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De acuerdo con una muestra de 2 mil 562 niños y adolescentes afectados por los terremotos, consolidada para este especial periodístico, 402 tienen el estatus de no localizados. Entre Caracas y La Guaira, padres y madres viven un calvario tratando de dar con ellos. Aquí algunas de sus voces. 

Esta historia es parte de la serie Los niños del terremoto producida por La Vida de Nos, en alianza con Monitor de Víctimas y Tal Cual. Republicamos este valioso trabajo en Historias que laten para amplificar su alcance como parte de la alianza de medios Venezuela Unida

Angélica Lugo / Fotografías María de Los Ángeles Graterol, Angélica Lugo, Álbum Familiar

A cuatro días de los terremotos del 24 de junio, José Vásquez está en las afueras del Parque del Oeste, en Caracas, deteniéndose frente a los listados con nombres de sobrevivientes y desaparecidos. Saca una hoja impresa con un encabezado imposible de ignorar: Se buscan.

Debajo del título están las fotografías de sus cuatro hijos: Josemith Vásquez Purgarita, de 8 años; Anly Vásquez Purgarita, de 6; Mathías Vásquez, de 1; y Yosmaily Silano Purgarita, de 15. Junto a cada imagen aparecen sus datos de identificación y los números de contacto de la familia.

Ese 24 de junio, día feriado por conmemorarse la Batalla de Carabobo —una de las acciones militares decisivas de la Independencia de Venezuela—, los cuatro niños habían ido a la casa de su abuela materna, en Tanaguarenas, La Guaira. Allí jugaron, comieron y, pasadas las 5:30 de la tarde, emprendieron su regreso al apartamento donde vivían con su madre, en el urbanismo de Misión Vivienda OP22, en Playa Caribe. Entre ambos lugares hay apenas media hora de camino a pie, un trayecto que los niños recorrían con frecuencia.

“Nuestra duda es si ellos llegaron a entrar a la casa, o si quedaron en la calle”, dice José, quien se gana la vida como mototaxista y es en su moto que ha recorrido hospitales, refugios, campamentos…. Cuando el suelo perdió su firmeza, él estaba en su casa, en Caracas, y apenas pudo salió hacia Playa Caribe. Al llegar, se reencontró con Marilyn Purgarita, de 31 años, su expareja, y con la abuela y los tíos de los niños. Aunque José y Marilyn están separados, desde ese momento comenzaron, junto a la familia materna, la búsqueda de los niños.

Recorrieron los alrededores del edificio derrumbado, preguntaron a vecinos. Nadie tenía una respuesta. Continuaron preguntando. Alguien les habló de un campamento improvisado cerca de la estación de gasolina de Caribe, a unos 100 metros. Hacia allá se dirigieron. Luego, comenzó el calvario en Caracas.

Y cuando cae la noche, desde el jueves 2 de julio, José regresa a la OP22 y pernocta allí, frente a los restos de la estructura. La angustia lo ha empujado a cavar con sus propias manos. Intentó mover parte de los restos, pero el amasijo de concreto es inamovible: las columnas son demasiado pesadas y el techo colapsado exige herramientas especializadas.

José arrastra una larga espera. Ha visto con impotencia cómo los camiones y las cuadrillas de rescate se desvían hacia otros sectores de La Guaira, ignorando la torre de la Misión Vivienda donde cree que quedaron atrapados sus 4 hijos. Este lunes 6 de julio, a 12 días del doblete sísmico, seguía sin rastros de ellos.

De acuerdo con una muestra de 2 mil 562 niños y adolescentes afectados por los terremotos, que consolidamos en una base de datos para este especial periodístico, 402 tienen el estatus de no localizados (15,69 por ciento). Las historias de búsquedas a las cuales les hemos hecho seguimiento desde el domingo 28 de junio tienen en común rastreos incansables de familiares por centros hospitalarios y campamentos, pernoctas en las afueras de los edificios colapsados, campañas en redes sociales y comentarios de alguien —un vecino, una conserje, un funcionario policial— indicando que el nombre de ese niño o adolescente no localizado lo vieron en una lista de sobrevivientes. De ese fino hilo se han agarrado los familiares para no perder las esperanzas.

