombre de Súper Hollywood.

Aniello, de pequeño y luego de adolescente, solía pasar ratos entre las máquinas de planchar y desmanchar. Ya más grande, ayudaba también con el trabajo, y sin pretenderlo mucho, fue aprendiendo los trucos de ser tintorero.  

Estudió administración y trabajó muchos años en el ramo de productos deportivos. Y no fue sino hasta inicios del 2000 cuando siguió la recomendación de su padre de comprar las acciones de su tío Ángelo para encargarse del negocio, primero desde la distancia y después más activamente, junto a su primo Franco.

Una década después, cuando su primo enfermó y su padre Antonio, ya de 80 años, se retiró, asumió las riendas a tiempo completo.

—Fue allí cuando me di cuenta de que tenía una gran responsabilidad. Me consigo con una tintorería muy envejecida y comienzo a refrescar el negocio. 

Compré una caldera y una lavadora nueva. Mi amigo Alfredo, que es mecánico, me dijo: vamos a repotenciar estas máquinas viejas. 

Foto Natasha Lashly

Desarmaron varias, y aquellos repuestos que no se conseguían, los mandaron a fabricar donde un tornero. Aún conservan las planchas originales y las primeras lavadoras y secadoras que compró su padre en los 60. 

Fotos Daniel Hernández

Hace unos días, cuando nos contó esta historia, venía de buscar una pieza para reparar la caldera que se había averiado justo esa mañana.

—Sigo en esto y no he parado de arreglar, de hacer. Le hice una promesa a mi papá. Él me dijo: ‘no cierres la tintorería porque nos llenó mucho, nos dio todo. Todo lo que tenemos salió de allí’. Y aquí estoy, cumpliendo esa promesa hasta cuando pueda. No sé hasta cuándo será, pero mientras yo pueda, seguiremos abiertos. 

Foto Daniel Hernández

Un buen día, hará unos meses, una chica llegó a la tintorería con una propuesta inusual. Venía de avanzada, desde una agencia de mercadeo para plantearle restaurar el letrero como parte de una campaña en la que una marca buscaba simbolizar un nuevo comienzo.

Esa propuesta, aunque muy tentadora, le pareció sospechosa. ¿Por qué una marca querría invertir en reparar un anuncio de 70 años oxidado?

Foto Natasha Lashly

—Me causó suspicacia. Porque para mí este aviso tiene mucho valor. Ya yo había pensado en restaurarlo, poco a poco, aquí mismo en la azotea. Íbamos a sacar letra por letra, buscar la pintura original. Nosotros mismos.

Fue entonces cuando apareció la que tuvo la idea, la visión de que esto sí funcionaría. Natasha Lashly, fundadora y directora creativa de la agencia de marketing digital Piña Colada, visitó a Aniello Merola para contarle lo que estaban tramando.

Todo comenzó cuando la marca Cardenal, de cervecería Regional, se propuso relanzar esta cerveza tan emblemática de los años 80. La propuesta que presentó el equipo de Piña Colada acertó por su originalidad y por plantear un anhelo con el que muchos se conectan: la oportunidad de un nuevo comienzo. Un brindis por lo que viene.

Ese concepto terminó de convencer al dueño de la Tintorería Súper Hollywood para que permitir que removieran el cartel. Que se lo llevaran a un taller de restauración y lo volvieran a instalar con iluminación nuevecita. 

—Buscamos valorar ese pasado que ya tenía la marca, y unirlo con el presente. Es una marca que está regresando y de allí el brindis por los nuevos comienzos —explica Natasha—. Se creó una plataforma cultural para honrar historias que valieran la pena contar, como la de los restaurantes o locales de toda la vida.

Foto Natasha Lashly

Como historias de esta tintorería de Chacao, cuyo letrero desde hace tiempo le llamó la atención porque pasa por allí todos los días camino a su oficina.  

—A veces le pega una luz muy bonita —destaca quien además de dirigir una agencia es fotógrafa— Al conocer a Aniello, la idea evolucionó pues ya no se trata solo de restaurar un cartel sino de impulsar un negocio que tiene más de 70 años. Darle un nuevo comienzo.

Este espíritu de renovación contagió a todos los involucrados, sobre todo puertas adentro de la tintorería. Su dueño se animó a hacer varios arreglos e incluso, a invertir en la restauración del letrero vertical, para que el día del estreno, ambos anuncios lucieran radiantes. 

Foto Natasha Lashly

La propuesta contemplaba además preservar la firma de Don Plin que había estampado hace años el recordado artista urbano Santiago Fauquié en el anuncio, junto a la palabra Lavandería. Este graffiti ya era parte del patrimonio visual en el lado sur de la avenida Francisco de Miranda.

Fotos Natasha Lashly

Para restaurarlo y mantener la intervención de la fachada, se sumó el artista plástico Luis “Toto” García, amigo cercano de Fauquié. Toda esa magia se logró en el taller del director de arte Alfredo Tovar.

