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Esta nueva #HistoriaSubterránea narra lo que se devela en los vagones y andenes de la capital venezolana al ocultarse el sol. Otro mundo, otros personajes, muy distintos de los que hacen vida en horas pico. Un capítulo más de nuestro especial dedicado al Metro para el #452AniversarioCaracas. Una crónica con el sello de Leoncio Barrios y fotografías de Yordi Arteaga

 

El andén del Metro de Caracas luce limpio y con poca gente. Se aproxima un tren. A diferencia de lo que ocurre en el día, en la noche no hay tribulación, tampoco posición de ataque entre los pasajeros para entrar. Se abre la puerta de un vagón y nadie sale de sopetón, solo pocas personas acompañadas del sonido de un saxofón con aires de jazz.  

La noche de un día laboral cualquiera, entre ocho y nueve, en la línea 1, la que atraviesa a la Caracas nocturna, es una caja de sorpresas rodante: hay más gente en los andenes y vagones de los que uno se pueda imaginar.  Muy pocas personas de edad avanzada y algunos niños dormitando en los brazos de los progenitores. A esas horas, el Metro es de usuarios que regresan a casa o van a sus labores nocturnas.

Una mujer recorre los vagones del tren arrastrando una pierna, narra el accidente que la dejó manca y clama por ayuda: 

—Un pedazo de pan, algo para comer… lo que me puedan ofrecer. 

Casi nadie responde. Casi nadie tiene algo. Esa arenga es como un rosario entre las decenas de menesterosos que deambulan de vagón en vagón.   

Llega un par de niños maraqueros e interpretan música criolla. La voz del cantante opaca la de los pedigüeños y vendedores. Una pasajera, enternecida por el par de intérpretes, deja escapar una sonrisa. Igual otros pasajeros. Cuando los músicos se van para otra parte han recibido más gratificaciones que los pordioseros.

Los vendedores de chupetas y caramelos, los pacificadores del hambre con la que viajan muchos usuarios a cualquier hora, son muchos y hacen su agosto en cualquier mes. La oferta y consumo es continua, el negocio debe ser grande. Gente de cualquier edad viaja chupando chupetas. Otra, la guarda para llegar acaramelada a su casa.

En la medida que el tren avanza con la noche, hay más descenso de pasajeros que ingresos.  Eso permite ver una imagen inédita a lo interno del Metro caraqueño: un largo pasadizo metálico brillante de luz, que baila suave al desplazarse, con un piso mugre que contrasta con una exhibición de zapatos de lado y lado. También se ven los rostros de la gente que durante el día la multitud viajante impide ver.

De ser considerado por expertos como uno de los mejores Metros del planeta, el de Caracas ha pasado a ser uno de los peores: trenes insuficientes, con precario mantenimiento técnico e higiénico y desbordada capacidad de usuarios. Todo crea un clima hostil, con frecuentes brotes de violencia entre los pasajeros. 

Hay dos momentos de la nocturnidad en el Metro caraqueño: el tempranero, más o menos, entre seis y ocho de la noche, cuando los problemas diurnos del sistema se hipertrofian por ser “hora pico” y el tren nocturno, el “after eight”, después de las ocho y hasta las once, cuando pasa el último tren.  

Otras noches de días laborables es difícil encontrar un asiento disponible en los trenes. Las barras del techo semejan ramas donde se cuelgan cuerpos fatigados. Se siente menos pesadez que durante el día. Las conversas se reducen a parejas y a pequeños grupos de compañeros de trabajo que se acompañan.  Se respira cansancio.

La vespertina-noche de un domingo en el Metro es como una verbena familiar. Familias, grupos de jóvenes o amigos de más edad enrojecidos por el sol crean la atmósfera de un balneario dentro del tren. Allí se encuentran con otros grupos que regresan de visita familiares o del parque.  Es el final de un día de descanso y también se respira cansancio. Se oye un coro de voces blancas: el cansancio, el hambre, o ambas, hacen de las suyas entre varios niños.  Lloran. Chupetas con ellos.