Le ocurrió a Ana Cecilia Machado, quien el día que la tierra se quebró en La Guaira trabajaba en un mercado. Aunque una pared se vino abajo y cayó sobre ella, logró sobrevivir. Apenas pudo salir de los escombros, aturdida pero casi ilesa, comenzó la búsqueda de Amaia Landaeta Machado, su hija de 6 años.

Amaia estaba en Punta de Mulatos junto a su padrastro. Habían ido a la celebración de San Juan, y la niña disfrutaba de la fiesta de tambores cuando los terremotos sorprendieron a quienes estaban en la costa. Ana Cecilia se fue para allá, anhelando encontrar a su niña y a su pareja a salvo.

Estando allí, se apresuró entre la gente y preguntó por su hija, mostró fotografías de la niña y describió cómo era. Entonces, funcionarios policiales le dijeron que había sido la única rescatada con vida en esa zona. Le aseguraron que tenía heridas en las piernas y que por eso había sido trasladada al Hospital Periférico de Pariata. Creyendo en esa información, se fue hasta el hospital, pero al llegar le dijeron que Amaia ya no estaba: según una doctora, la niña había sido enviada en una ambulancia hasta Caracas, porque necesitaba una intervención quirúrgica urgente. Incluso le dijo que en la ambulancia había otros cuatro niños, y que todo lo hicieron con rapidez y sin tomar notas exhaustivas de sus identidades.

Convencida de que Amaia seguía con vida, Ana Cecilia se apoyó en primos y el hermano mayor de la niña para recorrer centros de acopio, refugios y hospitales donde creía que podía encontrarla. Pasaron por el Hospital de Los Teques, el Hospital Clínico Universitario, el refugio habilitado en la Universidad Central de Venezuela e incluso por el centro de acopio instalado en el campo de golf de Caraballeda. En ningún lugar supieron darle la respuesta que ansiaba.

Cuando esos recorridos se hicieron insuficientes, la búsqueda se trasladó a las redes sociales. La fotografía de Amaia, de tez blanca y rosada, con el pelo castaño claro y rizado, comenzó a circular con el adjetivo de desaparecida.

No era la única.

En muchas de esas publicaciones aparecía junto a las imágenes de otros niños, niñas y adolescentes buscados por sus familias bajo las mismas circunstancias: supuestamente habían sido rescatados.

La necesidad de respuestas condujo a la madre de Amaia hasta el Colegio de Abogados de Caracas. Allí recibió orientación sobre los trámites que debía seguir para continuar su búsqueda.

Desde el 26 de junio, esta institución ha estado acompañando a las familias para ayudarlas a darle un cierre a sus búsquedas, sea cual sea el desenlace. La abogada Loris Oliveros, coordinadora de la Comisión de Mujer y Familia, forma parte del equipo conformado por 33 abogados voluntarios de la capital y 6 de otros estados. Hasta el viernes 3 de julio al mediodía habían atendido 38 casos y, en 8 de estos, los niños habían sido encontrados sin vida.

“Un niño está desaparecido hasta tanto no haya un acta que diga que está vivo o muerto. El Estado no puede demoler los escombros sin antes determinar la identidad de los fallecidos. Los padres, o familiares, tienen el derecho de hacer un cierre”, dice la abogada, quien fue consejera de protección de niños, niñas y adolescentes.

Ese 3 de julio en la mañana, Ana Cecilia regresó a la sede del colegio en El Paraíso. Hasta que a las 12:25 del mediodía, sonó su teléfono. Era su hermano. Le pidió que bajara de inmediato a Los Silos, en el puerto de La Guaira, en donde se improvisó una morgue a la que estaban siendo trasladados los fallecidos.

Loris Oliveros la vio y con la voz quebrada le dijo:

—Todos los niños que han aparecido, han aparecido muertos.

Ana Cecilia partió acompañada de uno de los abogados voluntarios. Cuando llegó a Los Silos, la versión que había sostenido su búsqueda durante nueve días se deshizo. Le habían dicho que su hija había sobrevivido en Punta de Mulatos, que había sido trasladada a un hospital. Por nueve días la había buscado en distintos centros de salud, y en ninguno estaba. Y ahora estaba allí, en una morgue improvisada.

La reconoció a pesar del avanzado estado de descomposición del cuerpo. Pudo hacerlo gracias a esos pequeños detalles que solo alguien cercano podía distinguir: sus dientes y una leve particularidad en una de sus muelas. También por la media rosada que aún conservaba en uno de sus piecitos, la única prenda que permanecía intacta. Ciertamente la habían trasladado a un hospital, pero sin signos vitales.