Fotos Natasha Lashly

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—Si me hubieras preguntado hace 25 años si iba a trabajar aquí, apuesto a que te hubiera respondido que no. Para que veas las vueltas que da la vida. Ahora, aquí, el que lava al seco soy yo. Más nadie lava al seco. El que opera las máquinas, el que sabe desmanchar soy yo. Lo hago todos los días aquí arriba. Eso sí, lo peor es planchar —bromea Aniello. 

Foto Daniel Hernández

El local de la tintorería de tres pisos luce, desde la acera de enfrente, incrustado entre dos edificios enormes. En esta avenida y urbanización que ha cambiado de escala, inmuebles pequeños como éste son una rareza. Lo que abundan son edificaciones de 15 o 20 pisos cubiertas de vidrios.

Foto Daniel Hernández

Más excepcional aún lucía este local cuando tenía el cartel oxidado de Súper Hollywood en la fachada de la terraza. Y aunque hayan estrenado un letrero renovado, la familia Merola sabe que tiene un desafío por delante para sostener un negocio clásico como éste en tiempos en los que han cambiado hasta los códigos de vestimenta y la frecuencia de eventos sociales que demandaban llevar los trajes a la tintorería.

—La pandemia nos marcó mucho. Tú antes ibas a un banco y te recibía la gerente o el gerente con trajes de punta en blanco. Ahorita te reciben con una chemise corporativa, en blue jeans y zapatos de goma. Los abogados vestían todos los días de flux, ahora pueden ir a los tribunales sin saco, sin paltó, en chaqueta deportiva. También son rarísimas las bodas, las fiestas formales. Antes uno salía un sábado o domingo, y veías a los novios haciendo cola frente a la iglesia para casarse. Lo único que se ha mantenido son las primeras comuniones. Todo eso ha afectado nuestro negocio.

Pero a pesar de estos cambios, las puertas de la Súper Hollywood se mantienen bien abiertas, con su clientela habitual, u hoteles que todavía le piden servicios para lavar, desmanchar o planchar la lencería. 

Fotos Daniel Hernández

Aniello es el único hijo (tiene 3 hermanas) del socio fundador, Antonio Merola, que queda al frente de la tintorería. Mantuvo el secreto que iban a renovar el letrero pues quería que fuera sorpresa. Pero cuando se viralizó el video del desmontaje del aviso en redes sociales, enseguida reaccionaron:

—Mi hermana me llamó y dijo: ¿Tú eres loco, cómo vas a quitar ese letrero, estás loco? Le respondí: no vale, lo estoy restaurando. No les iba a decir nada hasta que estuviera listo. A mi esposa sí le comenté, ella me ha apoyado muchísimo. Yo no pensaba que tendría tanto efecto el aviso, pero sí lo tiene.  

Fotos Natasha Lashly

Tanto impacto ha tenido la restauración, que su hijo, el ingeniero de sistemas que trabaja en una empresa de telecomunicaciones, se ha interesado en conocer más de cerca el negocio de la tintorería familiar. 

—Ha venido los últimos tres sábados porque quiere aprender. Me dice que quiere hacer una pasantía aquí, enséñame aquí, enséñame acá. Se para en la puerta a escuchar, me pregunta cómo funciona la máquina de desmanchar. Recuerdo que yo lo aprendí preguntando al señor que desmanchaba aquí, le preguntaba a los proveedores sobre los químicos.  

Foto Daniel Hernández

Tampoco descarta que su hija, la licenciada en filosofía, se interese también. Por esas vueltas que da la vida.

Después de toda esta historia de nuevo comienzo, Aniello se siente más apegado al legado de los Merola. Porque eso fue lo que aprendió de su padre.

Foto Daniel Hernández

—Subí una vez y lo conseguí planchando. Tenía 84 años. Le pregunté, qué haces aquí? Me respondió estoy planchando mis pantalones. No le dije nada. Lo veía planchando en la máquina sus pantalones con filo, como le gustaba a él. Planchó cinco pantalones y bajó a la entrada. A esa edad, le gustaba venir y ayudarme en la tintorería. Después se fue a Italia, y murió allá cinco días antes de cumplir los 95 años. Fui afortunado porque pude verlo por última vez pues estaba de visita allá en ese momento.

Si Don Antonio pudiera ver cómo quedó el nuevo letrero, seguro se sentiría orgulloso. 

Foto Daniel Hernández

Ese día, el 1 de octubre pasado, ocurrió otra revelación. Invitaron a vecinos, a personas comprometidas con el patrimonio urbano y la memoria de la ciudad, contaron 10, 9, 8…5, 4, 3, 2, 1 y develaron el nuevo letrero con su marquesina de luces, aplaudieron, se abrazaron, organizaron una fiesta en la terraza de la tintorería, y brindaron por los nuevos comienzos. 

—Cuando estábamos en la fiesta, no me lo creía. Había mucha gente aquí celebrando. Y desde ese día, paso en las noches por aquí, me paro en la esquina y siempre veo a alguien tomándose una foto junto al letrero. Es impresionante. Estoy impresionado.

Renovación, memoria urbana, arraigo, familia.

Persistencia. 

Vivir una ciudad, preservar sus símbolos. 

Iluminarlos. 

Todo esto resumido en un cartel que anuncia que esta historia continuará.

Foto Natasha Lashly