Viernes y día de cobro, entre nueve y once de la noche, hay un ambiente como festivo en andenes y vagones. Hay quienes vienen de la rumba (notable por sus estados alterados), los que van a rumbear (notable por sus atuendos) y los entretanto, que rumbean en los vagones. El consumo de alcohol, aún disimulado, es evidente. Los estados alterados de algunos pasajeros son inocultables. Las botellas de licor y los “coolers” se ven con frecuencia. Algunos de los bebedores son generosos: comparten su trago hasta con desconocidos.  

En una estación del oeste aborda el tren un trío de hombres. Uno lleva un puñal al cincho y usa sombrero de palma.  Un grillo de palma baila en la copa del sombrero. En su pecho cuelga el cristo de un rosario. El grupo muestra cierto grado de ebriedad pero es amable. El del sombrero desenvaina el puñal ante la vista atónita de los pasajeros y comienza a cortar las hojas de las palmas que llevan sus compañeros. De las manos de aquel artesano y a la velocidad del tren surgen grillos verdes, brillantes. Vende algunos. Sus amigos, en comportamiento cívico a pesar de los tragos, recogen del suelo los desechos.  

El promedio de edad de los viajantes disminuye esa noche del viernes. Las parejas entusiastas expresan su amor, trabajadoras sexuales, músicos, travestis y hombres gays se hacen más visibles. Los pasajeros somnolientos de otros días laborables son muy pocos. Aunque predominan los grupos de amigos y parejas también hay gente sola.

En la medida que avanzan la noche y el tren se hace más festivo el ambiente.  La gente es más comunicativa, se oyen voces y risas en tonos más altos.

El último vagón

En las noches, el vagón más alejado del conductor es un espacio aún más libre de control que los demás.  Allí, una noche, se observó una suerte de bar rodante donde un grupo de hombres y mujeres compartían licor, hablaban a sus anchas. Resultaba un bar exclusivo: más nadie viajaba allí.  

Otra noche resultó ser una especie de guardería y centro de distribución de ventas de chucherías azucaradas. Un hombre joven cuida a tres niños menores de diez años que corren por el vagón como por el patio de su casa. Una bebé que apenas camina también participa de la fiesta. Son hijos de algunos de los vendedores y vendedoras de chucherías que al agotárseles la mercancía vienen a recargar su stand ambulante. Cuando alguno de los niños se altera lo tranquilizan con chupetas pero la beba demanda más. En la doméstica escena, la niña ha comido casi una chupeta por estación. 

 

Más tarde ese mismo vagón fue la sala de juegos de una tribu urbana tipo millenials de jóvenes entre los 14 y 18 años que se “chalequeaban“ entre ellos, reían, hablaban todos a la vez y algunos varones presionaban a una de las jóvenes para que besara en la boca a uno de los pocos pasajeros adultos que, en ese vagón, no era del grupo. Jugaban a “la penitencia”, en el que la o el participante escogido a la suerte debe ejecutar un acto casi siempre de contenido erótico o sexual.  La noche avanzaba y las risas seguían. 

El último tren

Con el avanzar de la noche, se siente hasta un cierto clima de seguridad en el Metro. Al haber menos gente es más fácil el control de los “mala conducta”, no hay violencia al entrar o salir de los vagones. Hay calma en los andenes. Los pasajeros, a pesar de ser numerosos durante las noches de fines de semana, viajan casi todos sentados.  Algunos, acostados.  

Las carreras para alcanzar el último tren la pegan unos pocos.  Los usuarios han aprendido que después del cierre del sistema Metro no hay opción de transporte público en Caracas y toman sus precauciones para estar a tiempo en el andén aunque haya algunos desprevenidos y queden trasnochados. 

—Pa’ como están las cosas, el Metro en las noches es lo más seguro que hay en Caracas —dice convencido un exmarino venezolano, de gorra afrancesada y bolso tipo inglés, que con frecuencia viaja hacia su casa en el último tren.  

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