Ese día, Amaia Landaeta se convirtió en el 9no caso registrado por el Colegio de Abogados de un niño víctima del terremoto encontrado sin vida.

La categoría de desaparecidos requiere especial cuidado metodológico, advierte el informe “Niñez y adolescencia afectada tras el sismo”, publicado el 30 de junio por la organización no gubernamental Cecodap. “No necesariamente todos los casos corresponden a desaparición en sentido jurídico estricto. Puede tratarse de niños bajo escombros, niños separados de sus familiares, niños trasladados sin comunicación inmediata o familias completas no localizadas”. Y agrega: “En las primeras horas de una emergencia, la falta de localización de un niño aumenta la posibilidad de separación familiar prolongada, exposición a personas no autorizadas, circulación insegura de datos personales, trata, explotación, violencia, institucionalización innecesaria o adopciones irregulares”.

En uno de los carteles que circuló con la foto de Amaia, aparecían también Sarah Ysea, de 9 años; Eriany Urruchurto, de 8; e Isaac Martín Figueira Rivas, de 11. Sus familiares los estuvieron buscando durante días, aferrados a ese mismo hilo de esperanza que Ana Cecilia: que alguien los vio en una lista. Los tres aparecieron sin vida.

A Isaac, de piel blanca y cabello rubio, aseguraron haberlo visto en el campo de golf de Caraballeda. Ahí, un listado de niños rescatados incluía ese nombre. Pero no era él. Sin embargo, Elías Aguilar, primo del adolescente, hizo de este campamento una parada obligatoria. Aunque recorrió hospitales y refugios entre La Guaira y Caracas, siempre volvía al campo de golf. Allí abordaba a quien estuviera dispuesto a escucharlo.     

—Este fue el lugar donde por última vez Isaac fue visto con vida. Me lo confirmaron varias personas —nos dijo el martes 30 de junio en el campo de golf—. Estoy aquí tratando de encontrarlo, junto con mi familia y el Colegio de Abogados que nos está ayudando.

Hizo una pausa e insistió a quien quisiera escucharlo.

—Por favor, si alguno de ustedes ve a Isaac, dígannos. Muchos me llaman para decirme que aparece en listas, pero esas listas están adulteradas. Si alguien lo ve de verdad, llámenme…

Entonces decía su número de teléfono.

La familia de Isaac enfrentaba su búsqueda en medio de un duelo. Ya sabían que Kimberly de Figueira Rivas, la madre del niño, había muerto bajo los escombros del apartamento 1F del edificio Oasis Beach, ubicado frente a la iglesia de Playa Grande. Desde afuera de la estructura alcanzaban a distinguir parte de su cuerpo; apenas sus manos, con las uñas pintadas de verde, eran visibles entre los restos. Pero no habían podido recuperarla. Las paredes que habían caído sobre ella impedían retirarla sin maquinaria pesada.

La pérdida, sin embargo, no paralizó la urgencia de hallar al niño. Mantenían la esperanza de encontrarlo con vida. ¿Cómo rendirse? Menos aún cuando empezaron a recibir llamadas de desconocidos que decían saber dónde estaba Isaac, pidiendo rescate a cambio de la información. Cada llamada abría una posibilidad y, después, dejaba otra vez a la familia frente a la misma incertidumbre de no saber dónde estaba. Una de esas llamadas extorsivas la recibió Elías estando en la sede del Colegio de Abogados de Caracas.

Los riesgos de esa exposición de datos personales no son desconocidos. El ya citado informe de Cecodap refiere que la exposición pública de datos personales puede facilitar contactos indebidos, estigmatización, revictimización, uso no autorizado de imágenes, fraudes, manipulación de información o explotación de la situación de emergencia. Pero en la premura de dar con el paradero de familiares, las redes sociales han sido un mal necesario.

Y en ese ecosistema de verdades a medias, la peor noticia terminó por abrirse paso. Pasadas las 12:30 de la madrugada del miércoles 1ro de julio, en medio de una avalancha de publicaciones difíciles de verificar, aparecieron algunas que informaban que Isaac había muerto. Para entonces, habían pasado varios días, sin ningún tipo de apoyo, intentando remover ladrillos y escombros sin la maquinaria necesaria para acceder al lugar donde se encontraba Kimberly.

