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El fotógrafo documentalista Daniel Hernández lleva más de 20 años retratando escenas de cada ritual de la Semana mayor para entender lo que él define como «la conexión del hombre y lo divino». Desde la tradición de los palmeros que antecede al Domingo de Ramos, las procesiones del Nazareno, los vía crucis vivientes, hasta la quema de Judas en el Domingo de Resurrección.

Les presentamos una fotocrónica narrada en primera persona con una selección de sus memorias de esta celebración religiosa en varias regiones de Venezuela

Por Daniel Hernández

De niño fui sacristán. Sí, yo, que me creo el tipo más ateo de todos, el que necesita ver para creer.

Recuerdo mis momentos cuando era monaguillo en la pequeña iglesia del Centro Don Bosco de Caucagüita, en el sector Marín, en Miranda. Me llamaba mucho la manera en la que los salesianos atraían la atención de los jóvenes para el trabajo y la educación en mi parroquia. Por eso me gustaba hacer vida en ese recinto. 

Luego llegó la transformación del adolescente al adulto. 

Me costaba creer lo que no era palpable. 

En un momento comencé a ver los relatos bíblicos como simples historias épicas escritas por personas. Pensaba: la gente no resucita, ni camina sobre las aguas, tampoco abrir el mar en dos o detener el sol. 

Desde que soy fotógrafo me interesa entender la conexión del hombre y lo divino. Esa cosquillita que me hacía pensar por qué éramos buenos o regularmente buenos en una sola semana del año. 

Las anécdotas son muchas. Pero es importante recordar esa faena anterior a la entrega de las palmas en las iglesias. Esa crucecita de palma seca que ponen o ponían detrás de la puerta de muchas casas en el barrio o en cualquier lugar del país.

Es una palma especial. El Padre nos contaba que era la palma bendita con la que recibieron a Jesús como Rey en Jerusalén antes de su ejecución en el Gólgota.

Aquí mismo la cortan arriba en el cerro Ávila y los palmeros de Chacao son los encargados de bajar la palma que se va a distribuir en la mayoría de las iglesias de Caracas. 

También se corta en el pueblo de Araira, Salmerón.

Se corta en Barlovento.

Por eso todo Domingo de ramos no queda iglesia que entregue palma. Es una tradición ancestral nacida desde la base del cristianismo.

Hay una fotografía que me cautiva cada vez que la observo y es la de un señor que sujeta con su mano derecha una cruz de palma bendita en una bendición de palmas. Su rostro me inspira, pero su rostro también está lleno de emotividad, perdón y quizás arrepentimiento. Todo junto en un solo retrato. 

Dos lugares cercanos a Caracas también me dejaron fotografías que voy a recordar siempre: la bendición de la palma bendita a las afueras de la iglesia de la Candelaria en el pueblo de Guarenas, municipio Plaza.

Me gusta mucho la luz de las siete de la mañana para ese encuentro entre el hombre y Dios. Y un poco más tarde, se bendice la palma bendita en el Calvario de Guatire, al pie de un árbol que posa de epicentro dentro del formato y me hace entender que en esos momentos, esas personas se conectan con Dios.

Ese Dios que no veo pero que muchos sienten.

La calle comienza a oler a incienso más que el esmog de los carros en el tráfico que hace tanto ruido.

Una antesala para observar la espiritualidad de todos en la calle. 

El buhonero cambia la franela con la imagen de Bad Bunny o de alguna marca pirata comercial para tener la del Cristo estampado en morado por la temporada. 

El miércoles de Nazareno es uno de los días que más disfruto de la Semana Santa. 

En cualquiera de las regiones donde he estado se prepara al Nazareno que sale en la tarde. El de Guatire, el de Guarenas, el de San Pablo de Caracas, el de Cua, de Petare. Todos ellos tienen una sola identidad, es el hijo de Dios que carga su cruz, la cruz de cada uno de nosotros llevada en sus hombros. 

El Cristo que lleva nuestros pecados a cuestas, todos de color violeta, morado una corona de espinas y en la mayoría el José de Cirene que lo ayuda a cargar la cruz.

No solo Cristo está de morado, de Nazareno se visten los fieles que pagan promesa y muchos de ellos descalzos pisan el asfalto caliente. 

Lo más común en un miércoles de Nazareno es ese color púrpura. El pantone obligatorio del día, velas, muchísimas velas encendidas para iluminar el camino del Cristo, y grupos de personas que le hacen el honor de cargar estas inmensas figuras. El oído se hace un poco receptivo a la música sacra, grave, pesada, dolorosa. Aquel sonido que me hace pensar en lo doloroso de la muerte de ese hombre.

El viernes Santo me trae de frente la representación teatral de la pasión y muerte del Cristo en el morro de Petare arriba, muy arriba en las colinas entre el barrio El Nazareno y el Morro.

El grupo teatral de la parroquia Fátima son los encargados de dramatizar esta puesta en escena. Decenas de jóvenes trabajan desde enero hasta el inicio de la Semana Santa para ensayar y tener una puesta impecable, donde puedan transmitir la esencia de las últimas horas de vida de Jesús de Nazareth. 

Cientos de personas del barrio Nazareno y otras localidades de Petare suben a observar la obra.

Fotógrafos y videógrafos también suben a registrar este vía crucis, quizás el más popular en el territorio nacional con más de 40 años de tradición. 

En hora de la tarde se puede ver en el cielo los papagayos volar de muchos de esos niños que aún no interactúan cien por ciento con la tecnología y que aprovechan el Morro para jugar mientras la escena de la crucifixión se interpreta con un gran realismo. 

Me llama también mucho la atención la culminación de la Semana Santa, el domingo de resurrección. Este día particularmente es muy sarcástico, lleno de humor negro de la queja social y política del reclamo pasivo, para señalar puntualmente a un traidor o a muchos traidores si es el caso. 

En Caracas, en la parroquia Santa Rosalía en la calle Los Cármenes del Cementerio, suele representarse al Judas más popular de la capital. 

Este Judas que tiene más de 70 años convocando en este sector, puedo afirmar que es el más popular que hay y de los que he visto. 

En esa calle se mezcla el encuentro y celebración por la culminación de cada Semana Santa cada año.

Los organizadores promueven el palo encebado antes de la quema del traidor.

Cada año este Judas tiene un nombre distinto, puede ser un político, un dirigente, un activista, un egoísta, un castigador, un opresor, cualquiera que le hace daño a la sociedad, lo queman ese domingo.

La quema del Judas sucede entre música, licor, desorden y un apego puntual al rigor de disfrutar.

Esta es mi memoria de Semana Santa.

Un testimonio que muestra, desde la mirada fotográfica, la conexión del caraqueño y su acercamiento con lo divino.