Hasta que llegó la ayuda de rescatistas estadounidenses y chilenos. La noche del jueves, uno de los tíos de Isaac, Freddy De Quintal De Freitas, de 50 años, pudo confirmar que el rumor era cierto: luego de que los rescatistas levantaran las paredes sobre el cuerpo de la madre de Isaac, el niño fue encontrado sin vida acurrucado entre sus brazos.

“Con la ayuda internacional, pudieron abrir las paredes con un gato hidráulico —cuenta—. Días atrás, habíamos reconocido a mi cuñada a través de un huequito, pero al niño no alcanzábamos a verlo”. El padre de Isaac vive en Portugal. En el lugar, consiguieron documentos de él, pasaportes, fotos y otras pertenencias.

En esos mismos días, la familia de Eriany Urruchurto, de 8 años, también avanzaba a ciegas siguiendo rastros que parecían acercarlos a ella. Su madre, Arileth Carolina Blanco Coto, de 33 años, estaba en Caracas cuando ocurrieron los terremotos. Trabajaba como niñera en una casa de familia y, apenas pudo salir, emprendió el camino hacia La Guaira para buscar a su hija y a su pareja, Eric Urruchurto, de 37 años.

Cuando llegó a Los Cocos, encontró que la OP27, el edificio donde vivían, ya no existía. Arileth y sus familiares se dedicaron, como muchos otros, a visitar hospitales y refugios. Preguntaban por Eriany y Eric, dejaban números de contacto por si alguien tenía alguna información. La ropa que llevaban puesta el domingo 28 de junio también mostraba el desgaste de los días de búsqueda continua: la tía de Eriany y uno de sus sobrinos caminaban, en las afueras del Parque del Oeste, con franelas arrugadas y la fotografía de la niña y de su padre impresa en ellas.

Luego comenzaron a aparecer las señales que avivaron la idea de encontrarlos con vida: nuevamente, que sus nombres estaban en una lista de sobrevivientes, que a la niña la habían visto con vida. Después llegó una llamada. Una mujer les dijo que Eriany había sido vista en el terminal de Maracay. La información coincidió con un registro que la ubicaba en el Hospital Central de Maracay, por lo que la familia decidió trasladarse hasta el estado Aragua para buscarla. Pero, al llegar, les dijeron que no estaba allí.

Con esa pista descartada, regresaron a Los Cocos. La familia necesitaba comprobar si la niña y Eric podían estar entre los restos de la OP27, así que el martes 30 de junio empezaron a remover los escombros con sus propias manos. Trabajaron hasta la noche, intentando abrirse paso entre los restos del edificio, pero sin herramientas ni equipos adecuados no lograron avanzar nada.

Al día siguiente, los jefes de Arileth, desde Caracas, la ayudaron a conseguir taladros eléctricos y una planta. Intentaron abrir nuevos espacios entre el concreto y la estructura seguía sin ceder. 

El cansancio apenas daba tregua cuando ese mismo miércoles 1ro de julio, cerca de las 4:30 de la tarde, llegaron los Topos Mexicanos. Su presencia cambió la dinámica de inmediato: donde la familia no pudo lograr mucho, ellos, con sus equipos y destreza, consiguieron avanzar entre los escombros hasta el punto donde estaban Eriany y Eric. Fue allí, cerca de las 6:30 de la tarde, donde todo se detuvo.

La niña fue encontrada sin vida junto a su padre.

Las familias de Amaia, Isaac y Eriany hallaron una respuesta, aunque dolorosa. Por eso, aunque le cueste decirlo, la abogada Loris Oliveros les recomienda a los familiares que deben incluir las morgues entre sus sitios de búsqueda, y formalizar denuncias en caso de que esto sea infructuoso. 

Pero en la OP22, frente a Playa Caribe, José Vásquez continúa esperando. Sigue sin noticias de Josemith, Anly, Mathías y Yosmaily, aguardando a que la maquinaria necesaria finalmente llegue hasta allí. Mientras tanto, todavía escarba con sus propias manos y con la única convicción que le queda: mientras no encuentre a sus hijos, debe seguir buscándolos.


republicamos este texto que forma parte de la serie “Los niños del terremoto”, producida por La Vida de Nos, en alianza con Monitor de Víctimas y Tal Cual.